Hay recuerdos horrendos que habitan más cómodos en el silencio y escenas que piden no ser escritas. El comienzo de esta historia es un ejemplo. El desenlace, en cambio, sí es digno de ser dicho: dieciséis colombianos sobrevivieron porque encontraron a Ligia Hernández, la maestra de escuela, la madre excepcional. La mujer del corazón dorado.
En realidad, de a pocos, fue ella quien los encontró. A los 16 años empezó su vida como maestra de escuela en el Guaviare, y en paralelo se convirtió en mamá. Había soñado con una familia numerosa, pero la forma como la logró no cabía en su imaginación. Sus hijos son hijos de madres y padres que ya no están, que dejaron de vivir porque -en medio del conflicto- alguien con armas así lo decidió.
Ligia los educó y los vio partir. Ya todos son adultos y solo uno permanece con ella en casa. Los demás son profesionales de la Universidad Nacional, de la Distrital en Bogotá, de la del Valle y de la del Cauca. Algunos tienen negocios propios y varios viven en el extranjero.
“Fueron buenos estudiantes, crecieron en internado y se hicieron responsables”, narra con una emoción que tiene un pie en la satisfacción y otro en el orgullo. Satisfacción de dejar “hijos prósperos, útiles para la sociedad”, y orgullo, porque siguió el consejo de su madre: tratarlos bien y sacrificarse por ellos.
Soltera y con salario de maestra, era difícil levantarlos. Así que mientras los tuvo también lavó y planchó ropa, cultivó, crió cerdos y ganado… Lo que fuera por ellos. “Ser mamá es tener todo el corazón para orientar a los hijos y, si es necesario, olvidarse de uno mismo para lograrlo”.
Ella, sin embargo, no se echó al olvido. Se esforzaba, pero buscaba su propio progreso. Con ellos al lado se preparó: sacó adelante dos especializaciones en administración y gerencia educativa, y una maestría en educación ambiental en la Universidad de la Sabana. Por eso logró ser rectora.
Con ese cargo y treinta años de servicio encima, tiene en su historia laboral una geografía en la que figura casi todo el Meta: La Macarena, Mapiripán, Puerto Lleras, Puerto Concordia, El Calvario, Puerto López, Acacías, Granada, Cubarral y El Dorado, a donde llegó hace casi cinco años para dirigir la institución educativa del casco urbano y las diez sedes veredales.
Dedicada a la juventud
Su llegada a El Dorado coincidió con la declaración del pueblo como sujeto de reparación colectiva. Esa condición la otorga la Unidad para las Víctimas a aquellas comunidades que, como colectivos, padecieron vulneraciones a los Derechos Humanos y a los derechos colectivos en el conflicto armado.
El Dorado vivió por años bajo amenaza de carro bomba. Sus escuelas eran base de los grupos armados: hubo masacres, minas antipersona, desplazamientos forzados, y todas las crueldades que trae la guerra. Por años, a las 6 de la tarde las entradas del pueblo eran bloqueadas con cadenas que se removían de nuevo al despuntar el alba. “Teníamos el pueblo por cárcel”, recuerda el hoy alcalde, Óscar Olaya. Las rejas de la prisión no eran de hierro sino de miedo.
Con el Plan de Reparación Colectiva, que incluye varias medidas para recuperar la confianza, El Dorado ha empezado a brillar. Y en parte, se le debe a Ligia, quien como parte del comité de impulso del plan de reparación y de la mesa de víctimas del municipio, hizo que la educación y el liderazgo infantil y juvenil fueran reforzados. Para ella, son las herramientas “para sanar el dolor, superar la situación de víctimas y continuar un proyecto de vida”.
El municipio tiene una cobertura escolar del 100%, y ha retomado su vocación agrícola. Ahora, otra vez, se celebra la fiesta campesina y los niños aprenden las labores del Llano. Ligia, que suele ir de vestido, se calza las botas para trabajar con ellos. Al fin y al cabo, como madre y maestra rural, se le mide a todo.
Por épocas iba con sus alumnos a sacar arena del río para venderla y conseguir lo que le faltaba a la escuela. En regiones remotas echó pañete y pegó ladrillos para construir salones. Por esos niños hizo rifas, bazares, y sacó de su bolsillo. Por todos ellos, sus cientos de alumnos -a quienes llama hijos, como si no fuera suficiente con los que tiene- hizo frente a los armados, sin distingo de uniformes. Por ellos pagó extorsiones, recibió amenazas, enfrentó el miedo y lloró.
El 11 de abril del 96 estaba alistando madera para ampliar la escuela cuando le llegó la alerta: nueve niños se habían ido con un grupo armado. La mayor tenía 11 años. En cartas con corazones pintados que dejaron antes de partir le expresaron la ilusión de comprarle un carro para que no tuviera que levantarse de madrugada a cargar, en su espalda, la comida para todos. Se fueron con sus ilusiones y nunca regresaron.
Dos años después la historia se repitió. De tanto sufrimiento visto y vivido, Ligia se hizo más fuerte para enfrentar a los violentos y afirma sin dudar que los niños son su fuerza. Lo entendió desde cuando murió su madre, afectada por el dolor de ver su casa “hecha harina” tras la toma a Puerto Lleras. De la tristeza, Ligia quería morir también, pero ya con siete hijos esa no era una opción. En medio de ese dolor, la voz de la mayor de sus niñas -de 8 años para entonces- la sacudió. “No esté triste -le dijo- Usted conoció a su mamá, pero nosotros no tuvimos a las nuestras”. La profesora se limpió las lágrimas y empezó de nuevo.
Esta no sería la única vez que estuvo cerca de la muerte. Hace siete años sufrió un infarto que paralizó parte de su corazón. Luego creció de forma inusual. El fenómeno es conocido medicamente como “el mal de Chagas”, y da por la picadura de un bicho tropical. Es como si su cuerpo hubiera imitado con ironía lo que ha sentido su alma: primero muerte y dolor, y luego un amor que le hincha el corazón y alcanza incluso para otra generación.
“Mi mamá, la incansable, es pura inspiración”, dice uno de ellos, que ve para su futuro la continuación de ese legado. “Es una vocación”, afirma. A Ligia, entonces, hay que agradecerle su regalo para el país: 16 ciudadanos que heredaron su corazón dorado.