A partir de este domingo comienza la cuenta regresiva para Álvaro Uribe Vélez como presidente de Colombia. En 48 días habrá relevo en la Casa de Nariño. Fiel a su condición, Uribe gobernará hasta las 3 de la tarde del próximo 7 de agosto, pero al margen del empalme administrativo con el colombiano que el domingo salga elegido, ya se advierte en el horizonte la era posuribe. Después de ocho años de mandato, ¿cómo asumirá el país la ausencia de un líder que para defensores o detractores marcó un momento fundamental para el Estado y la sociedad?
En un aspecto hay consenso. Las políticas generales del modelo de seguridad democrática seguirán vigentes. Es decir, la ofensiva contra las Farc no aflojará un ápice y, por ahora, no habrá opción para escenarios de negociación política con los grupos insurgentes. Esta línea de trabajo prevé estabilidad en las relaciones entre el Ejecutivo y las Fuerzas Armadas. De hecho, la nueva cúpula militar tendrá oficiales reconocidos, probablemente alguno repetirá, pero los planes y estrategias en marcha tendrán vigencia y continuidad.
De igual modo, como lo resalta la investigadora de la Universidad del Rosario Bibiana Andrea Clavijo, “la política macroeconómica para la inversión extranjera tampoco tendrá variaciones”. Es lo que el presidente Uribe denomina “confianza inversionista”. En otras palabras, continuidad en las reglas de juego para que el capital extranjero conserve e incluso amplíe su presencia en Colombia. Claro está que este escenario está sujeto a decisiones que garanticen crecimiento económico y opciones de competitividad (ver análisis anexo).
La política
Este último aspecto está atado a los márgenes de gobernabilidad, un poder de maniobra que inicialmente lo dan las relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso. Y es aquí donde se empieza a sostener la influencia de Álvaro Uribe. Él ha dicho que va a seguir combatiendo desde cualquier trinchera. Que no quede la menor duda de que esa retaguardia se llama política. De alguna manera, las mayorías que asumirán el poder legislativo a partir del 20 de julio están constituidas por senadores y representantes afines a sus lineamientos y directrices.
Ya lo demostró Uribe el pasado viernes al anunciar que presentará un proyecto de ley para que la elección del Fiscal General de la Nación la haga directamente el Presidente de la República. Y seguramente no será la única iniciativa que, en consenso con el nuevo mandatario o por su propia cuenta, va a dejar andando. El senador saliente del Partido Conservador Ómar Yepes Alzate lo define hasta con misión específica: “Lo tendremos al frente del Partido de la U, al menos en el plano de consejero, porque él seguirá dando brega”.
Una fuente cercana a la Casa de Nariño le comentó a El Espectador que más allá de sus inquietudes personales, como actualizarse en materia informática, promover una universidad virtual o aprender y perfeccionar un tercer idioma, Álvaro Uribe tiene claro que con sus principales alfiles se mantendrá muy activo en la tarea de la formación de líderes políticos. Demás está inferir que serán defensores de su ideario y que seguramente buscarán poder en las alcaldías, gobernaciones, consejos, asambleas y el propio Congreso de la República.
Es decir, si en Colombia los ex presidentes —con la excepción reciente de Belisario Betancur— siguen interviniendo en política, con Uribe el tema va para largo. Las recientes intervenciones del ex ministro de Agricultura Andrés Felipe Arias para oponerse a la presidencia de la Cámara del representante Simón Gaviria, hijo del ex presidente César Gaviria, constituyen una buena muestra. Para los entendidos es difícil creer que el presidente Uribe no está detrás de esta afirmación, sobre todo después de su agarrón con el ex mandatario.
“Uribe como ex presidente será complicado. Si no se ha ido de la Casa de Nariño y en el caso de sus diferencias con César Gaviria reaccionó como lo hizo en un tema de la competencia del candidato Santos, ¿cómo será después?”, comenta la directora de la corporación Transparencia por Colombia, Elisabeth Ungar. Una reflexión que necesariamente plantea un interrogante acerca de qué tanto va a influir Uribe como ex presidente en el nuevo gobierno, que, como lo señalan las encuestas, apunta a su ex ministro Juan Manuel Santos.
El senador liberal Camilo Sánchez dice que conoce a Juan Manuel Santos desde chiquito y puede asegurar que “ni es cuerpo ajeno, ni lo van a manejar, ni va a ser títere de nadie”. No obstante, tal cual lo resalta el senador de Cambio Radical Alfonso Valdivieso, hoy prevalece la sensación de que si Santos es el ganador, el presidente Uribe va a querer intervenir en su gobierno, pues al fin y al cabo para nadie es un secreto que le debe muchos votos. “Eso va a ser malo para la democracia, para las instituciones y para el propio Uribe como ex presidente”.
En este orden de ideas, con reflexión opositora y futurista, el ex candidato presidencial del Polo Democrático, Gustavo Petro, advierte que como ahora es posible la reelección, si Santos gana este domingo va a querer continuar en 2014. Un escenario que podría ir en contravía de la intención de Álvaro Uribe y sus seguidores de ambientar una constituyente para volver a la Presidencia. “Tenga la seguridad que por ambiciones de poder, el uribismo terminará fracturándose. Y va a ser con choque entre Santos y Uribe”.
