Probablemente no son equitativas. Favorecen a quienes tienen mayores capacidades para negociar con el Gobierno. Hacen más difícil la tarea, que algún día tendrá que emprenderse, de simplificar el régimen tributario. Y probablemente no son sostenibles, dado que la feria de exenciones se emprendió cuando la situación fiscal ya mostraba síntomas preocupantes, a pesar de las protestaciones del Ministro de Hacienda de esa época, que nos confundía con Chile.
Hay un motivo adicional que ha generado poca atención. Las deducciones tributarias a la inversión probablemente son procíclicas, lo cual quiere decir que amplifican el ciclo económico, estimulando la economía cuando las cosas van bien y deprimiéndola cuando van mal. Esto es lo contrario de lo que debería hacer una política fiscal sana.
Las deducciones tributarias por la inversión en activos fijos tienen el supuesto propósito de estimular la inversión. No es claro que lo hagan. Hay quienes sugieren que las empresas solamente emprenden proyectos que les parecen rentables y necesarios en sí. Si los proyectos no parecieran razonables desde el punto de vista del negocio, las empresas no los emprenderían. Desde este punto de vista, el beneficio tributario sería simplemente como un caramelo adicional. En este caso, que no se puede descartar, los beneficios por invertir serían como los subsidios de Agro Ingreso Seguro: una política con virtudes económicas muy cuestionables y con efectos distributivos injustificables. Un regalo para ricos.
Si uno no cree esto, si piensa que los beneficios tributarios sí hacen la diferencia en la toma de decisiones de las empresas y en muchos casos inclinan la balanza, de manera que se emprenden proyectos que no se hubieran hecho de otra manera, el análisis es diferente. En primer lugar, cabe preguntarse si no habría una malsana asignación de recursos, en el sentido de favorecer inversiones que no se hubieran hecho en ausencia de subsidios estatales, en lugar por ejemplo de gastar más en educación o salud.
Dejando este tema de lado, también vale la pena analizar el efecto de esta política en el tiempo. Suponiendo que el beneficio tributario era necesario para que un determinado proyecto alcanzara las tasas de rentabilidad mínima que exige una empresa para invertir, lo hacen concentrando los beneficios de la inversión al comienzo de manera muy acentuada, puesto que es durante los primeros años que los ahorros tributarios se darán.
Los beneficios tributarios tendrían entonces el efecto de alterar la distribución temporal de los retornos de cada proyecto, concentrándolos cerca del momento en el que se hace la inversión. Por su parte, los ahorros tributarios con frecuencia son tan importantes, que el resto de los flujos de un proyecto son pobres. (Puede ser que los beneficios tributarios tampoco aumenten el monto de inversión en el largo plazo, sino que cambien su patrón en el tiempo).
¿Qué quiere decir esto? Que cuando las cosas van bien, cuando los espíritus animales están inquietos y la gente quiere invertir, las empresas tendrán retornos altos. Pero cuando las cosas cambian de color, la economía se deteriora y cae la inversión, las empresas empezarán a cosechar retornos bajos, acentuando el ciclo económico. ¿En qué mundo estaremos, en uno donde el Gobierno les regaló millonarias sumas de dinero a las empresas para que hicieran lo que iban a hacer de todos modos o en uno donde sus políticas, quizás útiles para promover la inversión (y, como vimos, aun esto es discutible), tendrán el efecto de prolongar la recesión?