Para entendernos, partamos de la mano de Perogrullo. ¿Es posible comprender por qué regiones como Chocó y La Guajira están en las zonas menos desarrolladas del país? Para contestar esta pregunta habría que recalcar en un hecho que no admite discusión: en Colombia hay racismo abierto, manifiesto, y también solapado, tapado, enmascarado o embozado. Como el racismo se manifiesta en contra de poblaciones o etnias supuestamente “inferiores”, como son los casos comentados, resulta “lógico” (así sea injusto) que las “superiores” –obviamente dominantes– dejen por fuera a los sectores dominados en el reparto de la torta social.
En tales condiciones más o menos objetivas, los proyectos oficiales benefician a quienes disfrutan de su capacidad de dominación en la distribución del ingreso nacional. Así vamos viendo por qué chocoanos y guajiros, y departamentos teñidos en cierta proporción de diferencias étnicas desfavorables, resultan ignorados en la acción del gobierno, representante de los sectores preeminentes. Este pequeño análisis explica –no justifica– el porqué del atraso localizado, mientras toman vuelo otros departamentos no victimizados por la mirada diferencial del Estado.
Claro que alguien pudiera salir a mostrarnos el caso de Sudáfrica, por ejemplo, donde una minoría blanca ejerció su poder apabullante sobre la mayoría afro que lideró Nelson Mandela –uno de mis héroes fundamentales– en el proceso que terminó con el apartheid, hasta donde la praxis social lo permite, pues no se puede desconocer que los cambios culturales no son dables por decreto. Pues, bien, en Sudáfrica domina el “blanco” porque este ejerce una suficiente dominación ideológica. Esa dominación refleja que un elemento cuantitativamente inferior se impone sobre el cuantitativamente superior, desde luego que tomando en cuenta la superioridad tecnológica del sujeto externo, europeo, incluyendo el control de las armas, como también sucedió entre nosotros con la incursión española a un espacio geográfico de población más numerosa que las tropas conquistadoras. De modo que, para cambiar las cosas en la realidad, es necesario hacerlo simultáneamente en el cerebro de la gente, en un proceso dialéctico que va de la empiria –la realidad– a lo ideológico y de lo ideológico a la realidad objetiva.
Introduzcamos en esta mirada un acontecimiento que se muestra con toda su crudeza: la violación de una niña embera por un grupo de soldados. Liguemos este hecho brutal a otro que se le asemeja: el acto de violación y homicidio de la niña yanacona Yuliana Samboní. Y surge una pregunta ingenua (no se nos olvide que este columnista es un ingenuo confeso): ¿Por qué el arquitecto clasudo, victimario de Yuliana, no buscó a una niña de su propio estrato, e igualmente por qué los soldados no encauzaron su sed de machos remachos en su barrio o en las casas fiscales de sus superiores?
Tris más. No habíamos advertido un chiste institucional en la televisión: “El futuro es de todos”.
* Sociólogo Universidad Nacional.