Según los líderes colombianos consultados por el Panel de Opinión 2018, de Cifras y Conceptos, a la pregunta sobre cuál será el desafío político más importante de la nación el año entrante, la respuesta mayoritaria fue la “gobernabilidad del presidente Duque”, con 27 % de opiniones. Mientras tanto, el segundo “desafío” mencionado solo alcanzó el 24 % y el tercero, el 20 %. Este impactante indicativo de la gente de poder, ¿significaría que el país ha entrado en una zona de crisis política?
Esa era una pregunta abierta, es decir, que los consultados mencionaron el tema espontáneamente. Es claro que existe una gran preocupación por la gobernabilidad de la actual administración. Es importante señalar que esa preocupación no solo se refiere a las relaciones del Ejecutivo con el Congreso, sino en general a la marcha de sus iniciativas de política pública y a su control sobre las agencias del Estado. Resalto que las preocupaciones sobre la gobernabilidad son serias y crecientes.
¿Esa sensación puede atribuírsele a la supuesta falta de liderazgo del jefe de Estado?
Creo que es la combinación de tres elementos: 1. Problemas de liderazgo del jefe de Estado 2. Falta de mensaje, y 3. Falta de coordinación en el Gobierno.
Invamer también realizó en estos días una encuesta y ustedes publicaron una tercera, en Polimétrica, con resultados desfavorables para la administración Duque: en estos 100 días su aprobación pasó del 53,8 al 27,2 %. ¿Se refiere a los mismos problemas de imagen o a otros?
Los resultados de las dos mediciones son similares en cuanto se observa un bajo nivel de favorabilidad del presidente, un gran desconocimiento público de sus ministros y un contundente rechazo a la reforma tributaria. Solo se salva el punto de la dosis mínima (eliminación), la demanda a Maduro ante la Corte Penal Internacional (CPI) y los denominados “Talleres construyendo país”. Sin embargo, estos últimos son conocidos por pocas personas.
Iván Duque es amable, no confronta agresivamente a sus contradictores y está presente en todas las regiones. ¿Por qué no logra reconocimiento popular?
Porque “carece de significado”, en palabras de las personas que asistieron a las sesiones de grupo que organizamos. Al parecer, la administración no les dice, a los ciudadanos, nada que los impacte.
Entonces, ¿se podría concluir que los colombianos prefieren a un presidente duro en el trato, autoritario y corto en materias democráticas como el jefe del partido de Gobierno?
No necesariamente porque a Álvaro Uribe también le va muy mal en la encuesta de Polimétrica: es la primera vez desde que lo medimos en 2011, que Uribe está por debajo del 45 % de favorabilidad. Solo cuenta con el 34 % de imagen favorable, mientras Iván Duque alcanza el 33 %. Es decir, los dos están en los mismos niveles.
El supuesto “incumplimiento” de las promesas de campaña que le han echado en cara a Duque, ¿tiene algo que ver con estos bajos resultados de aprobación?
Como dije, mi interpretación es que el país aún no sabe para dónde va su administración. De otro lado, los ministros que tienen la función adicional a sus tareas, de ser los escuderos del mandatario y de ayudarlo siendo sus voceros en temas de agenda, no lo están haciendo: el presidente se ve muy solo. El único ministro conocido es Carrasquilla, y su imagen y credibilidad van mal. Y, por último, se cree que las riendas del Gobierno no están en las manos del jefe de Estado y, en su lugar, se le atribuye enorme influencia, en todos los asuntos oficiales, al senador y expresidente Uribe.
Por contraste, la excesiva influencia de Álvaro Uribe y su exposición pública de mañana, tarde y noche, ¿terminarían siendo negativas para Iván Duque por dar la impresión de que no es ni el primero ni el líder?
Así parece. Eso explicaría la permanente equivocación con el nombre del mandatario. Sus propios ministros se han confundido de apellidos y han identificado como “presidente” a quien ya no lo es.
El notable incremento del pesimismo entre los colombianos se refleja en la encuesta de Invamer y en Polimétrica. ¿A qué se debe el enorme salto del 59 al 73,8 %?
En Polimétrica y las otras encuestas que reflejan un gran descenso en los niveles de optimismo parece estarse confirmando cuánto caló el discurso del Gobierno y del Centro Democrático en la opinión pública, cuando insisten en que estamos ante una catástrofe. De tanto repetir ese eslogan, la gente terminó creyéndolo. Ahora sufren las consecuencias de los mensajes de pesimismo. Por mi parte, no creo que sea así y soy optimista sobre el futuro del país.
