El nefasto Álvaro González, presidente de la Difútbol, terminó aporreado y lacerado en su amor propio cuando intentó revivir las horrendas épocas en que sus ligas manejaban los colegios arbitrales y él fungía como el dictadorzuelo que controlaba a los jueces, hacía y deshacía, en la más vergonzosa corruptela que se recuerde. Eran las épocas de los carteles en el fútbol y pasaba todo lo que pasaba…
González sigue insistiendo con su propuesta de volver a manejar los árbitros, pero el fútbol profesional fue terminante en negarle la posibilidad. En el comité ejecutivo de la Federación, previo a la asamblea, el sátrapa de la Difútbol, una entidad que no sirve para nada, tan acabada como el fútbol aficionado en Colombia, pretendió revivir su fórmula de manejos arbitrales y los directivos de la rama profesional se la negaron de plano, ante lo cual González amenazó con llevarla a la asamblea de la Federación, cosa que finalmente no hizo porque sabía que sería totalmente derrotado. González terminó absolutamente apabullado y con el rabo entre las piernas, como tiene que ser cada vez que el peor y más ignorante y peligroso directivo de la historia del fútbol colombiano intente proponer o abrir la boca. El fútbol profesional no lo puede dejar respirar, levantarse, tomar aire; tiene que someterlo siempre hasta que se marche y deje tranquilo a todo el mundo, incluido el Gobierno, que ve con muy malos ojos su presencia en el fútbol.
Dos dirigentes, Rodrigo Rendón, del Cartagena, y Osorio Ciro, del Medellín, lo increparon duramente en la asamblea de la Federación por sus salidas de tono en los casos Bolillo Gómez, cuando incitó a golpear a Piedad Córdoba, y en el tema del homosexualismo de los árbitros, muestra clara de su homofobia, indicándole que su ignorancia y estupidez no podían seguir haciéndole daño a toda la dirigencia y al fútbol. Como siempre, se defendió con su verborrea trasnochada, su virulencia, su grosería, con desafíos y una muestra clara del sujeto que habita en él. Dijo tener pruebas del homosexualismo de algunos árbitros y por supuesto insiste en su osada pretensión, muestra típica de su ignorancia y homofobia, de que éste es contagioso.
A González se le van cerrando los círculos y su presencia causa fastidio y repele en el Gobierno, en el fútbol y entre la gente común y corriente que lo tiene claro, es un cáncer y es un deber extirparlo, mandándolo a sus cuarteles de invierno donde lo reverencian y le rinden homenajes…