SI LA ILUSIÓN DE RENOVACIÓN EN LA política del país llega con las elecciones cada cuatro años, es grave cuando amenazan triplicarnos la dosis sabida y los que se están alistando son el unanimismo que se reproduce por división, como el teatro y la izquierda.
Súmese —o réstese más bien— que al partido de oposición lo ha desenfocado este trance. No se sabe si lo grave es que el país piense en su destino sólo cada cuatro años, o que ahora esté enrarecido el ambiente para escoger lo que de entrada huele rancio. Añádase al condicionamiento de esta elección el rumbo que tengan el próximo año y medio Bogotá y Medellín, que han sido las más renovadoras…
Este país dado a las pasiones es cada vez más apolítico. En los últimos seis años ha retrocedido en conciencia política porque ha aumentado su proclividad al paternalismo, a solucionar lo inmediato como real-política. Y este desamparo de entregar la unidad de la nación al combate contra la guerrilla, que como otro empobrecimiento del horizonte está el tener en la cuerda floja las transformaciones ejemplares, demostración del cambio que pudo operarse en las dos ciudades que trocaron el signo de su deterioro. Primero Bogotá se rescató de un abismo de indiferencia del que sus habitantes querían huir y mantuvieron la coherencia en mandatos de alcaldes más de 10 años, al volver prioritaria la creación de ciudadanía. Luego Medellín, que tras una dictadura de miedo y violencia impuesta por las armas y la plata, pudo crear una franja de opinión donde los ciudadanos encontramos la forma de cambiar la política que se había agotado en su endogamia.
Estos dos ejemplos abrieron un horizonte de interés público en decidir y una capacidad de cambiar el aciago esquema de repetirnos. Ahora es crucial para lo que sigue cuanto está pasando en esos dos escenarios políticos. Bogotá, por segunda vez consecutiva, está manejada por el Polo y el sentimiento en la ciudadanía es haber abandonado el cambio de mentalidad que trasmutó la indiferencia en contribución. Esta conquista enorme dejó de ser política pública y la orfandad de inspiración en la convivencia decide si se retrocede este efecto logrado en el habitante de a pie.
En Medellín el arribo de la confianza a través de una tarea emprendida con energía y honradez logró unos hechos con impacto social que dieron poder a un proyecto ciudadano de participación política. De fondo están y estuvieron los severos problemas de paramilitarismo y de corrupción de tantos años de tráfico, contrabando y homicidios, al tiempo que alberga el mayor número de reinsertados que ciudad alguna tiene en Colombia. Cuando los mandatos Fajardo y Salazar logran empatarse, un asunto salta a la vista con el complicado entramado de mafias que habían hecho componendas por el control basado en el terror y con los que después de salir de la clandestinidad persisten en el delito. La circunstancia es compleja pero manejable.
Es clave entender lo que se juega en este ajedrez de percepción, de si avanzan o retroceden estas transformaciones políticas para alentar en el país una convicción de tener riendas en el destino colectivo sin las derrotas psicológicas que tanto conoce, ni mesías a los que entrega su inmadurez política. Distinguir las trampas que están tendiendo para bloquear cualquier aire nuevo que entre a la política enquistada en ser el alimento de la guerra. Distinguirlas para poder decidir quién sigue.