El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Presidente para perezosos

22 de septiembre de 2008 - 08:41 p. m.

EL LIDERAZGO ES LA CUALIDAD MÁS alabada del presidente Álvaro Uribe, y la que lo volvió irreemplazable. Desde que él tomó las riendas de la patria (somos una yegua) todos sentimos que avanzamos, y el debate se centra en entender si es en la dirección correcta. Tal vez sea por su destreza para cabalgar que los análisis acerca de a dónde nos dirigimos se fijan obsesivamente en el jinete. Pero ¿y qué de la yegua?

PUBLICIDAD

Sus “ansias de poder”, su “autoritarismo”, su “vanidad”, por un lado. Su “firmeza”, su “actitud frentera”, su “liderazgo”, por el otro, son los temas que dominan el debate político en Colombia. Ambas posturas, de oposición o de apoyo al Gobierno, parten de la idea de que la sociedad está siendo arrastrada. Los opositores critican al líder porque el camino por el que nos lleva es incorrecto. Los simpatizantes loan al líder porque el camino por el que nos lleva es el correcto. La discusión se convierte en un interminable intercambio de argumentos sobre dónde estamos, que ignora el asunto de fondo: llegamos cabalgando, sin ser el jinete.

Ser una yegua parece, en principio, un trabajo duro. Hay que cargar peso sobre el lomo, soportar los espuelazos del líder, apoyar su paso desbocado y obedecer a sus antojos. Sin embargo, como animal político, la tenemos bastante fácil: soportar, apoyar y obedecer son actividades a las que nos podemos arrojar sin hacer mucho esfuerzo. Es más, la mano firme de nuestro líder sobre las riendas nos permite cerrar los ojos y dejar que él se encargue de sortear los obstáculos y encontrar el camino. Hasta nos ha diseñado unas lindas orejeras, para que no nos molestemos con la diversidad de perspectivas de este mundo peligroso, que él sorteará desde su conocimiento del “interés superior de la patria”. O sea, de la yegua.

El problema no es qué tanto sabe Uribe de caballos, sino si queremos ser cabalgados. La consciencia de que esta decisión ya la tomamos es escasa, por lo que no sobra recordar que en 1991 “El pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano” decidió que “Colombia es un Estados social de derecho organizado en forma … democrática, participativa y pluralista…”.

El contraste entre letras de la Constitución y el momento actual de la política hace pensar que el de hoy es otro pueblo. Un pueblo que no quiere participar sino ser representado. De ser este el caso, entonces vamos por buen camino. El pueblo pronto tendrá una nueva constitución que  perennice sus deseos y lo libre de todas esas obligaciones jartas que quedaron escritas por el entusiasmo reformista de una época.

Una visión más optimista diría que el contraste entre la realidad y la Constitución se debe a un letargo temporal. Un sueño del que nos despertaremos por el peso de los parapolíticos, que se nos subieron en ancas a susurrarle el camino al Presidente y le quitaron el glamur a la cabalgata.

De nada sirve corcovear para tumbar al líder. Él no es lo importante, pues así lo tumbemos, seguiremos siendo yegua lista para ser de nuevo ensillada. Nuestra responsabilidad política consiste en tomar las riendas y montarnos al caballo. Tal vez sea una interpretación simplista de la Constitución, pero lo que ésta nos dice es que nosotros somos el jinete y los políticos el caballo.

El esfuerzo mental que se requiere para dejar de ser yegua apeada no es excesivo. Se trata de volvernos ciudadanos, no activistas. De tener ideas sobre qué tipo de país queremos, buscar el partido que mejor las interpreta y por último apoyar al candidato con el liderazgo para ejecutarlas. Cosa muy distinta a enaltecer el liderazgo, hacer pereza y dejar que nuestro chalán exhiba su destreza.

danielpacheco@hojablanca.net

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias