La diéresis, donde corresponde, es como un buen par de banderillas en todo lo alto. La diéresis fuera de lugar es todo lo contrario: un par de banderillas de castigo a un toro bravo y de casta (el idioma), castigándolo sin culpa.
Me hago esta reflexión a propósito de la lectura del texto de un buen amigo y talentoso escritor venezolano, Ibsen Martínez. En ese texto se deslizó un “averigüa”, y se lo hice notar al felicitarlo. Ibsen me contestó: «Tenemos una correctora inconmovible que pone siempre averigüar». Le hago una propuesta: «Lo de la correctora tiene una solución fácil: Escribe una vez un texto donde emplees varias veces las palabras agüa, manigüa, contigüa, Güajira, tregüa… y titúlalo “¡Averíguelo Vargüitas!”, a ver cómo reacciona».
Por supuesto, se trata de un caso puntual, y desde luego que un corrector que escribe averigüar se autodescalifica como tal.
Quiero ponerles un ejemplo práctico de cómo trabaja un editor verdaderamente responsable.
Imaginemos que está leyendo el manuscrito de la traducción, digamos al alemán, del Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre, esa pequeña obra maestra del periodismo que firmó en su día Gabriel García Márquez.
Todos recordamos el caso del marinero Luis Alejandro Velasco, quien navegaba a bordo del destructor Caldas, de la marina de guerra de Colombia, desde el puerto USAno de Mobile al de Cartagena, y cayó al mar junto con otros ocho miembros de la tripulación, desapareciendo a causa de una tormenta en el Caribe. Y de cómo fue que se salvó a bordo de una balsa, en las condiciones que resume GGM dentro del extenso título de su reportaje.
Recordemos ahora la primera noche de Velasco en alta mar: «El sol estaba descendiendo. Se puso rojo y grande en el ocaso, y entonces empecé a orientarme. Ahora sabía por donde aparecerían los aviones [que vendrían a rescatarlo, pensaba él]: puse el sol a mi izquierda y miré en línea recta, sin moverme, sin desviar la vista ni un solo instante, sin atreverme a pestañear, en la dirección en que debía estar Cartagena, según mi orientación». El editor alemán objetaría que si la balsa derivaba hacia el Sur (en dirección a La Heroica), alguien que para orientarse coloca el sol poniente a su izquierda y mira en línea recta, es decir, hacia adelante, está enfrentando el Norte, y no Cartagena. A no ser que el realismo mágico comenzara ese día en que el sol se puso a la izquierda cuando Velasco derivaba rumbo al Sur.