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Lecciones del silencio

Detalles de un encuentro con ‘Pablo Catatumbo’ y ‘Pastor Álape’ en la ronda 30 de diálogos.

01 de noviembre de 2014 - 09:00 p. m.
‘Pablo Catatumbo’, ‘Pastor Alape’ y ‘Carlos Antonio Lozada’ miembros del secretariado de las Farc que hoy están en Cuba. /AFP
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Regresé a La Habana con la expectativa de palpar el ambiente que hoy se vive en el proceso de paz. Hace un año también lo hice y percibí una atmósfera tensa. Estaba a punto de firmarse el acuerdo de participación política. Esta vez el pesado calor de otoño cargado de agua parecía guardar sincronía con la mesa de diálogos, que ahora llega a su punto más alto. La antesala del ciclo 30 de la negociación, la presencia de nuevos jefes guerrilleros en la mesa de diálogos y el arribo de la cuarta delegación de víctimas, dispuesta a exponer sus exigencias para lograr la paz.

Contacté a uno de los integrantes del equipo de comunicaciones de la guerrilla para programar un encuentro con alguno de los plenipotenciarios. La respuesta fue elusiva. Se estaba desarrollando un encuentro en La Habana de países miembros del ALBA y a los comandantes guerrilleros se les había solicitado abstenerse de frecuentar lugares públicos. Además, la prensa no suele llegar hasta las casas de protocolo de El Laguito, donde se alojan los negociadores. Aún así, sabía que no podía volver con las manos vacías o regresar a Colombia con disculpas.

Insistí y obtuve el compromiso de un rato de atención a las nueve de la mañana del día siguiente. A esa hora señalada del miércoles 22 de octubre, con excesiva ansiedad, fijé la mirada en el teléfono de mi habitación, en el hotel Occidental Miramar. Con puntualidad militar el aparato sonó y me avisaron que alguien me esperaba en el lobby. Era un integrante del bloque Oriental y un asesor de prensa. El primero odontólogo guerrillero, nacido en el seno de una familia campesina en un rincón del oriente colombiano. Desde los 13 años en las Farc. Hoy plenipotenciario en Cuba.

La conversación fue informal, pero desde el principio dejaron claro que no había exclusivas. Después advirtieron que Pablo Catatumbo iba a conversar conmigo, pero luego sabría dónde y a qué hora. Pedí café para todos en un fugaz intento de disolver el silencio. Hasta ese momento no habían trascendido en Colombia las identidades de los nuevos jefes guerrilleros en La Habana. Sin embargo, pregunté si era cierto que Pastor Alape ya estaba en Cuba. El principal interlocutor levantó los hombros, me dio a entender que nada iba a conseguir a través suyo y luego hizo una señal del valor del sigilo.

Hablamos más de media hora. De todo y de nada. Lo único que quedó claro fue la disciplina guerrillera a la hora de ventilar información. Eso sí, con ademanes campesinos, dio a entender que por ahora el cese al fuego es apenas una idea y que, en la medida en que el proceso de paz avance hacia los temas determinantes, el acceso a la información se tornará más restringido. Cuando terminó la charla dijo que Catatumbo iba a hablar conmigo, pero debía esperar la señal. Una llamada telefónica a la habitación del hotel a las diez de la mañana del jueves.

Así que regresó la angustia. Otra vez al lado del teléfono, tratando de leer cualquier texto sin comprenderlo. Pero el tiempo empezó a transcurrir como una tortura sin asomo de nada. Hasta que perdí la paciencia y volví a marcarle al contacto. Del otro lado de la línea él se disculpó y acto seguido explicó que Catatumbo estaba en una reunión que no podía interrumpir y no tenía hora de respuesta. Pidió llamar al mediodía para refrendar la cita. Así lo hice. Una de la tarde en el hotel, fue el anuncio que me regresó el aliento.

