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De Guatemala a ‘guatemejor’: la historia de una vereda caucana

Liliana Montoya Pava es una líder de la comunidad de la vereda Guatemala (Cauca), que sufrió amenazas y desplazamiento, y quien junto con sus habitantes espera que con la entrega de la cancha de fútbol se gane el partido contra la violencia y el temor en una región que presenta 8.109 desplazados y 1.878 homicidios en el Registro Único de Víctimas.

24 de octubre de 2021 - 01:59 p. m.
Después de ataques paramilitares y de la guerrilla, la vereda Guatemala es símbolo de una nueva esperanza para el Cauca.
Foto: Óscar Román
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“Oh mártires! oh ruinas que marcásteis el áspero sendero con gajo alterno de laurel y espinas!”, escribía en su poema Los crucificados, hace más de un siglo, Guillermo Valencia, poeta caucano que hacia 1900 se codeó en París con el gran Rubén Darío, autor de Cantos de vida y esperanzas, a la sazón corresponsal del diario bonaerense La Nación en la Ciudad Luz, y Oscar Wilde, a quien conoció en una tertulia del café Kalisaya, charla no tan habitual que le reveló un escritor “melancólico y empeñado en disimular con una sonrisa poco espontánea su tragedia interior”, como detalló el payanés en su texto El vengador de Wilde.

Esos versos que ornamentan el calvario evangélico podrían metaforizar los viacrucis sufridos por sus paisanos en la Rebelión del Cauca durante la Guerra de los Mil Días, contienda fratricida en los albores del siglo XX que apresuró el periplo diplomático de Valencia por Europa, iniciado en 1898, como secretario del general Rafael Reyes, que fungía de embajador en el Viejo Continente.

Esos versos podrían ser los cantos de muerte y desesperanza por las 309 tomas padecidas por el departamento, que el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) adjudica a las hordas comunistas en el libro Tomas y ataques guerrilleros (1965-2013); por el surgimiento, en los años 80, del movimiento armado indígena Quintín Lame, cuyo nombre honraba a Manuel Quintín Lame, caudillo amerindio caucano que batalló en la Guerra de los Mil Días y por las seis masacres cometidas por los paramilitares en el Cauca, entre febreros del 2001 y 2003, que la misma institución les achaca en su trabajo de investigación Bloque Calima de las AUC: depredación paramilitar y narcotráfico en el suroccidente colombiano, la primera de las cuales fue en la vereda Guatemala, del municipio de Miranda.

En Guatemala vive Liliana Montoya Pava, de 40 años, adonde su familia llegó por una esperanza, esa que comparten todas las personas y familias que mudan de ambiente y de ilusiones.

Con las arepas, el corte de caña y las emboladas, cada día su familia buscaba acercarse a ese anhelo, pero el abandono de su padre complicó el esfuerzo. A los 13 años, Liliana se marchó a la “sucursal del cielo” donde debió dedicarse a varios oficios porque “como menor no pagaban mucho”, dice al rastrearse.

Luego de una estadía de tres años, sin ningún asomo de lo celestial, retornó a su terruño. Hasta ese momento la calma no era tan relativa, aunque las Farc que deambulaban por el departamento desde los años 80, no habían intranquilizado su territorio de la forma como lo harían los paramilitares a partir de su llegada en 1998. Ochenta y ocho homicidios en Miranda, en ese año, y un total de 625 asesinatos, desde el 98 al 2003, cuenta el libro sobre el Bloque Calima de las AUC.

“A Guatemala llegaron los paramilitares y asesinaron a tres personas, luego las Farc atacaron a los paramilitares, pero no atacaron a la comunidad”.

En el 2008, los grupos armados atormentarían su casa. Se usa el plural porque para esa época “había muchos grupos y no era posible identificarlos”.

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Primero amenazaron con reclutar a su hijo, que frisaba los 9 años, y para ello dejaron en su brazo una advertencia. “Al principio no sabía por qué, pero después supe que era porque mi expareja, con quien tuve muchos problemas, se la pasaba arriba en la montaña donde estaba la guerrilla”, asegura Liliana.

Era la Ley del Talión, ese código babilónico que impone una reprimenda similar a la falta cometida, que en Colombia muta en la ley del monte o del fusil: un familiar en algún bando enemigo o en buenos términos obliga a donar otro a la facción en discordia.

