Espera y maldice, que es casi lo mismo, porque el tono del teléfono se alarga, infinito, y la voz de lo sentimos mucho deje su mensaje y blablablá es voz de no le da la gana de contestarte, quizá se largó con otro.
Espera, maldice y se la imagina con ese otro, revolcados los dos, la ropa hecha jirones. Mueve la cabeza con rabia, cierra los ojos con fuerza. Ahora la ve en un atraco, un tiroteo. Su cuerpo en el piso, sangrante, sus manos terminando de aferrarse a la vida y el teléfono timbrando. Espera. Y entonces, en lugar de maldita, ella es la culpa, su culpa, pues él no hizo nada para salvarla, y además la maldijo por hacerlo esperar, y uno no espera a los muertos, dice, y llora, y la ve en un ataúd, lívida pero con los labios rojos. Mira el reloj. Apenas han pasado cinco minutos. Le escribe y maldice de nuevo y le deja otro mensaje. Revisa los suyos por si acaso alguno llegó sin pitido, porque él no entiende de nuevas tecnologías y esos aparatos siempre hacen lo que les parece.
Espera. Silencio. Silencio. Un cigarrillo. Una maldición. Los puños cerrados. Pero es que es una absoluta falta de respeto dejar esperando a la gente, grita. Sólo su tiempo vale, dice. Sólo su tiempo. El mío no cuenta. Luego saldrá con razones de papel; que la mamá, que el abuelo, que el tío, que los buses, que la señal. Qué falta de respeto qué atropello a la razón, canta. Tictac. Cada segundo es una cuchillada. Cada minuto, una bomba. Van diez, sólo diez, que para él son cinco horas, o un día o todo el año, porque soñó con el momento de verla desde antes de acordar la cita. Soñó con los diálogos, con sus preguntas y las respuestas de ella, con sus ojos transparentes y la ceja levantada, su vestido de flores y ese collar de hojalata con el que nunca dejaba de jugar. Repasó las conversaciones. Que sí, que esa tarde le propondría que fueran amantes o lo que quisiera, algo, y que si le respondía que sí, que sonriera, como en un chiste que le contaron. Y si contestaba que no, que diera tres saltos mortales invertidos. Sonríe. Hasta un beso había imaginado.
Espera. Ya no le escribe ni la llama. Que se pudra, grita, y una señora lo mira con gesto de eso no se dice. Él levanta la mano en señal de disculpa, y luego se arrepiente con rabia. Como si yo no pudiera decir que se pudra, refunfuña. Pues que se pudra, y usted también, farfulla, estoy hasta el cogote de que me impongan reglas, papeles, documentos, impuestos. Repasa la dirección de la cita. Calle, carrera, hora, día, mes, año. Repasa la charla. No hay error. No le volveré a hablar, dice, y apaga su celular. Ya no espera, ya no maldice. Pero cuando me vea, me va a tener que oír, murmura. Tictac, tictac, repite. Está loca, piensa. Enciende el teléfono. Nada. Nada de ella, nada de nadie. Nada. Ahora sólo quiere verla para decirle que está loca, muy loca, y preguntarle si esto es una venganza de algo, y por qué y por qué y por qué. Ahora ya ni besos ni diálogos ni el maldito collar de hojalata. ¿Y si la mataron?, se pregunta. En esta ciudad todo puede ocurrir, susurra, mientras sale a buscarla allí donde nunca la encontrará.