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Mi yo se fue a la caverna

11 de mayo de 2020 - 12:00 a. m.

Por: Lorenzo Villegas

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Era impensable, jamás lo imaginamos, pero fue posible, se nos negó la capacidad de ejercer el yo. Creíamos que vivíamos en un mundo cada vez más cercano a las llamadas libertades del hombre. Suponíamos que los movimientos sociales dejaron atrás la segregación racial, el holocausto nazi se veía como un ejemplo de lo que no debería suceder de nuevo, las mujeres exigían igualdad de condiciones y se vivía una lucha diaria para que las autoridades velaran por su protección y las leyes corrigieran los vejámenes por ellas sufridos día a día, el pensamiento de respeto a las personas LGTBI se sentía cada vez mejor representado en gobiernos y sociedades de primer mundo. Según lo que nos vendía la publicidad en medios masivos y redes sociales, podíamos ser quien quisiéramos ser, solo necesitábamos eso, querer ser alguien en la vida, ser yo. Pero un virus demostró que tal libertad no existe o que, por lo menos, es muy sencillo valerse de algo para hacerte sentir que, si la situación pinta adversa, te pueden quitar esa libertad del yo.

Ahora no puedes salir cuando quieras, ni puedes comprar comida cuando lo desees, no te permiten visitar a tus padres ni a los abuelos ver a sus nietos. El empleado no puede ir a trabajar y el empleador no puede convocar a sus trabajadores. Ya nadie puede decir: “saldré a caminar, a respirar aire libre”, sin mirar antes que su número de identificación coincida con el día que se lo permiten. Caminar, ese simple acto, puede acarrear una soberana multa.

Los sueños de muchos se fueron al traste. Esos que se esforzaron y ahorraron para no depender de nadie, solo de sí mismos, de su propio yo y sus capacidades, están aterrados ante un futuro incierto y la clara posibilidad de tener que salir a la calle luego de la cuarentena, a buscar un trabajo que no quieren hacer y olvidarse de lo que trataron de lograr.

Es un momento crítico, una isla en medio de un mar de incertidumbre, estamos en frente de la negación del yo. El yo ya no creerá que habrá una nueva oportunidad, porque esa misma incertidumbre, de no saber qué podrá suceder el próximo mes, el próximo año, si tal vez llegará un bicho peor al actual, si en otra situación similar nos van a encerrar seis, ocho o doce meses sin posibilidad de decidir, sin la alternativa siquiera de dejarnos elegir arriesgarnos a nuestra suerte, sin que mi yo pueda levantar la mano y exclamar: “no, yo no quiero eso, yo prefiero algo diferente”, aterra hasta el más valeroso.

El yo se resquebrajó, se partió entre el antes y el después del encierro. ¿Qué sigue, se pregunta el yo? ¿la próxima vez me obligarán a comer lo mismo que otros coman, me darán ración de agua para una quincena, me dejarán visitar a mis amigos y familiares cada domingo, podré tener hijos, tendré que pedir permiso antes de engendrar, el aire será un derecho?

El yo está amedrentado, se escondió, no quiere salir, le tiemblan las piernas, sabe que lo que le vendieron sobre su libertad y libre albedrío se esfumó. Ahora, el otro es quien manda, un enorme depredador es quien decide, el otro es mi nuevo yo, decide por mí. El otro argumenta que por mi bien él dirá qué es bueno o malo para mí. El otro es enorme y mi yo huyó a refugiarse en alguna caverna.

@lavillegar

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