En consecuencia y, por ejemplo, el discurso catastrófico del presidente del Senado el día de la posesión de Duque, o frases de algunos funcionarios según las cuales el Acuerdo de Paz está “desfinanciado”; no hay plata para los proyectos productivos; tampoco para la educación, la cultura, etc., ¿terminaron devolviéndose contra la Casa de Nariño como un bumerán?
Sí. El problema es que el grueso de los mensajes le ha pintado al país una situación más grave de la que realmente es. Un solo ejemplo sobre el déficit fiscal: empezaron diciendo que se necesitaban $25 billones, luego aceptaron que eran $14 billones, ahora están reconociendo que un recorte de $5 billones es posible con lo cual estaríamos en $9 billones de déficit. Y terminaremos en una reforma que no pasa o en cuyo recaudo se conseguirían entre $5 y $6 billones. Repito que es un resultado reiterativo: se percibe que al Gobierno lo están desgastando sus propios mensajes negativos.
Pero el pesimismo también se podría relacionar con las dificultades del bolsillo o con los tremendos escándalos de corrupción que han estallado…
Es posible, pero lo central es la narrativa del Gobierno. Pero tanto la administración Duque como su partido podrían darle vuelta al mensaje y enfatizar, por ejemplo, en que la inflación está controlada, el desempleo se mantiene en niveles bajos, las exportaciones reaccionan, el déficit en cuenta corriente disminuye, el crecimiento está volviendo a ser cercano al 3 %, los delitos de mayor impacto contra la vida están en niveles bajos y así… Deberían aprovechar esos indicadores.
Aunque no sea de conocimiento general, las peleas internas del uribismo -como se ha venido a saber- y el rechazo del ala más extremista del Centro Democrático al presidente Duque, ¿también podría estar teniendo el efecto de desgaste de su imagen?
¿La verdad? Creo que sí.
Una tercera encuesta, la de la firma Guarumo, dio un resultado totalmente opuesto a los de Polimétrica e Invamer: 48,5 % de favorabilidad de Duque y un 40,4 %, por debajo del primero, de imagen desfavorable. De nuevo, queda la credibilidad de los analistas de la opinión pública, en duda. ¿Cómo explica, aparte del consabido “método diferente”, este resultado tan contradictorio?
No todas las encuestas deben coincidir y cuando hay alguna con resultados distintos, no debemos descalificarla, sino tratar de entenderla. Una hipótesis es que debido a que (en Guarumo) se consultaron a más municipios y, por lo tanto, más pequeños, particularmente en el Eje Cafetero, en donde la fuerza del uribismo es notoria, los resultados en esa zona compensan la debilidad de la imagen del presidente Duque en las grandes ciudades.
Seguramente este último resultado le produjo una sensación de alivio al presidente. No era para menos. Pero, en seguida, hubo crisis en Guarumo: el exregistrador nacional Carlos Ariel Sánchez renunció. Y aunque aseguró que se retiraba porque no era experto en encuestas de opinión, sino electorales, quedó la sensación de que estaba en desacuerdo con el método y los resultados. Me disculpa, pero su firma también fue cuestionada por unos porcentajes contradictorios hace poco. ¿A veces se presentan compromisos políticos entre los encuestadores, que son superiores al profesional?
Creo que el doctor Sánchez debería discutir sus diferencias con sus socios, porque la renuncia pública le hace daño a la credibilidad de la empresa. Sobre mi firma, aprovecho para insistir en que: primero, en marzo de este año tomamos la decisión de no continuar con la alianza que teníamos para mediciones electorales con Caracol Radio y Red Más Noticias. Nosotros no trabajamos para ningún candidato en la campaña presidencial pasada, no por falta de ofertas, sino porque consideramos inconveniente hacerlo al mismo tiempo que teníamos compromiso con uno o dos medios. Hoy estamos trabajando para candidatos en las contiendas regionales sin ese doble rol. Segundo, recibimos muchas críticas por el “modelo de pronóstico”, frente al cual he reconocido que nos equivocamos. No nos resultó bien e hicimos un balance autocrítico que ya publicamos. La encuesta Polimétrica, en cambio, obtuvo mejores resultados. Tercero, el país les pide a las encuestas algo imposible: predecir el futuro. El verdadero aporte de estas mediciones en un sistema democrático es el de informar, alimentar el debate público y arrojar algo de luz a los escenarios de incertidumbre.
A propósito, ¿cuál es la diferencia entre una encuesta que ausculta la opinión de la gente en cualquier época y la que aplica solo para posibilidades electorales?
Las de opinión pública indagan sobre temas y evaluaciones generales de ayer y de hoy; y las encuestas de intención de voto intentan apuntar a comportamientos que no han sucedido. Ambas se basan en los mismos principios de probabilidad. Le puedo asegurar que, en Colombia, las firmas encuestadoras son de buena calidad.
