Un día aparecían 8 o 10 trabajadores masacrados y al siguiente, cantidad parecida en los sectores de influencia contrarios. Alarmado, convoqué a uno de los líderes de la región y le pedí consejo para tratar de parar esa ola de muerte. Con frialdad me respondió: “No haga nada. Son muertos buenos. Mejor”.
Me ha venido a la memoria este recuerdo al percibir la forma como se ha venido incrementando la guerra. Más de 85 colombianos muertos, miembros de la Fuerza Pública y de la guerrilla en 12 días, es una cifra escalofriante. Para algunos es una consecuencia de la guerra. Para otros es el drama de un país atrapado, aferrado, enconchado en la confrontación bélica y en la violencia. Según Nuevo Arco Iris: 2.100 muertos de la Fuerza Pública en los últimos tres años, más de cinco mil heridos, muchos de ellos mutilados; 170.000 asesinatos confesados por los paramilitares.
Una guerra que, después de 48 años, no ha logrado que una de las partes en conflicto se imponga de manera contundente sobre la otra, pero sí ha traído consigo la generación de nuevos factores de violencia y sistemas de criminalidad. Pareciera que no tenemos más argumentos para resolver nuestros problemas y que no se ve la luz al final del túnel. En solución de conflictos dicen que, en ocasiones, es conveniente analizar qué sucede si se opta por la decisión contraria a la que se está sosteniendo. De ese análisis muchas veces salen grandes decisiones hacia el entendimiento.
Vale la pena hacer el ejercicio en el caso de nuestro conflicto armado. ¿Por qué no pensar en privilegiar lo político sobre la confrontación fratricida? Llevar lo político a niveles superiores: apostarle a la solución negociada; buscar que todos los sectores de la sociedad arropen el proceso; diseñar y evaluar propuestas en estudio de escenarios; incorporar el valor de la vida como interés supremo del Estado, por encima de cualquier otra condición; buscar mecanismos para desescalar la guerra; desarrollar una política de convivencia que estimule un cambio de actitud de todos los colombianos hacia la reconciliación. De pronto se encuentran fórmulas que ahorren muerte y desolación.
El Gobierno tiene el deber de combatir la violencia en todas sus expresiones y en esa tarea recibe el apoyo de los colombianos. Pero esa verdad no evita que muchos colombianos piensen que sería conveniente una reflexión serena, del Gobierno y de las guerrillas, hacia la solución política. ¡Ojalá!
* Excomisionado de Paz.