Una vez finalizada mi suscripción a El Tiempo tomé la decisión de El Espectador, enterándome de que hasta el expresidente Pastrana también hizo lo mismo, para no soportar a José Obdulio, pero lamentablemente nos toca tolerar a Yamhure; de dos males no se sabe cuál es el peor.
Este domingo abrí sus páginas y encuentro esa publicidad a favor del hijo del exgobernador de Arauca, que se encuentra duramente cuestionado por Gina Parody, y del cual el propio director de su movimiento ha solicitado la revocatoria de su aval. Me ha causado una honda pena, aceptar que El Espectador ha caído en lo mismo que todos los demás periódicos: la pauta publicitaria le resulta más importante que su sintonía con su responsabilidad y sensibilidad social y política.
Pienso que muchos de sus suscriptores , en razón de apoyar su viabilidad financiera, decidimos pagar este servicio, porque sin lugar a dudas la administración Uribe procuró que la pauta oficial no se hiciera en su diario; las cosas han mejorado y he visto cómo cada día es posible encontrar más participación oficial y privada.
No comparto que se conviertan en caja de resonancia de los grupos que ahora se “rencauchan” para engañar a nuestra sociedad. Ante la justicia muchos de los parapolíticos han tenido que responder por sus actos, y han querido prolongar su poder por medio de su familia; algunos de nosotros jamás depositaremos nuestro voto por ningún “gatito”, porque sabemos que sus actos estarán siempre direccionados hacia su señora madre. Es que “hijo de tigre sale pintado” y eso pues no es culpa de quienes heredan tal capital político; pero lo que resulta inaceptable es que El Espectador se haya convertido en un medio más al servicio de tales estrategias, que con su gran historia de lucha frontal contra el narcotráfico, y aportando figuras nacionales de forma trágica, soslaye lo que ello significa y promueva candidaturas de tan tenebrosas conexiones. Yo estoy seguro de que Guillermo Cano jamás habría aceptado el cheque por esa publicación. Para él, un hombre que seguimos venerando los colombianos, esa decisión no habría tenido sino un solo resultado: mantener sin mancha la reputación de su periódico aunque en ello se le fue la vida.
Hernando Otero. Bogotá.
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