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¿Y ahora qué?

Mientras que algunos aseguraron que era “un paso para la paz” y Santos afirmó que “no era suficiente”, la posibilidad política de abrir diálogos de reconciliación no queda resuelta. Análisis.

08 de abril de 2012 - 08:23 p. m.
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Después de la liberación de los diez policías y militares secuestrados por las Farc el lunes pasado, muchos se preguntan si ha llegado el momento de impulsar una solución negociada y definitiva al conflicto colombiano. “Estas liberaciones son un paso para la paz”, “la ventana de la paz empieza a abrirse”, “esos son hechos de paz contundentes”, se escuchó por un lado. Pero el presidente Santos declaró que aunque la liberación era un paso positivo, “no es suficiente” y su gobierno “quiere unas muestras más fehacientes de la verdadera voluntad de las Farc de terminar con este conflicto».

Aunque todos hablan con el corazón más que con la razón, ambos tienen razón… En efecto, ¿qué importancia suele tener la liberación de rehenes o prisioneros para los procesos de paz?

Infortunadamente, la historia no da mucha indicación. No existe una teoría al respecto y así como existen abundantes ejemplos en que los gobiernos y los grupos armados han llegado inicialmente a acuerdos en aspectos humanitarios, para luego abordar temas políticos, también existen otros tantos en que sucede exactamente lo contrario.

En Darfur (Sudán), en 2003, las partes firmaron dos acuerdos sobre temas humanitarios antes de iniciar conversaciones sobre asuntos políticos y de seguridad. En Guatemala, el acuerdo sobre derechos humanos de marzo de 1994 autorizó el despliegue de una misión de verificación de la ONU antes de un cese al fuego. En Irlanda del Norte, los observadores reconocen que la liberación y el intercambio de presos fueron elementos esenciales en la legitimación del proceso.

Si bien la firma de un acuerdo humanitario puede entonces servir de “confidence building measure” para dinamizar o empezar las negociaciones, pasar de la opción humanitaria a la opción política tampoco suele ser la regla.

En El Salvador, en octubre de 1985, la liberación de la hija del presidente Duarte, secuestrada por la guerrilla, a cambio de la liberación de veintidós presos políticos del FMLN, no generó mucho impulso ni tuvo demasiado impacto (negativo o positivo) sobre el proceso de paz.

En Israel, la liberación de presos o rehenes permitió en varias ocasiones desbloquear o relanzar las conversaciones de paz con los palestinos, pero nunca resultó decisiva, e inclusive, a veces se convirtió en un pretexto con el que las partes jugaron y especularon para eludir la discusión de temas políticos.

Por su parte, en Vietnam los prisioneros de guerra sólo fueron liberados una vez firmados los acuerdos de paz, aun cuando ese tema era una de las mayores preocupaciones del gobierno de los EE.UU. y fue de gran importancia durante las negociaciones.

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En Colombia, los gobiernos aprendieron a ser más prudentes. Después de la liberación de rehenes de 1997 y 2001, el país se dio cuenta de que un acuerdo humanitario no era un substituto para un acuerdo político y que relacionar el compromiso humanitario con el compromiso político podía inclusive generar falsas expectativas o crear vanas ilusiones.

Que las Farc se hayan comprometido a no secuestrar más ni recurrir al secuestro como arma extorsiva, tampoco da por cerrado el capítulo humanitario. Secuestros de civiles, uso de minas antipersonal, reclutamiento de menores, bombardeos indiscriminados con cilindros de gas, demuestran que aún queda mucho por humanizar. Sin embargo, el problema es que humanizar el conflicto no es resolverlo…

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Ahora bien, hoy en día el contexto es diferente. Las Farc están debilitadas, las correlaciones de fuerzas han cambiado y las liberaciones no vienen solas. “Este es el mejor momento para hacer la paz”, decía hace un mes un exjefe guerrillero. ¿Será que el conflicto se encuentra lo suficientemente maduro para ser resuelto? (ver balcón).

Colombia ilustra bastante bien los alcances y límites de ese debate. Desde hace tiempo, muchos consideran que, más allá de la imposibilidad de una victoria militar de uno u otro bando, el conflicto ha tocado fondo y ha generado tanto sufrimiento y rechazo, que hemos llegado a un punto de quiebre. Sin embargo, son igualmente varios quienes siguen considerando que estamos en “el fin del fin de las Farc” y que tarde o temprano éstas estarán tan debilitadas que no tendrán otra opción que rendirse.

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¿Ha llegado el momento de negociar? El problema no es solamente una cuestión de percepción, de buena voluntad o de timming. Las diferencias son casi ideológicas. Para los realistas (E. Luttwak, B. Walter), la paz sólo es posible sobre la base de la derrota de uno de los bandos. Para los liberales y los constructivistas, la paz viene de un cambio de lógicas de pensamiento.

“Que den una oportunidad a la guerra“ (“Give war a chance”) decía Edward Luttwak en 1999. Pero Colombia ya tuvo muchas oportunidades y no pueden desaprovecharse ciertas situaciones. Claro que siempre es bueno no precipitarse. Pero una cosa es que el conflicto madure o esté maduro; otra es que se pudra…

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La madurez de los conflictos

La cuestión de la noción de la ‘madurez de los conflictos’ surgió en los años 80 con autores como W. Zartman (1985) y R. Hass (1988), quienes partieron del postulado de que un conflicto no podría ser resuelto si no había logrado cierto nivel de madurez. Esa noción es, a priori, interesante, porque va más allá del concepto de empate militar. Reposa sobre la idea de la dificultad de terminar un conflicto, sin que éste haya logrado un nivel suficiente de exasperación y sufrimiento.

Según esa perspectiva, los conflictos no están listos para ser resueltos mientras el empate ‘duela’ realmente a las partes, es decir, hasta que estén convencidas de que el costo de seguir en la guerra es mucho mayor al de terminarla.

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De acuerdo con sus críticos, sin embargo, el concepto tiene sus límites. Aunque reconozcan que la noción de empate es insuficiente, el problema, según ellos, es que no es fácil saber cuándo un conflicto ha llegado a su punto de madurez, y es aun más difícil saber cómo hacerlo madurar.


* Frédéric Massé, codirector del CIPE de la Universidad Externado de Colombia

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