En otoño de este año la Universidad de Harvard anunció que Juan Manuel Santos sería el próximo Angelopolous Fellow en el período 2018-2019. En esa condición estaría vinculado durante un año académico a la universidad dictando conferencias, participando en seminarios y talleres e interactuando con líderes de todo el planeta.
La noticia fue recibida con mucho entusiasmo por quienes ven en Santos y en su búsqueda por la paz una prueba de la posibilidad de superar confrontaciones bélicas derivadas de conflictos hondamente enraizados en el tejido social, económico, histórico y cultural de un país. También por quienes ven su legado como una fuente de inspiración en el siempre inacabado desafío de construir una sociedad más abierta, democrática y diversa.
La mayoría de esas personas conocían, por un motivo u otro, la prueba de fuego a la que se habían enfrentado Santos y su equipo de gobierno. Un proceso de paz complejo y lleno de pasiones; una oposición feroz, liderada por las dos puntas del espectro ideológico; una economía global volátil y de bajo crecimiento; la caída del precio del petróleo; una nueva ola de populismo, demagogia y propaganda, digna solo de Goebbels y Lenin; así como algunos errores propios habían puesto en riesgo varias de sus banderas.
También conocían el talante liberal y tolerante de Santos, y en parte por eso sentían curiosidad por saber cómo analizaría el expresidente su administración en retrospectiva, viéndola desde la distancia y con cabeza fría. En particular, muchos de los estudiantes de la clase de liderazgo de Ronald Heifetz, uno de los profesores más respetados de la Escuela de Gobierno de Harvard, estaban atentos a conocer de primera mano las vivencias del expresidente para aprender de sus aciertos, pero también de sus errores.
En las semanas que precedieron a la llegada de Santos, supe –gracias a conversaciones con mis compañeros de estudios– que muchos querían conocer de cerca las dinámicas de lo que fue la construcción de la paz en Colombia; entender las dificultades del ejercicio del poder en un país tan polarizado y lleno de miedo y resentimiento como el nuestro. Y, por supuesto, querían conocer más a la persona, al ser humano detrás del político y gobernante.
Y lo lograron. Juan Manuel Santos se presentó en el Forum de Harvard un jueves de la tercera semana de octubre a las 6 de la tarde. El Forum es una especie de ágora moderna, un espacio abierto, de cuatro pisos de altura, con una especie de plaza en el centro y balcones elevados a los lados. Por razones de seguridad, el lugar tardó un poco en llenarse. Cuando empezó la conferencia no le cabía un alma. Las gradas estaban a reventar. En el escenario estaban Nicholas Burns, profesor eminente en materia de diplomacia y relaciones internacionales, y Santos. Entre la audiencia estaban Felipe Calderón, expresidente de México, docenas de académicos y líderes reconocidos, así como cientos de alumnos.
Santos se veía feliz, tranquilo, apacible. Tenía esa expresión que adorna a quien se ha puesto a descansar después de un arduo día de trabajo. Esa felicidad en el rostro que tiene aquel que vive con el sentido del deber cumplido. Se veía como un estadista consumado, forjado en el fuego de la lucha, pero con el aplomo que solo dan los años y la experiencia. Tenía esa especie de gravitas, de aplomo, que tanta falta hace por nuestros días.
Ese día Nicholas Burns le hizo preguntas sobre lo divino y lo humano. No entraré a describir en detalle los temas objeto de discusión. Me limitaré a decir que fueron muchos y variopintos. Desde el calentamiento global, que es el mayor desafío que enfrentamos como humanidad en el siglo XXI, pasando por la construcción de sociedades más iguales y libres, bajo el concepto de desarrollo de Amartya Sen, y llegando a las características fundamentales del liderazgo y la resiliencia necesaria para superar la derrota.
Una de las reflexiones más importantes que hizo Santos ese día gravitó alrededor de las enormes dificultades a las que se enfrenta un líder para entender la realidad, en un mundo lleno de falsa propaganda y manipulación, y para tomar decisiones en un entorno cada vez más complejo y cambiante. Retomando una frase de Larry Bacow, el nuevo rector de Harvard, Santos hizo énfasis en la importancia de que los nuevos líderes desarrollen una habilidad fundamental: entender rápido, pero decidir despacio, después de un proceso de reflexión profundo, racional y que busque el bien común.
Los líderes de nuestro país podrían sacarle mucho provecho a esa máxima. La complejidad de nuestro devenir social como nación es inmensa, pero hoy todos parecen (parecemos) reaccionar al instante, tan pronto ocurre algo o tan pronto alguien dice algo. No hay mediación entre el acontecer y la reacción. La reflexión ha sido reemplazada por el impulso; la mente reposada ha sido suplantada por el vértigo eterno de las redes sociales y los medios masivos de comunicación de nuestros días.
Sobre el asunto del bien común, le he escuchado a Santos decir un par de veces que el arte de gobernar es el arte del elegir entre dos males, el mal menor. Desconozco el origen de la cita. Pero creo que es una lección importante para la nueva generación de líderes que viene en camino. La sociedad tiene bienes escasos, el gobierno no tiene tanto poder como la gente cree, no todos los asuntos que incumben a una sociedad pueden resolverse al tiempo y, peor aún, en ocasiones, cualquiera de las decisiones que puede tomar el gobernante son malas… unas peores y otras mejores que otras, pero malas.
Esas decisiones a veces tienen que ver con la necesidad de alzar impuestos, con recortar el presupuesto acá o allá, hacer recortes de energía, subir las tarifas de los servicios públicos o tomar decisiones que afectan la vida de nuestra Fuerza Pública. Ejercer el poder puede ser gratificante, pero también doloroso. Es un desafío mayúsculo, digno solo de las almas grandes y nobles. Y las almas nobles son aquellas que nunca olvidan que el propósito del poder es servir, sobre todo a los más débiles y vulnerables.
Al final de la conferencia un estudiante inquirió a Santos sobre cómo había logrado superar los momentos más difíciles a los que se enfrentó como presidente. Santos respondió diciéndole que Heifetz, su profesor y mentor, le había dicho durante los primeros días de las negociaciones del Acuerdo de Paz que seguramente iba a pasar por momentos muy difíciles, acompañado de una buena dosis de soledad, crítica e incomprensión. Y pasó a sugerirle que en esos momentos hablara con las víctimas del conflicto, con quienes más sufrieron el drama de la guerra.
Y eso hizo: buscó inspiración para seguir adelante en aquellos que nos recuerdan lo que significa ser humano. Vivir, sufrir, llorar, perdonar, definir y redefinir quiénes somos y qué queremos ser, qué huella queremos dejar, cómo queremos ser recordados y cómo queremos contemplar nuestra existencia desde la madurez y la distancia. Santos como Presidente no fue perfecto, pero su legado perdurará en la luz de la historia, y en la vida de aquellos que pudieron encontrar sosiego en la verdad, la justicia y la paz que empezamos a construir.
Los estudiantes de Harvard entendieron esto muy bien. Cuando terminó la conferencia, el auditorio guardó silencio unos segundos que parecieron siglos. Después sonó un aplauso atronador. Todos los presentes estaban de pie.
* Exsecretario de Transparencia de la Presidencia.