La cada vez mayor presencia de China en Latinoamérica hace temblar la hegemonía de Estados Unidos en el continente. Recientemente, diversos gobiernos de la región han celebrado acuerdos comerciales con el gigante asiático, destacando el remplazo del dólar por el yuan chino para su comercio e inversiones bilaterales. Países como Brasil, Argentina y Chile ya se encuentran bajo esta dinámica. Sin embargo, en el contexto de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, lo que realmente está en juego es la hegemonía que dictará la nueva globalización: por un lado, la permanencia del imperialismo occidental; por el otro, el arribo del imperialismo asiático.
Aunque tal escenario se encuentra aún lejos de materializarse, de acuerdo con datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), el dólar ha perdido poco a poco presencia en el mercado global ante el yuan, que se fortalece paulatinamente. Esto nos indica que, si el desarrollo de la economía global continúa como hasta ahora, solo es cuestión de tiempo para que llegue el ocaso del mundo unipolar occidental con Estados Unidos a la cabeza.
Ante esta guerra de imperialismos, Latinoamérica juega un papel protagonista al tener grandes recursos naturales, mano de obra y una creciente población de consumidores. De manera que, ante el imperialismo asiático con China como punta de lanza, Occidente está obligado a voltear a Latinoamérica. Aunque Latinoamérica no es Occidente, una buena parte de su sociedad aspira a su progreso y desarrollo, al mismo tiempo que se denuncia el imperialismo occidental en general y norteamericano en particular. Todo esto, sin mencionar que, como consecuencia del colonialismo europeo, Latinoamérica estableció su cultura, instituciones y modelos políticos sobre una base occidental. De manera que si se estableciera una integración que fomente el desarrollo latinoamericano y un trato digno con los gobiernos de la región, Occidente levantaría un frente común ante el gigante asiático, además de restarle el campo fértil que está penetrando. Una política de este tipo no sería algo nuevo sino la experiencia probada de algo que ya pasó.
Una mirada a la historia nos muestra que cuando el fascismo alemán penetraba entre los gobiernos y las sociedades de América Latina, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, la política del “buen vecino” empleada por el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt estableció una estrecha colaboración entre las dos regiones del continente aprovechando la mano de obra y materias primas latinoamericanas. Esto tuvo por consecuencia una cierta prosperidad en la región y la reducción del intervencionismo norteamericano, a la par que Estados Unidos conseguía echar exitosamente a los alemanes y erigir un frente antifascista en el continente.
Incluso en aquellos años y aprovechando el contexto de la guerra, México organizó las Conferencias de Chapultepec (1945) con la presencia de 20 gobiernos americanos y una agenda de integración económica sobre la mesa. Allí las diversas delegaciones demandaban a los países más ricos del continente la obligación de promover el desarrollo de los países más pobres. Sin embargo, tras acabar el conflicto mundial, Estados Unidos prefirió levantar económicamente a Europa con el Plan Marshall y establecer una integración occidental, mientras que en Latinoamérica acabó con la buena vecindad y doblegó a sus gobiernos a una política anticomunista de Guerra Fría.
Desde entonces, el imperialismo norteamericano ha continuado sobre la región y esto nos permite entender por qué diversos gobiernos de Latinoamérica están volteando a ver a China para establecer un provechoso contrapeso. El desarrollo de la política global establece nuevos escenarios y la historia nos resulta aleccionadora de los caminos a transitar. La búsqueda de una posición ventajosa debe ser obligación para los gobiernos menos fuertes ante el reacomodo de las potencias globales. Y si Occidente desea detener el imperialismo asiático, está obligado a buscar mejorar su relación con Latinoamérica y nosotros a sacar provecho de ello. Sin embargo, esta nueva integración debe estar dictada por el reconocimiento del derecho a ser de los pueblos latinoamericanos, sobre una base de respeto y colaboración mutua, al mismo tiempo que se exploten y resalten los valores latinoamericanos de herencia occidental. En el choque de civilizaciones que Samuel Huntington auguró hace casi 30 años, Estados Unidos y Europa deben reconocer que el futuro de Occidente está en Latinoamérica.
* División de Historia, CIDE.