Los resultados de las encuestas, ¿tienen la capacidad y potencia de cambiar las realidades mediante la alteración de las cifras? Si, por poner un ejemplo, el país real piensa que el presidente Duque no va bien y en una encuesta figura con mucho apoyo, ¿cuántos encuestados se dejan llevar por la ficción y cuántos persisten en su posición inicial?
Como le decía, las encuestas intentan reflejar lo que piensa la gente en un momento dado. De alguna manera, son “el agregado de las voces de los ciudadanos que llega al oído de los gobernantes”, según una frase de Roy Campos, un encuestador mexicano a quien aprecio mucho. Es cierto que su publicación alimenta los debates públicos y puede incidir en algunos ciudadanos. Pero la gente no forma su criterio solo con base en las encuestas. También inciden los medios, los mensajes de los gobiernos, el estado de la economía, las discusiones con familiares y amigos, y ahora, desde luego, las redes sociales.
Los gobiernos, empresas de grandes negocios, conglomerados financieros, etc., contratan encuestas internas para auscultar sus posicionamientos en determinadas áreas, y las pagan muy bien. Cualquier contratista tiende, por razones obvias, a darle gusto a su cliente. ¿La pretensión de este es, en general, la de conocer el grado de aprobación a una de sus decisiones o productos o la de incidir en la gente con un resultado favorable aunque sea ficticio?
¡Ojalá nos pagaran muy bien! Una cosa es muy clara: al vender una encuesta nos comprometemos con la calidad de nuestro trabajo y no con la promesa de un resultado favorable. Lo peor que puede hacer un gerente, un político o cualquier dirigente que contrate una encuesta es pretender que los resultados únicamente sean positivos. La encuesta se hace para ver cómo están las cosas y qué opina la gente, no para complacer a los poderosos.
Es su negocio, pero creo que su conocimiento le da valor a su respuesta: ¿para la toma de decisiones en negocios de gran envergadura o en casos de incidencia pública amplia la herramienta de las encuestas es un lujo o una necesidad para conocer la realidad del mercado al que se enfrentan?
En la era de la información en que estamos, es una necesidad. No contar con buenos datos es un lujo que las organizaciones ya no se pueden dar.
Encuestas implacables
La encuesta Polimétrica publicada hace una semana, dio como resultado principal una fuerte caída de la opinión ciudadana sobre el presidente Duque en sus primeros 100 días de gobierno, con solo un 33% de imagen favorable, la más baja de un mandatario colombiano al inicio de su Gobierno. En contraste, la imagen desfavorable sobre el Presidente que ganó holgadamente las elecciones hace tan solo cinco meses, subió al 65% lo que podría significar que, en este lapso, perdió millones de votantes. Las calificaciones positivas sobre él, le dan esperanza de recuperación: lo ven carismático, innovador y juicioso. Pero las negativas son muy duras: lo denominan como una persona sin identidad y lo llaman mentiroso, farandulero e hipócrita. Duque no es el único afectado. A Álvaro Uribe lo desdeña, por primera vez de manera mayoritaria, el público que lo amaba, hiciera lo que hiciera: obtuvo un 34% de imagen favorable frente a un 65% desfavorable. El expresidente Santos es otra figura poco querida: 33% favorable, 66% desfavorable. El mal efecto de la impopular reforma tributaria, hoy conocida con otro nombre, también se sintió. El ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, que la lidera, llegó al pico de 84% de imagen negativa mientras solo consiguió el 16% de positiva. La situación política no está para reír.
Encuesta o panel de opinión: ¿cuál acierta más?
¿Cuál es la diferencia cualitativa y cuantitativa entre un panel de opinión como el de Cifras y Conceptos, y encuestas similares a las de Invamer Gallup y Polimétrica, publicadas en estos días sobre lo que piensan los líderes del país y sobre la imagen del Gobierno?
El Panel es un tipo de encuesta específica. En nuestro caso representa a un universo de cinco mil 500 personas que hemos definido como líderes de opinión. Es un segmento, un nicho que casi nadie estudia de manera rigurosa. Nosotros lo estamos haciendo desde hace diez años. Las encuestas consultan a la población en general y usualmente son probabilísticas.
¿Qué significa que sean “probabilísticas” y cuál de los dos métodos: encuesta abierta o panel de opinión, es más confiable y tiene menor margen de error?
Ambos son confiables. El término probabilístico significa que la selección de la muestra es aleatoria y, por tanto, que sus resultados se pueden expandir a un universo mayor. El panel se concentra en un universo pequeño y utiliza un muestreo por cuotas. Es muy importante tener en cuenta que la opinión pública no es un grupo homogéneo y por eso, entender un nicho como el de los líderes, incide en la consecución de una imagen comprensiva sobre determinados temas.