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Transmilenio, a golpes

Sentí carterazos, codazos y podía oler el perfume o sudor de quien pasara frente a mí. Ese miércoles, a las 6:30 de la mañana, no podía moverme porque ya nadie más cabía en el Transmilenio.

24 de mayo de 2013 - 06:00 p. m.
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Un hombre gordo, de 1,65 metros de estatura, decidió desahogar su rabia en la salida. Con su panza de cincuentón me sentí más espichada contra la puerta del bus y, de alguna manera, su brazo se enredó con un puberto que se negaba a dar paso. Luego de un breve forcejeo, el hombre volteó su cabeza en busca de un culpable: su mirada se fijó en mí. Lanzó un puño directo a mi nariz y sus nudillos quedaron a un centímetro de reventar mi cara, no sé si el brazo no le alcanzó, si mis reflejos me salvaron, se arrepintió de pegarme o simplemente quería asustarme.

En cuestión de segundos la gente le abrió paso a ese troll para que se bajara del bus. Lo vieron irse campante y con su testosterona en el cielo. No me atreví a decir nada porque con ese descontrol seguro se devolvería y esta vez sí me destrozaría a golpes. Luego, los que quedaron, me miraban con ojos redondos de sorpresa. Una mujer se acercó a abrazarme, no por consuelo sino porque yo era su único agarre para embutirse en el bus. Me tocó olvidarme del respeto a mi espacio personal, sentí las nalgas, barriga y maletas de los pasajeros que bajaban del bus; y ahora esta mujer parecía que me fuera a robar un beso:

—¿Le pegaron?

—No, pero casi me rompen la cara porque sí.

Me sonrió, le sonreí y me volteé hacia la ventana para no sentir más su respiración estrellarse contra mis labios. El resto del recorrido no dejaba de pensar en lo que habría pasado si ese sujeto me hubiera clavado ese puño: ¿todos habrían enloquecido o simplemente se habrían quedado callados? Si bien es cierto que Transmilenio puede ser caótico por falta de organización, empeora cuando no hay cultura ciudadana.

En cada parada los que están en la estación se lanzan al bus sin dejar pasar a los que van de salida, lo que se convierte en un roce de cachete con codo, brazo con barriga y pisotón con insulto. Algunos aprovechan para mostrar su virilidad y fuerza, por lo que inflan pecho y van empujando a lo que tengan enfrente, como si estuvieran en un partido de fútbol americano y, claro, ¿por qué no un breve roce de sandungueo con la mujer que intenta salir del bochinche?

* Las crónicas en este espacio han sido escritas para El Espectador por los reporteros de Directo Bogotá, revista de periodismo de la Pontificia Universidad Javeriana.

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