El alcalde Petro ha basado su estrategia de defensa contra los que pretenden revocar su mandato en la impugnación de las firmas de la Registraduría y la polarización de la opinión al acusar a sus enemigos de ser cómplices de la corrupción que él denunciara en forma oportuna y contundente. No ha mostrado modestia ni ánimo autocrítico, que me parecen fundamentales para que enderece la administración de la ciudad.
Le he criticado antes su adanismo o el desprecio por lo que pudieron avanzar sus predecesores en la construcción de cultura ciudadana, obra pública y organización eficiente de la ciudad. Ha pretendido modificar radicalmente el Plan de Ordenamiento Territorial, cortando avances en los que se han invertido grandes sumas de dinero de los contribuyentes y que cuentan con apoyo nacional, como es la Avenida Longitudinal; ha paralizado la construcción para que siga a la fuerza sus designios. En este aspecto y otros más muestra desdén por los recursos públicos: la reducción de tarifas que anunció en la recolección de basura, en las de agua (aunque está bien que se regale un mínimo vital con recurso al presupuesto) y en las de Transmilenio, que pueden afectar la solvencia de cada una de las entidades que prestan el servicio. La peatonalización de la Séptima sigue siendo una mala idea que ha deteriorado la movilidad de manera extrema y lumpenizado el viejo centro histórico de la ciudad.
Lo que está precisamente en duda para la mayoría de los bogotanos es la calidad de su gestión. La recolección de basuras ha mejorado, pero todavía hay volquetas exponiendo la salud y vida de los operarios y hay sectores cubiertos de suciedad y malos olores. Todas las calles están en mal estado y en franco deterioro adicional, mientras que en las cuentas bancarias de la Secretaría de Hacienda duermen $3,5 billones que el alcalde no se atreve a contratar por su paranoia de que los corruptos se los queden. $170.000 millones asignados a las alcaldías locales las centralizó el burgomaestre en su afán autoritario de controlarlo todo y tampoco los gasta. Los dueños de vehículos pagamos impuestos altos de rodamiento y sobretasa a la gasolina, pero no hay por dónde transitar sin grave riesgo para la propiedad y vida de los conductores.
Si quiere dejarle un buen legado a Bogotá, Petro debe hacer y terminar buena obra pública; crearles gobiernos corporativos a la nueva empresa que recolecta la basura y al Acueducto, que ha sido tradicional presa de los corruptos pues carece de transparencia. La Empresa de Energía es un buen modelo a seguir, pues la mitad le pertenece a la ciudad, presta un servicio eficiente a buen precio para los usuarios y le entrega cada año $400.000 millones en utilidades. La ETB tiene participación privada y cotiza en bolsa, aunque su negocio ha sido superado por el veloz cambio tecnológico de las telecomunicaciones; para salvarse, debe asociarse con alguna empresa que conozca bien el desarrollo del negocio y la capitalice.
Contra los revocadores de Petro, hay que decir que les interesa menos la suerte de la ciudad que incluso a su impugnado. Quieren arrastrarnos al limbo político en que quedaría la capital con un descabezamiento de un gobierno que venció en franca lid en las elecciones. Pretenden recuperar su presupuesto para los grupos políticos que tanto la han expoliado y ahí Petro no se equivoca. Ahora el alcalde debe demostrar que sí puede administrar bien la ciudad y hacerla progresar.