A esa hora llegó al hotel una camioneta blanca. Entonces un hombre de unos 50 o más años, cabello crespo y barba blanquecina, se asomó por la puerta. “Mire, llegó Pastor”, saludó. Nunca lo había visto. Escasamente conocía la fotografía que divulgan los organismos de inteligencia. Había leído que en Colombia el expresidente Uribe trinaba diciendo que otro miembro del secretariado estaba en La Habana. Por un momento pensé, soy el primer periodista que puede confirmar que Pastor Alape está en territorio cubano. Luego se bajó de la camioneta Pablo Catatumbo. Ambos advirtieron que su tiempo para conversar estaba supeditado a media hora.

Como era hora de almuerzo entramos al restaurante del hotel. Pastor Alape estaba nervioso. Su mirada se iba de la mesa constantemente. Catatumbo, más acostumbrado a dialogar con la prensa, tomó la palabra. En vez de responder comenzó a preguntar cómo veía las últimas informaciones sobre el proceso, qué se decía de las revelaciones de Uribe y así fue diseccionando otros asuntos de coyuntura noticiosa. Respondí con incomodidad y pensando en qué momento era mi turno. No quería decirlo, pero buscaba entrevista o algún tema ‘chivoso’, como después lo calificó burlonamente Pastor Alape, cuando pude romper el hielo.

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Cuando la incertidumbre cedió destapé mis cartas. “En una entrevista con ambos, hagamos un balance de los dos años del proceso de paz”, les propuse. El silencio de los dos comandantes guerrilleros fue suficiente respuesta. Entonces les reclamé que entendieran que necesitaba información, porque era mi segundo viaje a La Habana y necesitaba justificar el tercero, el cuarto, el quinto. “Usted sabe que tenemos un compromiso de confidencialidad sobre lo que pasa en la mesa y entre nosotros (las Farc) hemos tomado la decisión de no hablar a título personal”, contestó Catatumbo.

A su silencio respondí con el mío. Nos cruzamos miradas. Entonces Pastor Alape, quien miraba el reloj de forma compulsiva, cedió para decir que llevaba 15 años internado en las selvas de Colombia, estaba desacostumbrado a las ciudades y para hablar con periodistas requería tiempo. Luego recordó un reportaje de Darío Arizmendi, en el que García Márquez reflexionó sobre el afán de los periodistas por la ‘chiva’. Entendí que no iba a responder nada. Catatumbo retomó la palabra y, a manera de contentillo, dijo que al día siguiente había declaración de prensa.

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¿Qué van a revelar?, pregunté. “Vaya y se entera”, respondieron. Entonces pregunté por las visitas de Timochenko a Cuba, por la historia del empresario Henry Acosta, por los contactos exploratorios entre las Farc y los gobiernos de Uribe y Santos . Catatumbo me miró como llenándose de paciencia. Sobre las visitas de Timochenko no aflojó nada y contrapreguntó: “¿Cómo quieren que consultemos lo que ocurre en la mesa, por seguros correos electrónicos que espían o por teléfonos chuzados?”.

De Henry Acosta se limitó a decir que no estaba dispuesto a participar en la exposición a que lo habían sometido, “poniendo en riesgo su vida, la de su familia y acabando con su empresa”. Luego agregó enérgico: “No me voy a prestar para estigmatizar a un hombre que ha contribuido con la paz”. A la pregunta sobre si en algún momento habían sido compañeros de estudios, como se comentó en algunos medios de comunicación en Colombia, contestó tajante: “Eso es pura mierda, que quién sabe quién se inventó”.

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La conversación terminó en un intenso off the record. Cuando concluyó y nos despedimos pensé frustrado que sólo tenía la ‘chiva’ de Pastor Alape en Cuba. Sin embargo, al día siguiente, cuando empezaba la anunciada rueda de prensa, advertí con sorpresa que estaba chiviado. “Romaña está en La Habana”, decían todos. Cuando lo vi entendí que el sigilo de la mesa de negociaciones es la regla. De regreso a Colombia no he parado de reflexionar sobre el papel de los periodistas en el proceso de paz. El reto apenas comienza y entre más avance la mesa, más restringida será la información. Por eso concluí que por ahora es mejor aprender de las lecciones del silencio.

 

amolano@elespectador.com

@AlfredoMOlanoJi

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