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Los caudillos militares (II)

26 de noviembre de 2009 - 07:57 p. m.

Todos aprendieron a ejercer el poder, pero casi ninguno aprendió a ejercer el gobierno. Lo primero supone dar órdenes y lo segundo aceptar controles.

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Tradicionalmente han sido producto de una organización monolítica, en la cual se valora más la fuerza de las armas que la de las ideas. Éstas no se necesitan para convencer porque aquellas bastan para vencer.

Los caudillos militares ni aprenden ni olvidan. Existe un doble ejercicio que supone “desaprender” y “reaprender”, el cual se practica tanto de la academia como de la política –en el mejor sentido de ambos conceptos- y es indispensable para conectar las ideas con las realidades. Quienes lo desconocen suelen ser excluyentes, enemigos del diálogo y proclives al lenguaje agresivo y al ademán pendenciero.

La academia sirve para afinar las ideas y la política para construir los acuerdos. Pero ambas cosas significan debate, controversia. Sólo así se hace tránsito del disenso al consenso, sin renunciar a los principios sino gracias a ellos. Los caudillos militares tampoco entienden que la democracia no es una ideología sino una cultura. Chávez lo muestra bien: mantiene la retórica revolucionaria que aprendió cuando la revolución clásica era un objetivo deseable. Eso no es así en el siglo xxi.

Sin embargo, Chávez sigue cabalgando sobre el lomo de una tesis decimonónica cuya vigencia llegó hasta el siglo xx. Pero luego devino en arcaica y ahora es patrimonio del pasado. La revolución de hoy no es confrontacional sino inclusiva. Significa respeto a las minorías y, por supuesto, a los adversarios. Supone mente estratégica y acuerdos mínimos que, producto del debate entre sectores diversos, pueden irse ampliando dentro de una dinámica creadora propia de la acción política.

El clásico discurso revolucionario se volvió conservador, sencillamente porque se ancló en el pasado. La revolución del siglo xx no se torna del siglo xxi con sólo enunciarlo. Se requiere cambiar el discurso y modificar la conducta. Privilegiar el pensamiento sobre el capricho, la razón sobre la pasión, la prudencia sobre la beligerancia, el cerebro sobre el hígado.  Incluso el diálogo sobre las armas, porque con éstas gana el más fuerte y con aquel ganan todos.

Chávez hubiera podido ser la voz de quienes nunca fueron escuchados en la historia de Venezuela. Pero ahora los está suplantando. Se está convirtiendo en vocero de una guerra que no es suya, en lugar de bregar por una esquiva paz que sí es de todos. Estos albores de la nueva centuria muestran cambios fundamentales en la geopolítica y evidentes reacomodos de los factores universales de poder.

El Brasil, como líder del subcontinente, ingresa por primera vez a un escenario de grandes ligas en las cuales nunca tuvo asiento. Ahora países como Rusia y China tienen interés en Suramérica. Y por supuesto, los gringos. Cuando éstos deciden usar bases militares colombianas no están pensando en Venezuela, sino en su influencia frente a unos países que, hoy, reclaman su mayoría edad, pero que están siendo objeto de agresiva acción diplomática de Irán e Israel, quienes también tienen su propia agenda.

Es una lástima: A Chávez los árboles no le dejan ver el bosque. Ninguno de nuestros conflictos se resuelve con guerras pero, claro, siempre hemos tenido caudillos militares que le sirven de idiotas útiles a otros intereses. Para gobernar en un mundo tan complejo como el del siglo xxi se necesita bastante más que formación militar, y Chávez no lo tiene. América del sur tendría toda la autoridad del mundo para ingresar a las grandes ligas dando ejemplo la paz. Pero eso no es fácil con caudillos militares.

*Ex senador, profesor universitario

atm@cidan.net

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