A lo largo de estos diez meses, sin que el país se diera cuenta, el presidente Juan Manuel Santos ha forjado la reestructuración de la figura del vicepresidente, que pasó de tener un papel pasivo a un protagonismo que la gente no estaba acostumbrada a ver. De hecho, desde que le ofreció a Angelino Garzón que lo acompañara como su fórmula electoral, Santos le vendió la idea de que sería el hombre de los derechos humanos y el encargado de tender puentes con muchos sectores del país, sobre todo con los sociales.
Evidentemente, lo que buscaba el hoy primer mandatario como complemento era a alguien más cercano a la ciudadanía, al pueblo, como dicen. Angelino Garzón –exsindicalista, exministro y exgobernador del Valle del Cauca, tenía el perfil que la campaña buscaba. Se conocían de tiempo atrás. En 1997 trabajaron en temas de paz y fueron compañeros en el gobierno de Andrés Pastrana, uno como Ministro de Trabajo y otro como el de Hacienda.
Santos sabía que Garzón no iba a conformarse con estar a su sombra. La Constitución del 91 reza que el presidente de la República podrá confiar al vicepresidente misiones o encargos especiales y designarlo en cualquier parte de la Rama Ejecutiva. Y eso es lo que ha hecho Santos al asignarle la política de derechos humanos, el trato con los sindicalistas, el evento del Mundial Sub-20, el lobby internacional tanto con la Unión Europea como con Estados Unidos para mover los acuerdos comerciales, y dentro de poco recibirá la Consejería para la Equidad.
Esta semana, Angelino Garzón causó gran revuelo cuando anunció que el decreto reglamentario de la Ley 1424, que está a punto de ser promulgado y fortalece el alcance de Ley de Justicia y Paz, replantea los indultos y beneficiará a “toda persona desmovilizada de los grupos armados ilegales, que no esté implicada en delitos de lesa humanidad, se acoja al principio de verdad, justicia, colaboración, reconciliación y no repetición y se reintegre a la vida civil”.
De inmediato, el ministro del Interior y de Justicia, Germán Vargas Lleras, salió a desmentirlo públicamente, aclarando que tal decreto nada tiene que ver con indulto, que además tal figura no aplica para exmiembros de los grupos de autodefensas y que nadie mejor que él conoce dichos temas.
Después de un intenso contrapunteo en medios de comunicación, Santos intervino cuando escribió en su cuenta de Twitter: “En desmovilizaciones, la posición del Gobierno es una sola. No más controversias públicas”. Luego, el Alto Consejero para la Reintegración, Éder Alejandro, medió para aclarar que no era adecuado usar la palabra “indulto”, pero que lo más posible sí es que Angelino Garzón sea la persona asignada por el Gobierno para llevar a cabo la aplicación del decreto reglamentario en mención.
Lo cierto es que no era la primera vez que el vicepresidente entraba en alguna contradicción con otros miembros del Ejecutivo. Fue él quien presionó que el aumento del salario mínimo no fuera de 3,4% sino de 4%. Al final, ganó el pulso y la cifra se replanteó. Más tarde, ante el paro camionero que puso en choque al ministro de Transporte, Germán Cardona, con los transportadores de carga, la mediación de Garzón fue clave para ponerle fin al colapso que vivía Bogotá.
Cuando salieron a criticarlo quienes consideraban que se había metido en terrenos ajenos, él dijo: “Tengo unos mandatos del presidente sobre los cuales debo que opinar públicamente: yo soy responsable de la política integral en derechos humanos y derecho internacional humanitario, lo mismo que en todo lo relacionado con la reparación de las víctimas de la violencia… en ningún momento (Santos) me ha pedido que yo deje de opinar sobre los problemas que tienen que ver con las tareas que él me ha encomendado”.
En el caso de Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR), el vicepresidente puede asumir esta función o delegarla. Francisco Santos se la encomendó a Eduardo Pizarro, pero Garzón decidió tomar las riendas por sí mismo, motivo por el cual algunos columnistas lo tildaron de “supraministro”.
