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¿Y de los civiles secuestrados qué?

17 de enero de 2012 - 06:00 p. m.

Definitivamente nosotros los colombianos somos un país sin memoria. La mayoría de las veces hay pocos solidarios e indolentes.

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La verdad, no es mucho lo que nos afectan los problemas que puedan estar viviendo nuestros compatriotas, porque si el problema no nos toca directamente, seguiremos viviendo como si nada.

Armero, Popayán, Armenia, Guillermo Cano, Luis Carlos Galán, Pizarro y un número significativo de personas honestas que le hubieran hecho bien al país, junto con los desastres naturales, desplazados, enfermos y familias vulnerables que no tienen cómo alimentar a sus hijos, claramente lo demuestran.

Otro de los problemas delicados y traumáticos que en la mayoría de los casos vienen hace casi más de quince años sufriendo algunos colombianos del común, colombianos que quizás no gozan de apellidos ilustres, de dinero ni de puestos ni amigos importantes, es el secuestro de que han sido víctimas, sus padres, sus hijos, sus abuelos o familiares.

Familias que han esperado por más de quince años para que los terroristas, narcotraficantes y guerrilleros de la Farc, al no entregarles pruebas de supervivencia, les informen qué pasó con sus seres queridos, en dónde están sus restos o cuándo, cómo y dónde los devolverán a la libertad.

Secuestrados que no son importantes para que alardeen los políticos y dirigentes de turno. Que no son vendedores para los medios de comunicación. Pues para nadie es un secreto que vende más un político reconocido, un alto rango del ejército o la policía, o Íngrid Betancourt.

Es doloroso, penoso y lamentable oír a los padres, abuelos, hermanos y familiares enviando mensajes en altas horas de la noche, casi de madrugada, a familiares que aún creen están vivos, por una cadena reconocida radial.

Familiares que hace más de quince años no saben de la suerte corrida por estos secuestrados, a los que los medios y políticos han dejado abandonados.

A todos ellos, a los que aún se mantienen vivos en las selvas colombianas, a sus familiares y amigos, sólo les digo que los acompaño de corazón. Que estoy seguro pronto se sabrán noticias buenas o malas. Porque a esta gente, a las que finalmente se les tendrá que tratar como a secuestrados importantes, no se puede dejar en el olvido por el gobierno y los medios de comunicación.

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Además, estoy seguro, los guerrilleros del común, aquellos que tampoco ven a sus familias y que son maltratados y engañados por los comandantes y el secretariado de la Farc, no pueden ser tan bestias de no pensar en desertar, denunciar y traer con ellos a esta gente.

Desearles un buen año sería estúpido. Sé que no celebrarán. Pero estoy seguro de que todavía existen colombianos que pediremos siempre por ellos.

Quique Casasbuenas Iregui. Bogotá.

 

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