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En ese momento Liliana agradeció que su expareja le hubiera quitado sus hijos. El niño y la niña estaban en La Cumbre, un municipio del Valle del Cauca, al norte de Cali. Por la advertencia recibida debió trasladarse nuevamente a la “sucursal del cielo”, pero esta vez “encubierta y con protección”, para evitar que la enviaran directamente a la principal.

Casi pierde el brazo. Estuvo tres días en el hospital y un mes en la ciudad bajo el amparo de la Policía. No regresó a Guatemala. Con la valentía con la que enfrentó a miembros de un grupo armado, fue a recuperar a sus hijos.

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Con ellos bajo su ala y ante el recelo apuntó hacia San Antonio de los Caballeros, corregimiento del municipio de Florida, a casa de su padre. Por un mes convivió en calma bajo las reglas paternas hasta que desde el Cauca llegaron de nuevo las amenazas. “Yo estaba escondida, pero los campaneros tal vez avisaron y por eso le dijeron a mi madre, que seguía en Guatemala, que sabían dónde estaba yo. Esta vez se trataba de matar a mi hijo”.

El un, dos, tres por mí no daba espera. Decidió esconderse con sus hijos en Pitalito, donde trabajó en oficios varios, en restaurantes y vendiendo moras en La Galería —nombre acostumbrado para los mercados en algunas poblaciones del Huila—.

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Por un tiempo, hombres vestidos de mal agüero vigilaron la casa materna, pero su presencia se fue desvaneciendo.

Necesitó un año para recuperar su brazo y diez para restablecer la tranquilidad en su interior. El desarraigo evitó que atestiguara los momentos más aciagos de su vereda: el 4 de abril de 2013, el sexto frente de las Farc lanzó cuatro tatucos o cilindros bomba contra la población, uno de los cuales impactó una vivienda, causando un muerto y heridas en dos niños. Esas ondas explosivas desplazaron a los habitantes de la vereda, pero su madre y sus hermanos permanecieron en la región.

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Hace cuatro años le puso candado a sus temores y botó las llaves. La friolera de homicidios por el conflicto no la amedrentó. Retornó a Miranda, a Guatemala, solamente con su hija, porque su hijo se había despedido de ellas para marcharse al Valle, donde los abuelos, al cumplir los 18.

Incorporada en su paisaje habitual decidió unir esfuerzos y pretensiones con algunos habitantes para trabajar por su auge. Se integró al Comité de Impulso, espacio conformado por líderes y lideresas que comparten la responsabilidad de reconstruir el tejido social y del avance en el Plan Integral de Reparación Colectiva (Pirc) de la población, para lo cual trabajan de la mano de la Unidad para las Víctimas.

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“Con el Comité hemos logrado demostrar a la gente que pese al conflicto hay que avanzar. También hemos logrado la construcción de la cancha, un escenario deportivo super bonito, que es donde más se reúne la comunidad de la zona, del municipio y de algunas zonas del norte del Cauca y del Valle”.

La cancha de fútbol—como medida de satisfacción— fue consecuencia del equipo conformado por la Consejería Presidencial para la Estabilización y la Consolidación, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la Unidad para las Víctimas, con apoyo financiero del Fondo Multidonante de las Naciones Unidas para el Sostenimiento de la Paz (MPTF), que lidera los planes de reparación colectiva y de retornos y reubicaciones en los territorios inmersos en el Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET).

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De este espacio —entregado a la comunidad el pasado 18 de septiembre— se espera que reanime las tradiciones artísticas y sociales de la región, además de los vítores por el equipo predilecto. Pero Liliana espera todavía más: “Que Guatemala sea un lugar turístico, donde la gente llegue y no se quiera ir, que se sienta bien y sin miedo”.

Olvidar que Miranda, sus corregimientos y veredas presentan 8.109 desplazados y 1.878 homicidios según el Registro Único de Víctimas (RUV) no ha sido fácil. Olvidar la violencia que corroe regiones vecinas, en especial cuando el Cauca consigna 55.601 homicidios y 415.980 desplazados por el conflicto interno, no es fácil.

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Pensar que sí se puede vivir ese olvido gracias a una cancha de fútbol, es ya todo un golazo, sobre todo para Liliana que sabe —por ciertas circunstancias— que su vida pudo ser “guatepeor”; significa también descrucificar las esperanzas y las alegrías de un departamento que desde tiempos del poeta Guillermo Valencia se ha convertido en una gran elegía.

*Periodista Unidad para la Reparación de Víctimas.

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