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Y el negocio ahí, cerquita

29 de octubre de 2008 - 09:14 p. m.

YA ES LUGAR COMÚN EL DIAGNÓStico de la inoperancia de la política antinarcóticos. En el mejor de los casos, la erradicación por la vía de la fumigación provoca el desplazamiento, de la gente y los cultivos, a otros lugares.

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Tal el proceso en los primeros años del Plan Colombia que, por ejemplo, al lograr la reducción de cultivos en el Putumayo, provoca su traslado hacia la zona alrededor de Llorente, Nariño. De acuerdo con los datos de las diversas fuentes, sean de Naciones Unidas o el Departamento de Estado, Colombia sigue abasteciendo el 60% de la oferta mundial de cocaína. Lo mismo que antes de 2000.

Aunque se sabe que el negocio sigue rampante, lo que se suele creer en los grandes centros urbanos es que el fenómeno del cultivo es más o menos periférico. Es decir, lejos de Bogotá o de Medellín. Catatumbo, Guaviare, Caquetá, el Pacífico nariñense, todo ello suena lejos de nuestras populosas capitales.

Por ello asombra que, en el corazón de Colombia, se esté viviendo un renacimiento de los cultivos y sus negocios conexos. Nada más y nada menos, se trata del oriente antioqueño. El oriente comprende municipios como San Carlos, San Rafael, San Luis, Cocorná, Sonsón, Carmen de Viboral, Guatapé, El Peñol, entre otros. Para orientación, el aeropuerto de Medellín queda en la parte occidental del oriente, en jurisdicción de Rionegro, la zona de altiplano del oriente antioqueño (las otras son las zonas de los embalses, bosques y páramos). Pues bien, en algunos de tales municipios, se reinstala y consolida un próspero proyecto narco de “nueva generación”.

El florecimiento del “cluster” de la coca implica el eslabonamiento de la cadena entera, incluyendo los corredores para la importación de los precursores químicos, la siembra y cosecha, los laboratorios, la elaboración, empaque y exportación del producto final. La articulación de la cadena requiere de vigilancia y protección a la misma, lo que significa que el tráfico de armas se asocia con el éxito del negocio. Y por supuesto, ayuda de la política, de algunos administradores públicos y otras autoridades.

Los grupos armados Eln y Farc, que hace años intimidaban y asolaban la región, están prácticamente desarticulados en la región. La “guardia” de hoy está a cargo de grupos armados ilegales (¿desmovilizados del paramilitarismo?, ¿no desmovilizados?), que patrullan zonas de Carmen de Viboral, Granada, San Luis, San Francisco, en cuyas áreas rurales aumenta el cultivo de coca. A la cadena del negocio también corresponden, por supuesto, el desplazamiento de comunidades rurales y los asesinatos. A pasos de animal grande, el orden público se deteriora.

Trácese en el mapa de Colombia una línea de Arauca a Pasto. Al oriente y al sur, llanos y selvas y baja densidad poblacional. Del otro lado, el 95% de la población. En el centro geográfico está  el oriente antioqueño, entre Medellín y el río Magdalena, a pocas horas de Bogotá, donde florece un proyecto empresarial narco de nuevo cuño. La rutina de la desmovilización de grupos paramilitares ya había ocurrido allí. Quizás, por eso, uno de los (¿nuevos?) grupos armados en la zona, promisoriamente, se llama “Renacer” (véase Boletín Oct. 2008, Observatorio de Paz y Reconciliación del Oriente Antioqueño).

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