Mientras que a las orillas del Támesis la silueta londinense crece hacia el cielo y se moderniza, cambia el perfil cultural de algunos pequeños pueblos ingleses, piezas de museo olvidadas.
Por sus calles estrechas, rodeadas de construcciones que sobreviven bajo el escudo de la protección patrimonial, deambulan jubilados de barbas blancas que conversan con sus perros, y ancianas solitarias aferradas a vistosos carritos de metal para cargar sus compras y arrastrar el peso de los años.
Los avisos de “se vende” o “se alquila” están a la orden del día en las ventanas mínimas de casas de estilo Tudor y sótanos victorianos, albergues de dos joyas clásicas expuestas a un lento exterminio: las librerías anticuarias y los pubs. Las primeras sufren el acoso permanente de los libros electrónicos; los segundos agonizan por múltiples razones, todas relacionadas con la competencia: la Big Mac quiere desplazar al tradicional pescado apanado con papitas fritas y vinagre de Malta, servido por los dueños de casa.
El año pasado, The Guardian auguró para 2014 el cierre de cuatro mil de los 49.500 pubs que funcionan en Gran Bretaña, porque están “anclados en los ochenta” y ofrecen comidas y bebidas poco atractivas. Carecen de cultura de servicio.
El panorama también se oscurece para las librerías de viejo, cuyos pisos de madera traquean con cada paso de sus visitantes, donde hace eco el tic-toc-tic-toc del segundero del reloj de pared, el mismo que marca las horas con campanadas majestuosas como las del Big Ben. La única lectura que no pasa por las anticuarias es la del código de barras: es preciso preguntar tres veces por el precio de cada libro. Por alguna extraña razón el propietario suele ser (o hacerse) el sordo.
Los ratones de biblioteca, con restos de queso rancio en los bigotes, rondan los libros apilados en anaqueles, contra las ventanas, en el suelo. Allí es fácil encontrar clásicos de la literatura en perfecto estado por precios irrisorios: tres libras esterlinas por una edición de lujo de los cuentos infantiles de Oscar Wilde; dos, por la colección original de nanas de la Mamá Gansa.
Esas librerías todavía existen, pero cada vez son más escasas. Sus espacios son muy reducidos, están inundadas de obras: el destierro de los libros de papel es acelerado, inclemente.
Para nosotros, jóvenes americanos, esas son angustias ajenas. El rótulo de “Nuevo Continente” nos impulsa a mirar sólo para adelante. Apenas empezamos a escribir nuestra Historia: la corta edad nos sirve de excusa para nuestras torpezas colectivas. No nos gustan los retrovisores, nos obsesiona la eterna juventud. Casa nueva. Carro último modelo. Obsolescencia tecnológica inmediata. Mujer joven.
¡Al diablo con los viejos, el exceso de gasto público por las pensiones de jubilación, los libros ya leídos y las historias de borrachos en una barra!
Un brindis por las que se ufanan de ser “economías fuertes”. Y ronda doble por quienes se niegan a pasar la página de la nostalgia.
*Ana Cristina Restrepo Jiménez