Según el profesor español de filosofía política y social Héctor Ghiretti, nadie gana unas elecciones prometiendo sufrimientos y ajustes. «Las preferencias del electorado actual están en una sintonía más parecida a la del consumidor que a la del abnegado ciudadano. Churchill (que no estaba peleando unas elecciones) sólo pudo prometer sangre, sudor y lágrimas a una nación conscientemente enfrentada a una amenaza radical, ante la cual no tenía alternativas». Pero a la vez, agrega el académico, nadie sale elegido con un discurso puramente conformista, diciendo que todo está bien como está y no hay nada que cambiar.
Análisis académicos, es cierto, pero que bien vale la pena tener en cuenta a la hora de hacerle un repaso a las promesas de campaña en el actual proceso electoral a Congreso de la República que vive el país. Lo que se ve o se escucha es una serie de propuestas que cada cuatro años se repiten una y otra vez, un discurso que frecuentemente ha llevado al electorado a preguntarse por qué habría que votarlos nuevamente si lo que están proponiendo no lo han llevado a cabo ya.
Entonces se escuchan frases como que hay que «luchar contra la corrupción», «renovar la política», «legislar para un país en el que haya verdadera equidad y oportunidades para todos», «garantizar educación de calidad y gratuita para nuestros niños y jóvenes», que «ningún niño se puede acostar sin haber comido», que hay que crear «mejor empleo», que debemos sacar adelante «verdaderas reformas sociales» para hacer un «mejor país» o que ahora sí llegó al hora de «limpiar la política» y «atajar la corrupción».
Y se prometen leyes para que los corruptos, «aquellos que se roban la plata de la salud y de la educación», paguen ante la justicia y nunca más puedan volver a hacer política, incluyendo sus familiares. O que hay que «construir un país en el que quepamos todos» y «nuestros jóvenes terminen el bachillerato y tengan la oportunidad de seguir estudiando en una universidad», pues si no es así, se corre el riesgo de ir a parar en las bandas delincuenciales. Y ni hablar de las propuestas para crear miles y miles de pequeñas y medianas empresas, que son las «jalonan el desarrollo nacional y crean empleo».
Siguiendo con las «maravillosas» propuestas, no hay partido que no haya dicho que sus lineamientos a la hora de escoger sus listas de candidatos fueron «la honestidad y la transparencia» y que están comprometidos en cambiar la política y acabar con la «dañina» influencia de las mafias. Claro, siempre la «justicia social» es el «fin principal» de su accionar y no es cierto que se quiera llegar al poder para seguir gobernando con «las mañas de la vieja política». Y ni hablar del tema de moda: la paz.
Todos quieren el fin del conflicto y se venden como los primeros defensores de esta.
Eso sí, casi todos simbolizan la «nueva política» y están haciendo «grandes sacrificios» por el país y por la democracia. Algunos llevan dos, tres, cuatro y más períodos en el Legislativo y debería entender de una vez por todas que una premisa en marketing político es no prometer nada que se sabe no puede ser logrado fácilmente.
Sobre todo, porque el sistema está hecho para que la voz de un senador o un representante a la Cámara represente un solo voto y que a la hora de presentar un proyecto de ley, por muy bien intencionado que sea, existen una serie de variantes como el necesario apoyo de la bancada, el visto bueno desde el punto de vista fiscal del Ejecutivo o el respaldo del Congreso. Ahora, también hay que reconocer que existen candidatos juiciosos cuyas propuestas tienen argumentos sólidos y son realizables.
Pero las estadísticas muestran que cada año son cientos las iniciativas que se hunden en el Capitolio sin tener siquiera un solo debate. Y por eso va siendo hora de que nuestros dirigentes comprendan que, como lo explica el investigador Mario Alfredo Cantero, la fobia y la desconfianza ciudadana hacia los sistemas políticos se fundamentan en el tradicional desprestigio de los políticos que se hereda de una generación a otra; se arraiga en la falta de verosimilitud del discurso por la poca relación con la vida cotidiana de las personas; se reproduce en el reiterado incumplimiento de las promesas, y se actualiza en la poca participación en los procesos electorales.