PASÉ UN PAR DE SEMANAS LEJOS DE Bogotá, en un pueblo en la mitad de la nada, donde sus gentes manejan otros tiempos y por supuesto las angustias propias de quienes viven en las ciudades no existen. Los pitos de los carros no suenan, no hay raponeros y, claro, las chismosas pululan en todas las esquinas.
No me avergüenza reconocer que soy un citadino aburrido al que el agua fría le produce pánico, alérgico a las picaduras de zancudos y adicto al Blackberry, aparato que por supuesto no funcionaba en aquel lejano municipio, donde aún las personas acostumbran hacer fila en el Telecom para comunicarse con el resto del mundo.
Para llegar allí hay que padecer una carretera en pésimas condiciones, travesía que me permitió comprender y hasta identificarme con quienes critican al Ministro de Transporte por el misérrimo estado de las vías. Ojo doctor Andrés Uriel. Este es un país sin tren y donde los ríos no son óptimos para la navegación, ergo el desarrollo de las regiones, indefectiblemente, se mueve por tierra. Es absurdo que una persona se gaste más de 15 horas cubriendo los 250 kilómetros de la ruta que conduce a Quibdó desde Medellín, por un camino al que acertadamente se le ha puesto el nombre de “la trocha”.
Superado el insoportable viaje llegué al lugar en medio de una entretenidísima fiesta agrícola. Orquestas, desfiles de caballos, bazares con una importante oferta gastronómica, mucho aguardiente y raudales de cerveza. Acostumbrado a ver cómo en la ciudad los borrachitos se dan en la jeta, los conductores ebrios revientan sus carros contra otros, quedé sorprendido cuando supe que durante los tres días de parranda y licor, al hospital sólo llegaron dos personas. Una niña que se cayó del caballo y un señor que creía tener un tumor cerebral, diagnóstico que fue descartado por la doctora que lo atendió y que lo envió a casa con la orden de cuidar con caldito y cama el furibundo guayabo que lo azotaba. No hubo contusos ni detenidos, ni mucho menos trompadas. Allí, la fiesta la saben llevar en paz.
Muy distinta es la visión que del país tienen aquellos que viven lejos de las grandes urbes. Allá los problemas son otros. Les importa un pepino si la parapolítica está colapsando, no les apetece conocer los detalles de la sinvergüencería alcohólica de cierto investigador, están a metros de distancia de la farcpolítica, pero eso sí, no entienden por qué algunos quieren atravesársele a un tercer período del presidente Uribe. En algún momento me detuve a explicarle a un lugareño el tortuoso camino que tiene que transitar el proyecto de referendo, cuando repentinamente me interrumpió con un razonamiento demoledor: “Si el pueblo quiere, el pueblo puede”.
Quedé marcado por esa fabulosa experiencia. En el campo colombiano, a pesar del legado de los violentos, del dolor que a sus habitantes les causaron guerrilleros y autodefensas, hay algo que en buena medida se ha perdido en las ciudades: calidad de vida, concebida desde la perspectiva puramente humana.
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Pablo Escobar, Raúl Reyes, Rodríguez Gacha, los hermanos Rodríguez Orejuela y Tirofijo creyeron que con bombazos, asesinatos, secuestros y masacres iban a doblegar al país y no lo lograron. Puede que en algunos momentos hubieran alcanzado medianamente sus objetivos, pero siempre, absolutamente siempre, el Estado tuvo las de ganar y ganó. Entonces, alias Don Mario, que ha ordenado una serie de homicidios y cuya red parece estar a punto de colapsar, ¿qué estará pensando? ¿En serio creerá que es capaz de ganar la partida? Ese individuo o se entrega y salva su vida o terminará muerto como muchos otros bandidos que han caído en la fábula de su propia astucia. Don Mario podrá planear el asesinato de quienes quiera, pero no pasará. Con peores sádicos Colombia ha tenido que lidiar y todos han sido derrotados.