Las imágenes más socorridas son las de profesor chiflado y las de genio distraído, que nacen de una mirada que oscila entre el respeto a su inteligencia y la burla benevolente. Pero también se le caricaturiza como filósofo diletante —Santos, con sonrisita socarrona, lo llamó sofista— como un académico charlatán —en la campaña de su adversario un eslogan proclamaba “¡Seamos serios!”— o como un bobalicón blandengue, un iluso que gobernaría a golpe de girasoles esgrimiendo como arma un lápiz.
Es verdad que sus excentricidades, unidas a su poca elocuencia y, paradójicamente, a una cierta complejidad de su discurso, da pie a estas caracterizaciones un tanto bufas. Pero esas interpretaciones del personaje, usadas con perversidad por sus enemigos, se afincan también en algo más hondo: en una mentalidad que sólo cree en actitudes, lenguaje y propuestas que evidencien seguridad, sagacidad y pragmatismo, “virtudes” que son propias del político tradicional.
Asertividad es lo que pide la mayoría. Contundencia. Ojalá una voz poderosa y un discurso altisonante, sin resquicios. Eso es lo que adoran las mayorías de Uribe y lo que hizo que tantos adhirieran a Vargas Lleras. Dudar, relativizar, pintar en grises y no en blanco y negro, es interpretado como debilidad o falta de preparación.
Es verdad que Mockus mostró en los debates desinformación en asuntos puntuales, baches que él excusó diciendo que su gobierno sería un gobierno de equipo, reforzado en todos los campos por un cuerpo de asesores excelentes. Pero hay otro tipo de vacilación en su discurso: el del filósofo y matemático, que comportándose como un hombre de academia, privilegia la reflexión pausada y a menudo se interesa más en formular preguntas que en responderlas. El del hombre honesto que se permite preámbulos, admite sus limitaciones, plantea no una sino distintas alternativas para los problemas y especula sobre terrenos conjeturales. Es decir, se presenta como un hombre sin certezas.
Es por eso que Mockus resultó lento frente a las cámaras, sobrepasado por el vértigo de un medio donde literalmente el tiempo es oro, mientras su oponente, apertrechado en un discurso inamovible, sagazmente pensado para convencer, repitió una y otra vez las mismas fórmulas, prometió lo que la gente quería oír, eludió lo que lo comprometía y sagazmente dio giros a sus respuestas para recaer en el terreno firme del continuismo, del “como vamos, vamos bien”.
Antanas, con su manera de enfrentar la realidad y sus dilemas, se parece más al hombre moderno, al que tan bien pintara Shakespeare en Hamlet o Cervantes en Don Quijote. Aquel que hace de la duda un método, que tiene como única fe las metas que se ha propuesto, que ve la realidad cada vez de una manera distinta, que siente que la ambigüedad es una riqueza. El mismo, sin embargo, que termina vencido por una realidad sin escrúpulos y reemplazado, a su muerte, por el pragmático y más elemental Fortimbrás. “Habría sido un gran rey”, dice el guerrero frente al cadáver del príncipe Hamlet. Pero la realidad no ha permitido comprobarlo.
En la Colombia de hoy, arrobada por la figura del padre, postrada ante el autoritarismo, encendida de pasión —como pregona un pobre lema— resulta más seductor el grito alevoso, la palabra amenazante, la decisión tomada en caliente, la acción bravucona o retaliadora, que el tono menor, pausado y sereno de un Rafael Pardo o un Antanas Mockus. Y más sencillo plegarse frente al caudillo decimonónico que pretende hacernos creer que posee la verdad, que confiar en el trabajo concienzudo de un equipo, una forma más contemporánea de gobernar.
No compartí muchas de las tesis de Mockus, cuyas posiciones me parecieron a veces tímidas, equivocadas, o no suficientemente diferenciadas del gobierno que muchos rechazamos. Pero en esta campaña su discurso político, que tanto transformó en algún momento la mentalidad ciudadana, nos ha permitido ver de una manera clara dos cosas: que hay otras formas de hacer política, de comunicarse y, sobre todo, de lidiar desde el poder con la verdad y la mentira. Y que el país enardecido y polarizado que ha dejado la era Uribe está muy lejos de poder acoger un discurso que se aleje de las posturas radicales, del pragmatismo a ultranza y de las interpretaciones unívocas e inamovibles.
Pero también, y no sólo gracias a Mockus, sino a algunos de los otros aspirantes, sabemos que hay ya en nuestro sistema valiosos anticuerpos empeñados en dar batalla contra la enfermedad que nos corrompe.
* Escritora