UNA SEMANA PARA LA MEMORIA. Un remedio simbólico para la enfermedad más duradera que hemos padecido.
La peste del olvido que nos azota permite que los ciclos de violencia se sigan unos a otros con una persistencia de mal aliento, con una fuerza que nos hace preguntarnos si el problema es genético, si está escrito en el ADN. Pero eso no es disculpa ni consuelo para esta falla metódica, esta carencia de consistencia que ha terminado por identificarnos como un país violento. Cada víctima encuentra su victimario. Los enemigos se suceden unos a otros para responsabilizarlos de lo que pasa, pera no ser sujetos de lo que hemos hecho. No le damos cara ni nombre a este exterminio lento.
No tener representación mental de esto que falta puede impedir que busquemos con decisión un combate contra el olvido. Puede pensarse que en lugar de tener como símbolo el corazón de Jesús, al que han consagrado el país impotente, podíamos designar la memoria como aquel atributo potente que pueda representarnos. Atributo que podemos postular como bien de alto interés colectivo. Definir su búsqueda como una expedición inaplazable. Encontrar la imagen de este símbolo. Entronizarlo en el escudo en los vacíos que han dejado el istmo de Panamá y la cornucopia de oro. Pero para emprender esta conquista se necesita una certera compañía, que construya un conocimiento sobre lo ocurrido y sea un medio para mantener vivas la información y el propósito.
Por el momento es un logro tener armada la compañía para esta búsqueda. La Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación cumple la tarea de reconstruir la memoria histórica de los horrores al reunir minuciosos datos que las víctimas tienen sobre los crímenes. Un equipo de memoria colectiva compuesto por historiadores, antropólogos, sociólogos, encabezados por Gonzalo Sánchez, sirve de gran oído para este país que, de hacerse el sordo, ha quedado ciego ante el pasado. La investigación que han venido haciendo a lo largo de más de un año, ha buscado en la localidad las huellas de lo ocurrido y presenta sus informes a cada comunidad. Y tiene pendiente todavía producir un efecto de escala nacional.
Esta Comisión de Reparación y Reconciliación ha comenzado a entregar en Trujillo, Valle, las cuentas de lo que han sido sus masacres, heridas que ellos reunen y elaboran con los hechos, los contextos, los actores de la barbarie y los hilos narrativos de las personas que quieren mantener la memoria. Este mismo trabajo llegará a La Rochela en Santander, a Bojayá en Chocó y a Segovia en Antioquia. Pero debe envolver a Colombia y para eso tiene sentido que los artistas y las organizaciones sociales tomen la memoria como un tema que los identifica, los agrupa, asistidos por esta comisión. Lograr una instancia por encima del Estado que mantenga el tema como un asunto nacional y consiga que los resultados, búsquedas y símbolos de esta expedición de la memoria produzcan interés en los medios de comunicación.
Una semana de la memoria toca la opinión con la conciencia ilustrada de lo que puede reconstruir la voluntad de recoger los fragmentos de una historia disuelta en miles de semanas dedicadas al olvido. Antídoto para no borrar los crímenes con silencio o con venganzas personales sin hacer en conjunto una elaboración de lo ocurrido. Es un empuje a la expedición que requiere de fondistas.
Aunque historiadores anteriores ya reconstruyeron La Violencia en la academia y luego los violentólogos formaron la escena completa de los años 60 a los 80, no han logrado construir un muro de la infamia contra el olvido. Como el caso del Nunca Más que en Argentina hizo Ernesto Sábato, un recuento de lo acontecido en un mea culpa eficaz. Conjurar la amnesia colectiva colombiana que repite los ciclos de violencia, requiere encontrar un símbolo nacional, una construcción para representar la memoria como remedio para hacernos por fin cargo de lo hecho.