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Tsípras y Hollande

07 de mayo de 2012 - 07:43 p. m.

Los resultados electorales de Grecia y Francia tienen la característica común de representar el anhelo popular de que se busque otra forma de manejar la crisis.

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François Hollande ganó la presidencia de Francia sobre la plataforma de un partido político sólido y de tradición, el socialista, que diseñó cuidadosamente su programa alternativo a lo largo de diez años de ausencia del poder. En cambio en Grecia el personaje ya no es uno de los jefes históricos de la vida política del país, ni miembro de una de las familias tradicionales de gobernantes, sino un joven de treinta y ocho años que a la cabeza de un movimiento de radicales de izquierda desplazó al histórico PASOK del primer lugar entre las formaciones de esa tendencia y, por artes del destino y del sistema que se inventaron e impusieron los partidos tradicionales, tiene ahora la opción de formar un gobierno que en todo caso sería de coalición.

Nueva Democracia y PASOK, de la derecha y la izquierda tradicionales, salen de un corto período de coalición forzada a la que tuvieron que comprometerse luego de haber sido los responsables de la catástrofe económica a la que sus gobiernos sucesivos condujeron al país. Y como lo que tenían por ofrecer era simplemente más de lo mismo, han caído gravemente a la hora de la votación popular. Nueva Democracia, a pesar de haber “ganado” las elecciones y recibido el premio de curules extras reservadas a quien ocupe el primer lugar, bajó en realidad del 33.5% al 19% de los votos, mientras que PASOK bajó del 43.9% de la última elección al 13.5%, para quedar como primera y tercera fuerza respectivamente en el espectro político. Ninguno de ellos quedó con opción de formar un gobierno, como lo hicieron holgadamente a lo largo de la etapa de restauración democrática cuyo escenario dominaron hasta ahora alternadamente sin amenaza creíble desde la derecha o desde la izquierda.

Quienes pensaban hasta ayer que la derecha europea ganaría en todas partes porque es la que conoce y sabe poner en práctica las fórmulas adecuadas para manejar la crisis, van a tener que entender dos cosas: que los problemas que agobian a los países del continente se derivan de la naturaleza y esencia misma del sistema económico y de la lógica implacable que lo caracteriza, y que frente a ello no importa demasiado quién gobierne, porque lo mismo por la crisis o por voluntad popular caen o suben partidos de izquierda o derecha mientras no haya quién sea capaz de rebelarse adecuadamente, esto es con sensatez y tino político, contra la forma unívoca en la que se ha actuado hasta ahora.

La victoria socialista en Francia, si se tienen en cuenta los anuncios de François Hollande, significaría el espaldarazo popular a la aparición en el panorama del campeón de una forma distinta de afrontar el problema, que trataría aparentemente de poner en cintura a los poderes económicos acostumbrados a manejar una crisis como la actual de manera que siempre salen ganando, sin que importen mucho los sacrificios sociales en los que haya que incurrir. En el caso de Grecia también ha habido un espaldarazo pero a persona no determinada, en cuanto ningún partido pudo conseguir siquiera el 20% de los votos, y lo que sí es cierto es que al sumar los sufragios de las diferentes tendencias, salen siendo mayoría los que desde cualquier ángulo protestan vivamente por la situación o se oponen a los acuerdos celebrados para no caer en la bancarrota del Estado, pero que tienen sumida en la miseria a buena parte de la sociedad.

Alexis Tsípras, que militó tempranamente en el Partido Comunista y luego se fue al SYRIZA, Coalición Radical de Izquierda, que a la hora de los votos fue capaz de superar al PASOK, difícilmente podrá formar un gobierno, porque las otras formaciones de orientación cercana, que le detestan como suele suceder, no le harían el favor de permitirle gobernar y porque es difícil encontrar aliados en los propósitos radicales de anular los acuerdos de austeridad ya pactados. La figura de Tsípras, no obstante, queda en el escenario como símbolo de la tendencia popular al rechazo por las medidas restrictivas de la dicha familiar y personal que hasta el momento han venido a agobiar todavía más a los griegos, víctimas ya del mal gobierno y de un liderazgo tradicional al que no parece darle vergüenza la forma como manejó el país a lo largo de varias décadas. Es entonces cuando todo el mundo, en Grecia y en otros lugares, vuelve su mirada hacia Hollande.

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