El conflicto armado en proceso de resolución, desde siempre ha contado con el interés y trabajo de académicos y facilitadores internacionales, que de múltiples maneras han contribuido a su comprensión y a emprender iniciativas para su superación, en esta dinámica se enmarca el trabajo de Kristian Herbolzheimer, un Catalán, con pinta de Vikingo, que ha mantenido un vínculo con Colombia desde principios de este siglo.
Actualmente se desempeña como el director del programa de transiciones a la paz de la ONG británica Conciliation Resources (www.c-r.org), tiene 15 años de trabajo en construcción de paz en Colombia, Filipinas, Irlanda del Norte, y País Vasco, entre otros lugares. Desde 2009 es miembro del Grupo Internacional de Contacto que asesora al gobierno de Filipinas y al Frente Moro de Liberación Islámica en las negociaciones de paz.
¿Por qué y en qué año llega por primera vez a Colombia?
Mi primera visita a Colombia fue también la más larga. Estuve de marzo a septiembre del año 2000, en pleno proceso del Caguán. Trabajé como voluntario en Redepaz, con el objetivo personal de identificar mi futuro profesional.
Lo vi en el Chaguán, ¿por qué no funcionó este proceso entre el presidente Andrés Pastrana y las Farc y qué balance tiene de este?
La concepción de las negociaciones del Caguán fueron profundamente elitistas. El gobierno y las Farc se atribuyeron la potestad de negociar «una nueva Colombia» en nombre del conjunto de la sociedad. En realidad ninguna de las partes estaba lo suficientemente convencida de la necesidad de una solución negociada. Las negociaciones se embarrancaron en discusiones procedimentales porque nunca lograron superar las profundas desconfianzas mutuas.
¿Qué explica el gran apoyo que tuvo Álvaro Uribe para ser dos veces presidente y cómo valora su postura frente al conflicto armado?
Uribe supo interpretar la frustración de grandes sectores de la sociedad con la falta de progreso en el Caguán, y articuló un discurso seductor que ofrecía una alternativa con resultados tangibles en el corto plazo. Los golpes militares y de opinión pública que asestó a las Farc llevaron a la insurgencia a darse cuenta que nunca se tomarían el poder por las armas. Pero al mismo tiempo, el Estado se dio cuenta de los límites de las armas para resolver un problema político. Diez años después del Caguán se retoman las negociaciones, en 2012. La historia dirá qué tan necesaria fue esa apuesta militar.
Trabajó con Vicenc Fisas, en el Programa Colombia en la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona. ¿Qué balance tienes de esos años de trabajo?
Los siete años en la Escuela de Paz me dieron la oportunidad de adentrarme en el análisis comparado de procesos de paz, con un compromiso de aplicación práctica de los conocimientos adquiridos. Y me permitió entablar relaciones de confianza con actores sociales y políticos de todo el abanico de diversidad de Colombia. Hoy estas relaciones son un acumulado precioso.
¿Cómo entiende el conflicto armado?
Todo conflicto armado es un fracaso de la política para resolver las diferencias sin violencia.
¿Cómo valora el proceso que se ha desarrollado entre el presidente Juan Manuel Santos y las Farc?
El proceso de La Habana ha aprendido de los errores del Caguán. El principal acierto es la diferenciación conceptual entre el «proceso de negociación» que tiene lugar en la Habana entre actores armados y cuyo objetivo es terminar con la guerra; y un «proceso de paz» que es un ejercicio democrático más prolongado y complejo que necesariamente involucra al conjunto de la sociedad.
¿Cómo lograr concretar este acuerdo, faltando temas claves?
Son fundamentales las medidas de construcción de confianza, no sólo entre las partes sino sobre todo con la sociedad. Han sido clave el reconocimiento del conflicto armado y de responsabilidades en violaciones de DD.HH. por parte del Estado, el cambio de lenguaje y el reconocimiento de responsabilidades por parte de las Farc. Los actos conjuntos de escucha y respeto hacia las víctimas, hacia las mujeres, el desminado.
Próximamente serán importantes gestos como el regreso de Simón Trinidad o el inicio de un proceso público de dejación de armas de las Farc previo a la refrendación del acuerdo final.
Estamos próximos a un cese del fuego bilateral entre las Farc y el Gobierno colombiano. ¿Cómo ve el papel de la sociedad en este proceso?
El equipo de monitoreo tripartito (gobierno, Farc, ONU/CELAC) necesitará del apoyo de la sociedad civil, entre otras razones porque la geografía del país es demasiado amplia y compleja. Y porque es fundamental entender las dinámicas sociales, políticas y culturales de los contextos locales. Ciertos actores de la sociedad civil pueden proveer alerta temprana e información en tiempo real, sensibilizar sobre los acuerdos de La Habana y facilitar diálogos para prevenir violencia a escala local. El reconocimiento formal del papel de la sociedad civil además legitima su labor e incrementa las garantías de su propia protección.
Ha seguido las posibilidades de una negociación con el ELN, ¿como ve esta posibilidad?
Los procesos de negociación suelen sufrir un déficit democrático. La apuesta del ELN por un proceso participativo puede aportar al mundo una experiencia innovadora. Cuanto más incluyente un proceso de paz, más legítimo, más transformador y más sostenible. Claro, también más complejo. Será fundamental una agenda acotada, unas reglas claras, y un compromiso inequívoco del ELN de dejar atrás la lucha armada.
¿Qué valoración tiene del reciente acuerdo sobre víctimas?
La sociedad y las instituciones colombianas han madurado profundamente con las polémicas y el debate sobre conceptos fundamentales entorno a la justicia. El país reconoce al fin el sufrimiento y la resistencia de las víctimas. El mundo toma nota sobre este acuerdo innovador.
Usted ha trabajado en los últimos años, de manera muy cercana el proceso de paz en Filipinas, ¿qué puede aprender de Colombia de él?
Son dos contextos muy diferentes. Todos los procesos de paz aportan innovaciones. En el caso de Filipinas ha sido la existencia de una política nacional de paz desde 1993, fruto de una consulta nacional; el cambio en la doctrina militar de «ganar la guerra» a «ganar la paz»; la participación de actores de la sociedad civil en mecanismos de monitoreo e implementación del acuerdo de paz del 2014; y las facilidades del Estado para que la insurgencia se transforme en movimiento político.
En un conflicto tan largo como el colombiano, ¿cómo ve las posibilidades de reconciliación?
Todo el mundo habla de reconciliación pero se manejan imaginarios muy diferentes. Está claro que es un proceso fundamental, pero no se sabe muy bien cómo, cuándo y por quien se realiza. Estamos trabajando en una publicación para esclarecer estas cuestiones.
¿Qué perspectivas ve a este esfuerzo de construcción de paz, del cual hablamos ahora en Colombia?
El proceso va para largo, pero nos sigue sorprendiendo positivamente día a día por sus desarrollos en La Habana, pero también en el seno de la sociedad, en Colombia.