He participado en varios grupos de arte. Tal vez ha sido por el ánimo de buscar algo, algún elemento que se pueda inmolar en mi cuerpo o en mi estar para hallar un significado.
En los grupos de arte, la inspección del cuerpo ha sido fundamental. Es una constante que los instructores dirijan la energía, el propósito y la intención del tono del arte a la inspección fundamental del cuerpo. Una inspección que no precisamente es una inspección del yo, sino que es un registro de la situación, la disposición del cuerpo para ser y hacer, algo propicio para dar vida al arte.
Ahora recuerdo a dos instructores de algunos cursos o grupos en los que he estado: el director del grupo de teatro experimental y el profesor del taller de Dibujo 1. Al recuerdo —y al acto de escribirlo— se le adiciona un sentimiento de nostalgia y una sensación de inflexión en el cuerpo, como una charla donde el cuerpo me dice extrañar las pequeñas torsiones que me obligaban a hacer, los estiramientos, las dilataciones de los músculos y el retoque de la consciencia en esos ejercicios de recorrido corporal.
Para el grupo de teatro experimental, era fundamental el audaz desenvolvimiento del cuerpo en el espacio junto a la correcta armonía con los compañeros, que también son habitantes e interactúan en el mismo espacio. Con aquellas necesidades en mente, se hace preciso el reconocimiento del teatro y del otro a partir de algunos elementos fundamentales que deben estar presentes al ejecutar cualquier técnica teatral: espontaneidad, creatividad e improvisación.
Para el ejercicio exploratorio, primero, debemos estar parados formando un círculo, con ropa cómoda y descalzos, dispuestos y atentos a las indicaciones del instructor. Segundo, ante la atención de la importancia de las articulaciones, estas deben moverse con cierta ligereza y ternura. Nos dice el instructor que debemos buscar el calor, su dinamismo, su fuerza.
En aquellos momentos, un pensamiento se sobrevenía en mi mente, aquel perturbaba mi atención, pero, a pesar de obstruir, me permitía reconocer el valor de esos ejercicios: el movimiento es, entonces, el estímulo a la fuerza. También se puede evidenciar que al aplicar un trabajo sobre algo este genere energía al aprovechar el movimiento de la naturaleza y localizarlo en una turbina que, a su vez, mueve un motor. Así, el movimiento es trabajo; el trabajo es energía que transforma y crea. No había duda de que el mover mis articulaciones solo me permitía estar presente usando los cimientos de fundamento de lo humano: el trabajo y el movimiento.
Luego de darles movimiento a esas conexiones, se iniciaba a correr libremente por el escenario sin ningún motivo o rumbo, lo fundamental era reconocer el cuerpo y a los otros en el movimiento. Había dos reglas: primero, estar pendientes de la instrucción sobre qué parte del cuerpo sería la encargada de dar dirección y, segundo, del sonido de una campanita que nos avisaba que debíamos parar el movimiento y tumbarnos haciendo cualquier postura, necesariamente en armonía con algún elemento o alguna persona del entorno.
Un minuto luego de iniciar la primera instrucción: dejarse llevar por los pies, los pies serán quienes darán dirección; luego, por los codos; después, por las rodillas. Esas instrucciones iban intermediadas por el sonido intempestivo de la campana.
Acabar era agotador, pero existía el sentimiento de haber realizado una proeza, pues el cuerpo estaba agotado y extasiado, como si finalmente hubiera sido utilizado en su totalidad.