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¿Resiliencia?

28 de agosto de 2020 - 12:00 a. m.

Hace cien años los colombianos vivieron, simultáneamente, fenómenos de protesta social y de progreso económico. Se asomaba, en el horizonte, un país moderno, pero sus habitantes vivían en un país señorial. Aquella década presenció la agitación del movimiento de los bolcheviques en el municipio del Líbano, grandes inversiones nacionales en infraestructura gracias al dinero que los gringos enviaron por cuenta del raponazo de Panamá y dos crueles masacres: una en Bogotá, frente al palacio presidencial, en 1919 y otra en la zona bananera en 1929. Los ministros de Guerra dijeron que se había ordenado disparar al aire.

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En 1934 hubo una masacre más, en la hacienda Tolima, ubicada en el municipio de Ibagué, donde se practicaba el desalojo de unos aparceros, por petición del propietario de la finca. El gobernador del departamento envió al Gobierno nacional un informe en el cual se lee que los aparceros dispararon contra la policía y dieron de baja a dos de sus miembros. Por lo tanto, “el resto de la escolta empleó sus armas, operó sobre el enemigo y dominó la situación”.

El siglo XX dogmatizó la ideología y la privilegió sobre la política. Compró la ecuación bueno-malo, amigo-enemigo, blanco-negro, es decir, ignoró que la sociedad no es binaria sino plural y que la realidad está llena de matices. Ese enfoque fracturó en dos al país y el fenómeno se salió de las manos del Gobierno nacional a partir de 1947. La década siguiente fue de confrontación bélica entre los dos partidos históricos. Los colombianos no tenían la claridad política que da una agenda propia pero, al menos, nadie les estaba imponiendo una que fuese ajena.

En la violencia del medio siglo las masacres se convirtieron en algo sistemático. Cada vez eran más frecuentes y más horripilantes. Nada justifica el salvajismo, pero aquellas tenían un evidente sentido político. Quizás por eso el país superó semejante barbarie gracias a los pactos del Frente Nacional, que los colombianos respaldaron en las urnas en 1957. Eso se llama resiliencia, en el sentido de recuperación de la normalidad cuando se ha estado sometido a una perturbación. Colombia recuperó la paz y, en ese proceso, se deben mencionar tres nombres, que hablan por sí solos: Alberto Lleras, Laureano Gómez y Darío Echandía

Sin embargo, la paz comenzó a desestabilizarse porque comenzaron a operar las agendas ajenas. La Guerra Fría e incluso la Operación Marquetalia estimularon la insurgencia guerrillera que bien pudo ser manejada de otra forma, si hubiéramos tenido agenda propia. Luego, el narcotráfico contaminó casi todo el cuerpo social y le inoculó una suerte de subcultura de los antivalores. La idea del dinero fácil se enquistó en la sociedad y reemplazó principios superiores por la ética del éxito, que mide a los seres humanos por lo que tienen y no por lo que son. Eso, según el diccionario, también se llama resiliencia, pero en el otro sentido: capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. El país adoptó semejante subcultura como sistema de vida.

Hoy, a diferencia de hace cien años, vivimos una crisis en la cual no se registra progreso alguno, pero tampoco protesta social. Lo que hay es un confinamiento dramático que, sin embargo, deja percibir un silencio sonoro. Se respira un mal aire, un ambiente enrarecido, un temor que duele, en medio de la incertidumbre. Es el resultado de una doble pandemia: la del coronavirus, que se resiste a pasar, y la de las masacres, que se empeña a crecer con sus mensajes de odio y sus ecos de descomposición. Más allá —o más acá— de esta polarización sin precedentes, los colombianos son prisioneros de un fenómeno explosivo, para cuyo tratamiento no tienen agenda propia. Pero, ahora, sí hay quien desea imponerles la suya.

Es hora de construir una agenda colombiana. El positivismo inglés e incluso el francés de la posindependencia desplazaron hacia afuera el centro de gravedad de los pueblos de América hispana. Según el pensador mexicano Leopoldo Zea, el siglo XIX abrió el paso hacia la sajonización de Iberoamérica. Desaparecida la colonización española, vino otra que no fue impuesta sino aceptada libremente: una especie de colonización cultural. Nos quisieron volver ingleses, franceses o gringos, dizque para ser consecuentes con los dictados de un pensamiento moderno que tampoco se diseñó para estas realidades.

Ahora nos quieren sacar el ADN y comprometernos a luchar por intereses ajenos, en desmedro de los propios. ¿Cuál ha sido la agenda de nuestros gobiernos frente a la violencia que se exacerbó en este siglo y, ahora, frente a esta creciente ola de masacres que nos avergüenza ante propios y extraños? Estamos presenciando una verdadera tormenta de sangre, y el ministro de Defensa se limita a culpar al narcotráfico: hay que combatirlo y seguir fumigando. ¿Es eso resiliencia?

Según cifras de la ONU, en lo que va corrido del presente año, Colombia registra 33 masacres, lo cual quiere decir que hay una masacre semanal, si fuera promediable. El caso de Samaniego, que la prensa destaca espeluznada, sucedió 33 veces este año, y el ministro de Defensa responde como si fuera un agente de la DEA. No hay derecho. Estas masacres son una barbarie física o una deformación psíquica o una perversión moral o todo ello junto. En ningún caso tienen sentido político y, así lo tuvieran, es preciso no solo condenarlas sino detenerlas.

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Por Dios, ¿qué pueden sentir las familias de aquellos adolescentes asesinados? Me temo que el poeta de Orihuela respondió por ellos: “Sin calor de nadie y sin consuelo, siento más tu muerte que mi vida”.

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