Todo fue en secreto, en tono de conspiración, con ese gesto adusto de los conspiradores.
Él lo entendió así. Por eso les dijo en el mismo tono a sus jefes que iban a darle un golpe de estado al presidente del vecino país, que el asunto no demoraría más de 24 horas. Lo interrogaron sobre sus fuentes. Él eligió el silencio. Callarse aunque lo masacraran a preguntas y a nombres. “Tenemos que ir”, era lo único que repetía, “tenemos que ir”. Se subió al primer avión disponible, en clase turista, con un maletín por equipaje y una decena de libretas para tomar apuntes. Sin grabadoras ni cámaras, todo podía ser sospechoso. Cuando llegó, averiguó por un hotel en el centro tipo medio y por la dirección de un periódico, también de tipo medio. Necesitaba un fotógrafo. Sin imágenes no había nota, sin nota no habría más trabajo.
En el diario recomendado le dieron los datos de una mujer que hacía fotografías de publicidad. “Los de acá están muy ocupados”, le explicaron. Luego, como sin querer, le preguntaron qué clase de artículo iba a escribir. “Un día en la ciudad, eso es todo. es para una serie”, respondió. La mujer de las fotografías le aclaró que ella cobraba por horas, tomara o no tomara imágenes. Y que el revelado y demás iban por cuenta del cliente. Se citaron para las cinco de la tarde enfrente del Palacio de la Presidencia, y allí se encontraron veinte minutos antes de que aparecieran varios camiones sin placas, de los que bajaron decenas de hombres armados, tapados, que se mezclaron con otros tantos que llegaron desde calles aledañas y casas vecinas y hasta del subsuelo.
En un instante que nadie pudo medir, comenzaron todos a disparar hacia el Palacio. Las respuestas fueron con metrallas y granadas. La fotógrafa quiso huir, pero su periodista le dijo que no, que tomara fotos, que eso era lo que necesitaba. A los tropezones, los dos se guarecieron en el cuartucho de una tienda, junto a varios transeúntes y otros sujetos que parecían revolucionarios pues hablaban del comandante y del nuevo presidente. Surgieron helicópteros y aviones. Los tiros bajaban y se cruzaban y subían, y así llegó la noche y se metió en el cuartucho y apagó la batalla. Hubo silencio. Luego, gemidos. Y miedo, un miedo frío, profundo, que no dejaba ni obturar una cámara ni escribir ni pensar.