Síndrome del impostor y cómo empezar a creer en mí mismo. ¿Síndrome del impostor? Verán, este se refiere a un sentimiento de que nuestros logros no han sido edificados por mano propia, sino que han sido gracias al factor del azar, por lo tanto aquel que sufre de este mal se concibe a sí mismo como un impostor, un ser totalmente incapaz de hacer lo que ha logrado.
Si alcanzamos los humanos un punto privilegiado, no solo en el mundo animal sino también en la historia, obtenemos otro problema con el que lidiar. Hace unos años luchábamos por comer, por sobrevivir, por defendernos o por liberarnos, ¿ahora contra qué peleamos? Fácil, contra nosotros mismos. Esta lucha es simplemente la representación de la cúspide de la humanidad; claro, al menos para una buena parte de la sociedad, pues el hecho de pensar, reflexionar o dedicar más tiempo a las artes, las letras o la ideología implica un lujo, pues aquel que tiene un dilema como el de lograr seguir vivo todos los días no piensa en esto, que podemos llamar banalidad. No significa que esté mal, sino que debemos comprender el punto privilegiado desde el que observamos.
Ahora, en la época con más libertad de todas, en la que hay mil cosas que hacer, no hay nada ni nadie que nos obligue a entendernos a su semejanza. Por ejemplo, los militares hace 80 años pensaban en servir a su país y rendir honor a su familia, no tenían más opción que servir, porque su padre sirvió. Más atrás, como nacieses, morías: burgués moría burgués y esclavo moría esclavo. Claro, esto pasaba en la mayoría de los casos. Ellos no tenían el lujo de pensar qué serían, lo pensaban por ellos.
Hemos sido afectados por la falta de criterio, el amarillismo subió por los cielos y nos ha convertido, aunque pueda sonar a cliché, en una clase de zombis o, como prefiero llamarlo, borregos. ¡Oh, no, el capitalismo salvaje! ¡Oh, no, el comunismo! ¡No, carajo! No hablo de eso, sino de sociedad. No me importa si usted es de derecha o de izquierda, aquí el punto ya no son las élites o los gobiernos, acá el problema es la sociedad, buscando lo de siempre, trascendencia e inmortalidad. La evolución de la comunicación nos ha hecho creer que su uso nos llevará a algo más; por supuesto, no sería solo nuestro recuerdo sino la humanidad entera la que muriese.
Somos la generación sin escrúpulos, sin patria, sin realidad, sin salud física ni mental, sin amigos, sin confianza, sin economía, pareciese que fuésemos la más desgraciada, somos la sociedad del cansancio, citando el famoso título del escritor coreano Byung-Chul Han. Cada generación vive una enfermedad, la nuestra es lo que queda después del sufrimiento, lo que desemboca de crear el cielo en la tierra.
Los profetas mantienen una similitud, su reserva para reflexionar, clara relación a su negación viviendo entre lo mundano, las prostitutas, los ladrones, los enfermos, los hambrientos o los somnolientos. Podríamos ser todos profetas, pero pocos tienen el suficiente valor. No todos son tan soñadores para querer serlo, pero sí para ser nosotros mismos. Me encantaría tener un consuelo para el síndrome del impostor, pero la verdad es que solo la disciplina, la valentía, el honor y por sobre todo la fuerza de voluntad logran curar. Quien abniegue de sus vicios habrá ganado la batalla de la vida, la batalla contra nosotros mismos.