EL MAYOR ÉXITO DEL PRESIDENTE Uribe en ocho años de gobierno, como se ha dicho tantas veces, se refiere al tema de la seguridad nacional.
Y es cierto: el número de secuestros, asaltos a poblaciones, masacres y crímenes cometidos por guerrilleros, narcotraficantes y paramilitares se ha reducido de manera admirable. Sin embargo, hay un aspecto de la violencia que sigue en las nubes, y por desgracia es el más importante de todos: la cantidad de muertes violentas que aún suceden en Colombia.
Insisto: no se trata de ignorar los logros del gobierno actual. Gracias a la seguridad democrática se desmovilizaron 30.000 paramilitares y la guerrilla está debilitada. Eso permitió recuperar la confianza en la inversión, reactivar la economía y duplicar la producción nacional. Hoy, la inversión extranjera en Colombia es la cuarta de América Latina y la economía ha capoteado la severa crisis internacional con una inflación controlada.
Nada de eso, repito, se discute. No obstante, según Medicina Legal y su estudio Forensis, el año pasado hubo 29.433 muertes violentas en el país, un aumento de casi 10% frente a 2008. Tuvimos 17.717 homicidios (un aumento del 16,2%), 1.845 suicidios, y la muertes violentas no determinadas crecieron en un alarmante 19,4%. A finales de los años noventa, cuando las cifras de la violencia fueron de las más altas de nuestra historia, el promedio de muertes violentas era de 35.000 personas, de modo que esta diferencia parece confirmar lo que se dijo siempre: a pesar de recibir más atención en la prensa, la violencia ocasionada por guerrilla, narcotráfico y paras sumaba apenas el 20% del total de nuestros muertos. Ha caído esa porción, pero es claro que aún sigue viva el 80% de la violencia nacional, la que surge de riñas, pleitos, venganzas, maltrato familiar y delincuencia común. De acuerdo: estas cifras difieren de las del Gobierno, pero las de Medicina Legal se basan en autopsias reales, y por eso son casi innegables.
Ahora, a pesar de tantos estudios eruditos que lo niegan, es difícil de creer que semejantes tasas de violencia no estén relacionadas con la pobreza. Porque, a pesar de ciertas mejorías, en ese aspecto la realidad colombiana sigue siendo dramática. La brecha entre ricos y pobres no se ha reducido. Al revés: ha crecido. El desempleo llega al 12%, y el 60% de los trabajadores son informales. La pobreza del país está en el 43%, llegando a más del 60% en zonas rurales. Eso significa, en términos caseros, que alrededor de la mitad del país sigue siendo pobre, con el 23% de la población sobreviviendo en la miseria absoluta, más unos 5 millones de desplazados. Si a ese panorama se le suman las muertes violentas que señala Forensis, o sea más de 80 en Colombia cada día, a pesar de los éxitos que destaca el Gobierno, queda un saldo social en rojo, y lo heredará el próximo presidente. Ese balance es, sin duda, deprimente.
En estos días el Presidente resaltó “tres huevitos” que había puesto su gobierno, entre ellos el de la seguridad y el de la política social. Las cifras de Medicina Legal indican que el primer huevo está quebrado, y el de la reducción de la pobreza también. Lo grave, como dice la canción infantil, es que nadie sabe con qué los curaremos.