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Protesta y rebeldía…

Todos desearíamos que el dolor de la injusticia convirtiera a los victimarios en reparadores generosos y a las víctimas en seres que perdonan.

28 de julio de 2010 - 05:27 p. m.
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De ser así, nuestra cotidianidad ocurriría en escenarios de construcción de paz y no de escaladas agresivas que van desde las descalificaciones hasta el terrorismo.

Vale la pena preguntarnos: ¿qué es lo que necesitamos aprender para reparar cuando somos victimarios o perdonar cuando somos víctimas? A pesar de lo que creemos, el mayor obstáculo no está en la acción del otro sino en las creencias con las que interpretamos la definición de los derechos y deberes propios y del otro.

Por ejemplo: los de los hijos en relación con los padres o los de los gobernantes de cara a los gobernados. Una madre llevó a consulta a su hija, una adolescente rebelde e irrespetuosa que había llegado al extremo de empujarla. Desde el punto de vista tradicional la situación era grave, todos conocemos el refrán “nada más feo que pegarle a la mamá”.

Al conversar, la joven decía: “Sí, qué horror, la empujé y la tumbé”. Le pregunté: “¿Qué pasó antes?”. Respondió: “Me tenía la rodilla en el cuello y no podía respirar”. La sensación de la madre de haber sido maltratada era clara, pero la conciencia de haber sido violenta con la hija era invisible para ambas. Cuando las dos entendieron que habían formado parte del círculo de agresión pudieron perdonar y ser perdonadas.

Otro tanto ocurre, por ejemplo, en las casas en las que la empleada es tratada como ciudadana de segundo orden y debe dirigirse con reverencia a la patrona, mientras ésta puede humillarla si se “iguala”. Así, no es extraño que desarrollen sentimientos mutuos de desconfianza y odio.

En el ámbito social, los gobiernos favorecen con leyes de impuestos y tenencias de la tierra a los más pudientes y, en cambio, negocian duramente el salario de las personas de bajos ingresos y silencian la protesta frente a la inequidad.

Vivimos con la creencia de que los derechos de los hijos, subalternos o del pueblo son transparentes, en general, siendo el más escondido y cuestionado de todos el de la protesta. Lo más complejo es que al silenciar este derecho nos sometemos a las escaladas más feroces de rebeldía en lo familiar y social. Allí la desesperanza puede convertir a un buen ser humano en un victimario tan sanguinario que sus víctimas jamás encontraran un espacio de perdón.

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