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¿Para qué sirven las canas?

10 de mayo de 2020 - 12:00 a. m.

Antes eran objeto de reverencia. Hoy solo sirven para afear fotos. Algunos con amplias cabelleras piensan que, por el contrario, le dan nobleza a la figura. Agradezcan la cabellera y no aspiren a más.

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Pero el hecho cierto es que la velocidad de esta sociedad líquida cada vez va confinando más y más a los viejos a una especie de ghetto. Digo viejos, que hoy son casi todos los de más de 40 años, para que no se hagan ilusiones.

A tono con esa marea segregacionista contra los viejos, digo de manera irreverente que no es cierto que haya más sabiduría en ellos. La única ventaja se concentra en un verbo y sólo en él: los viejos saben repasar. No es que la experiencia los haga más sabios, sino que cada suceso les dispara en la memoria remota cierta sensación de déjà vu. Tarjeta amarilla dictada por el pasado. No voy a hacer el elogio de la experiencia, porque aunque a veces es útil, también se puede convertir en un fardo inmovilista. Cicerón en De Senectute cometió la torpeza de salir a la defensiva. Habló de la experiencia como un valor importante, dijo que contribuye al éxito en los negocios y que la ausencia de placeres mundanos era una vía para la virtud. Esto último, de verdad, querido Cicerón, es un tiro en el pie al menos en estas calendas. Y, por fin, algo que hoy tiene carácter surrealista: ¡que ser viejo permite llegar al Senado!

Pero los jóvenes que se refocilan en su desprecio, algunos hasta insultan, deben bajarse de la nube. La disrupción no es garantía de éxito. A veces deja huella. Nada más disruptivo que el nadaísmo, que sí logró romper tradiciones. Pero en muchas ocasiones es sólo espuma. Como el algodón de azúcar que comprábamos en las ruedas de chicago. No alcanzaba el sentido del gusto y ya estaba deshecho, dejando sólo frustración. Y, ¡cuidado, jóvenes!, en tiempos de virus, la muerte acecha. Es una compañera permanente. La Parca tiene el vicio de no respetar la fila. Cuando el médico compungido le dijo a Adriano: “Emperador, sus días están contados”, él repuso: “Todos los tenemos contados desde el principio”.

Se ha ido Rosalba, mi compañera del alma. Tuvo tantas facetas. Dedicó parte de su vida al servicio de la sociedad. Y lo hizo con decisión propia sin pedir permiso a nadie. También con pasión inigualable. El trabajo con discapacitados llenó su espíritu. Fue también compañera de viaje en mis andanzas políticas. Parejamente y sin desmedro de lo uno o de lo otro, formó un hogar democrático, con la dulzura de una madre inigualable. Viéndola sufrir con tanta resignación la dura enfermedad que le tocó, me dio también una lección de vida. De joven, yo le mostraba los dientes a Dios. Le reclamaba con energía sindical. Cuando la esposa de Hitchens recibió la noticia de su cáncer, dijo: “Christopher, por qué a mí”. Él replicó: “¿Y por qué no?”. Rosalba me enseñó eso. Pese a la inclemencia de su enfermedad, ni un reclamo de ella ni mío. Unos pequeños genes mal organizados fueron la causa. Ni Dios, ni la malevolencia del destino. No somos dueños de la naturaleza sino sus vasallos.

Adiós, querida amiga. Con nuestros hijos y nietos te despedimos en paz. Gracias, amigas y amigos, por la infinidad de mensajes generosos.

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