A empujones, pidiendo permiso para ingresar, dando explicaciones de su condición de víctimas e, incluso, narrando con breves palabras la tragedia por las que llegaron a esta condición, así tuvieron que lograr su ingreso al salón Elíptico del Capitolio, los representantes de los afectados por el conflicto, a la plenaria del Congreso donde recibirían un homenaje, que finalmente demostró que la lucha que algunos de ellos han emprendido por décadas, tratando de hacer respetar sus derechos, resulta semejante al ejercicio de un campesino arando en el desierto.
El homenaje contemplado en el artículo 142 de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, donde quedó plasmado el 9 de abril como el día de la memoria y la solidaridad con las víctimas, resultó otro tortuoso episodio donde las voces de los reclamantes parecían arrasadas por el viento. Eran palabras que no tenían quien las escuchara, pues, nuevamente, el Congreso de la República y el Estado hizo gala de su capacidad de dar la espalda a la realidad del país.
El día de la memoria de las víctimas que tenía su epicentro en el Salón Elíptico del Capitolio Nacional contó con una concurrida participación de los afectados por el conflicto, pero no sucedió lo mismo con los parlamentarios, quienes a primera hora se hicieron presentes y en pocos minutos abandonaron el recinto. De 286 congresistas que son elegidos, apenas algo más 30 se mantuvieron en sus curules, escuchando las conmovedoras historias de las víctimas, sus reclamos y sobre todo su intención de cerrar las heridas que el conflicto les ha generado.
Así lo planteó Raúl Carvajal Pérez, un hombre de 64 años a quien le entregaron los restos de su hijo, asegurando que era un guerrillero dado de baja en un combate con la Fuerza Pública y posteriormente pudo comprobar que no era así, se trataba de un falso positivo, eufemismo con el que se ha denominado a los asesinatos de jóvenes de escasos recursos a manos de las autoridades para reportarlos como insurgentes dados de baja.
Raúl Carvajal fue el mismo hombre que el 20 de febrero llegó a la Plaza de Bolívar en un camión con el cuerpo de su hijo reclamando justicia. Ayer, en la plenaria del Congreso hizo la misma petición, pero esta vez elevó una nueva demanda. “Yo no quiero odiar, no quiero odiar a nadie, quiero saber qué pasó con mi hijo, que se haga justicia, sólo así podré tener tranquilidad”. El episodio, absolutamente conmovedor, sólo logró la atención de los pocos congresistas que continuaban en el recinto y de las demás víctimas que han tenido que enfrentar dramas similares, todos con el mismo reclamo: la reparación integral que promete la Ley de Víctimas.
Pero la ausencia de los congresistas no fue la única. Las víctimas se quedaron esperando a los representantes de la justicia. Aunque al evento estaban invitados los magistrados de las altas cortes estos nunca asistieron. Incluso hubo una alfombra roja que se quedó sin usar.
El presidente Juan Manuel Santos participó en el día de la memoria y la solidaridad con las víctimas desde Villavicencio. No obstante era esperado en el Capitolio Nacional desde donde se extendió el acostumbrado tapete rojo por el que camina el mandatario cuando visita el parlamento. La lluvia que cayó en el centro de la ciudad fue la única que piso la alfombra que aguardaba por el alto dignatario.
La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras por ahora no es más que una promesa de un Estado y de la sociedad en su conjunto. Las víctimas llevan años esperando ser escuchados y en el primer gran escenario para este fin hubo oídos sordos, este puede ser el campanazo de alerta.