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Salvadores y ciudadanos

13 de mayo de 2010 - 09:18 p. m.

ANTE EL ACTUAL PROCESO ELECTOral, los colombianos tenemos mucho de que respirar aliviados.

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Hay que darse palmaditas congratulatorias, primero que todo, porque estuvimos en al borde del precipicio y evitamos caer en la profundidades a las que han llevado a nuestros vecinos sus respectivos salvadores. El abuso del poder del gobierno Uribe provocó como reacción que los oxidados mecanismos de la desprestigiada democracia se destrabaran y, cuando ya todo se creía perdido, las máquinas de los pesos y contrapesos, la ética ciudadana y la prensa libre echaran a andar a todo vapor y evitaran la hecatombe. (¡Qué delicia usar esta palabrota que puso de moda el oficialismo en el sentido contrario!).

La segunda razón para sentirnos de pascuas es que ya no tenemos que enterarnos cada día sobre lo que piensa, intuye, planea, opina, advierte o amenaza el presidente Uribe. Ya no importa lo que nos aconseje el padrecito de la patria, ni nadie nos espiará o nos tildará de antipatriotas por ir en contravía del Estado de Opinión.

Es una satisfacción además saber que, gane quien gane, el país no está dando saltos al vacío. Todos los candidatos a la Presidencia (dignos de contarse) son archiconocidos para bien y para mal, y con seguridad ninguno será más arbitrario que Uribe, ni más liviano que Pastrana ni cargará elefante más pesado que el de Samper.

El cuarto motivo de regocijo tiene que ver con que los dos candidatos que van ganando, según las encuestas, representan un país urbano, moderno y medianamente conectado con el mundo. Ninguno usa poncho al hombro, ni anda armado, ni doma potros, ni que se sepa, protege latifundios.

Hay sin embargo un síndrome producto del reinado de ocho años de Uribe que se nos metió entre la piel y es el de creer que Colombia se arregla con un salvador que hace favores; no con una ciudadanía que exige que se cumplan sus derechos.

Y ahora tenemos que escoger nuevo Presidente. Está Santos, lo más parecido a un príncipe de Colombia, el país más monárquico de Suramérica, quien ha hecho carrera en hombros de una corte de manzanillos, cuya moneda de cambio ha sido la repartija de puestos a cambio de poder político. Y está Mockus, hijo de refugiados lituanos, estudiante becado, una rareza en el país de América más cerrado a la inmigración extranjera, quien cimenta sus logros en lo contrario: no haber cedido al clientelismo.

Santos no se presenta como mesías, sino con un impecable perfil de tecnócrata eficaz. Pero sus compromisos con la politiquería, hoy agravada por la infiltración mafiosa, y su fe en los jaques militares, auguran que la falla geológica de su gobierno podrá seguir siendo la carencia de legitimidad política en la construcción de la paz. Sin representación real de los ciudadanos con derechos seguiremos en el viejo atolladero de hacer paces injustas con los violentos, y la guerra contra los pacíficos.

Mockus se disfraza de salvador y habla como profeta, pero su propuesta dice otra cosa. Bajo los gobiernos de los ex alcaldes verdes, los ciudadanos organizados acumularon mayor poder. Hoy saben que la mejoría en sus ciudades se debe sobre todo a ellos mismos. Por eso cuando Mockus anuncia que cambiará los hábitos de los mercaderes y traficantes que habitan la política y recuperará el papel estelar del ciudadano para arreglar el país, suena una salida creíble para librarnos para siempre del odioso síndrome del salvador que nos dejó instalado el largo gobierno de Uribe.

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