El conmovedor retrato que Héctor Abad Faciolince hizo de su padre y que ahora se renueva con la adaptación de Fernando Trueba nos ayuda a reconocer un vicio que poco se analiza y que mucho daño hace al sueño de una sociedad más humana y evolucionada. Se trata del desacierto con que solemos identificar a los demás en sus filiaciones políticas. Tal es el desatino que la preocupación actual por la polarización desbordada del país es desmentida por las encuestas, que señalan que la gran mayoría se encuentra cerca del centro.
Este espejismo nacional se debe, en gran parte, a que tendemos a escoger bando y a agrupar a los demás en el bando propio o en el opuesto, como si no hubiera matices. Fue el caso de Héctor Abad Gómez, tachado de comunista por unos y de fascista por otros. Visto como una amenaza por extremistas de ambos bandos y asesinado por ello. Tragedia desquiciada e inverosímil que se sigue repitiendo y en la que seguimos perdiendo a los más valiosos, a los más comprometidos con el país. Tragedia en la que la mayoría somos igual de incomprendidos, calificados de mamertos o fachos, incluso por aquellos que tampoco son extremistas, y en la que somos igual de descartables si tenemos el infortunio de que en ese delirio algún violento nos identifique como el enemigo.
Ese reflejo primitivo de pertenecer a un bando o de reafirmarse en el heredado también hace que se menosprecie a los que no escogen uno, sobre todo cuando todo parece reducirse a escoger entre dos extremos. Se los tacha de indecisos o tibios por no comprometerse, faltos de carácter. Resulta de ello que algunos acepten ser identificados con el extremo más afín o se radicalicen para pertenecer, para ser aceptados, como si eso fuera carácter. Tal vez esa era otra razón por la que Abad Gómez no congeniaba con el fanatismo del fútbol, ajeno a ese instinto por escoger bandera, a esa necesidad de pertenecer, seguramente también horrorizado por la violencia inaceptable que a veces brota de esa devoción.
El equipo (club) del alma rara vez se escoge después de una reflexión juiciosa. Generalmente sucede en la infancia, en la que poco se profundiza, siguiendo ese impulso por pertenecer o por construir identidad. Una vez en la tribu no hacen falta razones y los más vanos se entregan con fervor al triunfo o al asalto a otras tribus, como si en verdad viviéramos en una época tribal. La contienda política no dista mucho de ese fanatismo. El triunfo electoral supone para muchos el triunfo de su tribu y la derrota de las demás, no el triunfo de las mejores ideas para la nación.
A pesar del instinto, de la presión social y de que el centro no tenga tanta representación (el debate visceral y mediático sucede entre extremos), tenemos la fortuna de ser una mayoría que en realidad se identifica con una ideología equilibrada. Conviene que reconozcamos esa cercanía en la mesura y que el pavor por un extremo no desfigure nuestra percepción de los demás, encasillando a muchos en un extremo al que no pertenecen, poniéndolos en la mira de psicópatas que buscan eliminar a todos sus detractores.
Informémonos más sobre el abanico de propuestas disponibles para reconocer mejor dónde nos encontramos, seamos honestos con ello, juzguemos a los otros con esa diligencia y reclamemos lo mismo de los demás. Ese ejercicio es fundamental para avanzar hacia una sociedad más madura, decente y avanzada.