De todos modos, la historia reciente del país enseña que el Congreso en los últimos 20 años, por aquello de las conveniencias burocráticas, ha sido sucesivamente gavirista, samperista, pastranista y uribista. Seguramente no habrá excepción con el próximo mandatario, quien tendrá la sartén por el mango. Sin embargo, con Álvaro Uribe y su tesis del Estado de Opinión jugando en los medios de comunicación, la academia, los foros sociales o la misma política electoral, el protagonismo del ex presidente será para tener en cuenta.
Sus agarrones con la justicia
El otro escenario posuribista está centrado en las relaciones del poder ejecutivo y el poder judicial. Según la analista Elisabeth Ungar, este vínculo, tan tormentoso en los últimos tiempos, “será mucho menos polarizado y conflictivo. La primera prueba será la designación del nuevo Fiscal General apenas se resuelva quién será el nuevo mandatario de los colombianos”. Pero Uribe no se va a quedar quieto y la evidencia es que ya planteó una reforma para que el Fiscal sea electo por el Presidente y una legislación para blindar a las Fuerzas Militares de lo que él considera una encerrona judicial.
Además, sabe que los escándalos de la parapolítica, la yidispolítica, los falsos positivos o las chuzadas y seguimientos del DAS a opositores, periodistas y magistrados, no tienen perspectivas de acabar sino de seguir creciendo. Y en un proceso en el que están involucrados muchos de sus aliados políticos y sus actuales colaboradores —incluido su primo Mario Uribe—, su papel será asumir la defensa a capa y espada de las decisiones de su gobierno. Él mismo ya anunció que desempolvará su tarjeta de abogado para batirse en los estrados judiciales.
No la tendrá fácil. Sus detractores durante los últimos ocho años seguirán vigentes y, viéndolo alejado del poder, buscarán, con más vehemencia, su quiebre. Así lo resume el senador del Polo Alexánder López: “Han sido muchos los hechos que, en nuestro concepto, son delictivos y ha cometido el Presidente. Hoy lo estamos poniendo en conocimiento de las altas cortes y creo que tarde o temprano va a tener que explicárselo a la justicia colombiana y a la justicia internacional”.
Muchos dicen que él será el poder a la sombra en los tiempos del aparente seguro gobierno de su elegido, Juan Manuel Santos; pero hay quienes piensan también que la camaleónica carrera del ex mindefensa no le garantiza nada. De hecho, se rumora que las alianzas que ya cuajó Santos en su proyecto de Unidad Nacional, con Cambio Radical de Germán Vargas Lleras y con gran parte del liberalismo, son un seguro para evitar que Uribe le fraccione su gobernabilidad.
Fuentes consultadas por El Espectador ya anticipan que Vargas Lleras tiene la misión de recomponer las grietas que en los últimos cuatro años distanciaron a la Corte Suprema de Justicia y al Ejecutivo. Si el domingo Juan Manuel Santos llega al poder, muy a pesar de ser el ungido del uribismo, es un político con oficio y tono conciliador. Con las cortes tratará de tender puentes, aunque tiene su espinita: fue la Corte Suprema, al determinar que el expediente en contra del almirante Gabriel Arango Bacci fue un montaje, le pidió a la Fiscalía investigar a Santos en sus tiempos de ministro de Defensa.
Falta ver si las fichas del uribismo serán tan leales, como profesan, en el próximo cuatrienio. La constante política enseña que ya lejos de los laureles del poder no hay ningún “ismo” que resista. Con los años, el gavirismo se fue diluyendo, lo mismo pasó con el samperismo y el pastranismo. Y muchos auguran que esta vez no tiene por qué ser diferente, aunque es claro también que Uribe tratará de mantener alineada su guardia pretoriana y de que su “huevito” de la seguridad democrática perdure más allá de su administración.
Otros especulan que un Congreso muy afecto a Uribe no tardará en buscar una nueva reelección suya, muy a pesar de que la Corte Constitucional ya estableció que ésta sustituye la Carta Política y es un imposible. Pero hay quienes vaticinan un Uribe más mediático, ya sin las ataduras de no poder participar en política, defendiendo sus tesis a través de una plataforma de comunicaciones que están terminando de cuajar el ex asesor José Obdulio Gaviria y otros periodistas que parecen más uribistas que Uribe.
¿Podrá el país salir de la polarización política en la que se encuentra? ¿Volverán a restablecerse las relaciones entre los poderes públicos? ¿Seguirá el Ejecutivo protagonizando peleas y cuestionando fallos judiciales a diestra y siniestra? ¿Le jalará el Congreso a reformas como la que busca que sea el Presidente quien designe Fiscal o la que intenta quitarle competencias a la Fiscalía en el juzgamiento a militares? ¿Tiene garantizada la gobernabilidad el próximo jefe de Estado, más allá de los intereses burocráticos? ¿Será Uribe un presidente en la sombra?
Son los interrogantes que ya se plantean uribistas y opositores en el nuevo escenario geopolítico, aún cuando le restan al presidente Uribe 48 días de su mandato y los hará valer para ponerles un cerrojo a futuro a quienes por cualquier medio pretendan arrebatarle su legado. Colombia hoy elige su sucesor, las cábalas siguen a la orden del día y sólo el tiempo absolverá las dudas.