En el episodio de esta semana, Vargas Lleras no pudo disimular su incomodidad: “Ese campo de las funciones del vicepresidente es complejo. Ya se ha presentado una situación con el Ministro de Obras, con el de Hacienda y éste”, dijo. Y el Angelino Garzón ripostó en su cuenta de Twitter: “Nueve millones de personas me eligieron no para defender un cargo sino para defender los derechos humanos, empleos decentes y salarios justos”.
La directora del Instituto de Ciencia Política, Marcela Prieto, asegura que la concepción del vicepresidente cambió desde el mismo momento en que Santos eligió a Angelino Garzón como su fórmula: “Es la primera vez que tenemos un ‘vice’ con tantas funciones establecidas por el jefe de Estado. Le dicen que va a manejar derechos humanos y laborales, y eso incluye agenda del TLC e interlocución con los gremios, lo cual lleva a pisar los talones de algunos ministros”, advierte.
Para Prieto, el problema es la falta de coordinación, porque el hecho de que el presidente no reaccione tiene que ver con el peso político propio de Garzón: “Lo que sucede es que cuando el roce es con alguien como Vargas Lleras –que tiene tantas ambiciones políticas– entran en juego otros espacios. Una situación así la puede entender el ministro Cardona, pero no el de Interior y Justicia. Garzón es un político como Vargas”.
La investigadora de la Universidad del Rosario y especialista en marketing político, Bibiana Andrea Clavijo, coincidió en que el único que determina la importancia de su fórmula es el presidente. “Con Ernesto Samper, su fórmula, Humberto De la Calle, sí tuvo un papel fundamental. En cambio con Uribe nos acostumbramos a una Vicepresidencia con muy poco peso, que no tenía relevancia en las decisiones. Ahora con Santos, Garzón juega y seguirá jugando. Vargas Lleras tiene un propósito superior al Ministerio: la presidencia; está en campaña, de hecho ambos tienen carreras políticas”.
El analista Luis Carvajal se lanzó a decir que el vicepresidente confunde las políticas públicas con las electorales, luego de sacar a relucir los nueve millones de votos obtenidos, diciendo, sin decirlo, que fueron más que el millón y medio de Vargas Lleras: “Si lo que quiere es ser candidato en 2014, es demasiado temprano para jugar tantas cartas”, añadió.
El problema, según el politólogo Enrique Serrano, es que la figura vicepresidencial es un asunto constitucional que no ha sido suficientemente manejado ni resuelto, por lo cual se presta para confusiones e interpretaciones, aunque haya buenas intenciones. “La figura ha ido ganando cierta institucionalidad, lo que hay que propugnar es que esa institucionalidad madure”.
Lo cierto es que, por ahora, Angelino Garzón no está dispuesto a ser un convidado de piedra en el Gobierno y, por el contrario, apuesta ser protagonista de primer orden. ¿Que tiene ambiciones político-electorales? Sólo el tiempo podrá dar una respuesta, aunque es indudable que con sus actuaciones tiene preocupados a más uno.
La fuerza de Garzón en el Valle
Sin duda, la plaza donde más queda en evidencia hoy el poder del vicepresidente Angelino Garzón es en el Valle del Cauca, su departamento natal.
Sus contradictores lo acusan de poner a sus fichas a ocupar las secretarías de la Gobernación del Valle y en la Comisión Nacional de Reconciliación y Reparación. De hecho, medios de comunicación locales han dicho que está en desarrollo un movimiento político “angelinista”, con la colaboración del gobernador Francisco Lourido, hombre de sus entrañas. Se trata del movimiento Centro Independiente.
También se ha dicho que Garzón trabaja en la actualidad por posicionar a Julio Roberto Gómez, presidente de la Confederación General de Trabajadores, buscando la posibilidad de su nombramiento en el Ministerio del Trabajo, una vez sea creado nuevamente. Y para las elecciones regionales de octubre, el vicepresidente espera jugar con candidatos propios a la Gobernación del Valle y la Alcaldía de Cali.