El “partido de Roy”. Así han calificado en el mundo político el resultado del evento realizado el martes pasado, cuando fue lanzada una nueva colectividad, La Fuerza de la Paz, que reúne sectores de diversos partidos con cierta importancia de figuras que fueron parte del gobierno de Juan Manuel Santos y que han sido sus figuras cercanas en la actividad política, lo cual indica que se trata de un momento de redefinición del mapa de los partidos en el país, justo cuando empiezan a perfilarse candidaturas para las alcaldías, gobernaciones y otras figuras locales, que tendrán lugar el próximo 29 de octubre. (Recomendamos: Más análisis de Rodrigo Pardo, este sobre los discursos de balcón de Petro).
El anuncio generó varias preguntas sobre las características del juego electoral: ¿serán duraderos los cambios? ¿Qué espacio les queda a las colectividades tradicionales? ¿Surgirán nuevos liderazgos o son ropajes nuevos para las mismas tradiciones de siempre? ¿Qué futuro tienen los partidos tradicionales? (El conservador, por ejemplo, acaba de elegir como presidente, la semana pasada, al senador Efraín Cepeda). ¿Quedaron atrás y del todo prácticas tradicionales como las convenciones de los partidos? En todo caso, en las elecciones más recientes y en las que se avecinan se han modificado algunas de las tradiciones electorales. Pero lo que falta ver es si las nuevas conductas son flor de un día o, más bien, modificaciones que llegaron para quedarse, y si llevan consigo mecanismos de democracia interna para la toma de decisiones, que hasta ahora han brillado por su ausencia.
Y el interrogante central tiene que ver con la posibilidad de que esta recomposición del mapa político lleve consigo un cambio en las formas de participar en la política. La verdad es que en cada una de las elecciones que se han llevado a cabo se han visto modificaciones en el mapa electoral. Gustavo Petro es presidente de la República; en varias alcaldías, no solo la de Bogotá, hace rato han triunfado fuerzas independientes, ni rojas ni azules; en la competencia por la Presidencia los partidos tradicionales hace tiempo no figuran entre los principales competidores. En fin, en el país que preside Gustavo Petro (que tiene además un Congreso que no refleja la correlación histórica) se perciben modificaciones en las costumbres y en las prácticas más tradicionales.
No son pocos los interrogantes que surgen: por ejemplo, si aparecerán nuevos liderazgos con capacidad de convocatoria que reemplacen los proyectos tradicionales, y si tendrán capacidad para generar nuevos proyectos. O si simplemente lo que está en marcha es una nueva realineación de las viejas fuerzas. Hasta el momento, según las principales encuestas, los electores no aparecen más interesados que antes en la realidad política y pública. Ni han mostrado que hayan cambiado su escepticismo hacia la política.
Paradójicamente, la iniciativa más visible en busca de una mayor participación electoral ha sido la adopción del voto obligatorio, que no pasó en el Congreso el año pasado. Pero cabe, al menos, preguntar si los eventos más recientes en la política (elección de Petro, cambio en la configuración del Congreso, creación de nuevos partidos, estimulada por un fallo de la Corte Constitucional) son flor de un día o forman parta de una recomposición de la competencia política en general.
Lo cierto es que se viene una nueva elección de autoridades locales (alcaldes, gobernadores y demás). En años anteriores, estas competencias se caracterizaron por la participación de candidatos ajenos a los partidos tradicionales, en especial en las capitales grandes. Estrictamente Claudia López, Lucho Garzón (incluso el Iván Moreno por el que votaron los bogotanos antes de su proceso penal) abrieron el abanico electoral en la capital. Cada vez más los partidos tradicionales dejaron de ser los principales jugadores de la competencia política local. Un hecho que ahora se extendió a “sus” elecciones (las de Congreso) y que se sentirá con mayor fuerza en las próximas competencias, de alcaldes y gobernadores, donde los fenómenos independientes han reducido la prevalencia de los partidos tradicionales y han sido sus principales protagonistas.
Habrá que ver, en fin, hacia dónde se dirigen los cambios en la mecánica del juego electoral. Si, por ejemplo, el desafío a los partidos tradicionales los debilita y si la política, como parecería, cambia hacia un juego con más actores y se reduce, en consecuencia, el papel superprotagónico de los partidos tradicionales. Y, también, cómo responderán las fuerzas políticas a la falta tradicional que ha habido en materia de democracia interna. Porque en las modificaciones que se perciben en el -¿nuevo?- juego político, hasta ahora poco se ha visto en materia de democracia interna y de modificaciones en la forma como se toman las decisiones. Tampoco han aparecido muchos rostros nuevos ni liderazgos renovadores. La próxima elección, de alcaldes y gobernadores, no se caracterizará por el liderazgo de algún partido, sino de coaliciones de distinta naturaleza y personalidades con mucha fortaleza. Que, en palabras de Juan Fernando Cristo, se caracterizan por su “insatisfacción permanente”.
Todo indica, en fin, que el ciclo electoral que está en marcha ha sacado a flote claras tendencias hacia la renovación y la modificación de algunas costumbres electorales y para la redefinición del mapa electoral, pero solo hacia al futuro se sabrá qué viene. ¿Hacia dónde va el sistema? ¿Se acabó el bipartidismo o volverá a tener fuerzas para resucitar? ¿Las coaliciones entre segmentos de múltiples orígenes reemplazarán a los partidos? En el juego político, en fin, no solo hay nombres sobre elegibles, sino saldrán a flote las modificaciones que se han producido en la política. Y cómo serán las alineaciones para el futuro.