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Así es ser enfermera en la primera línea contra el coronavirus

En el Día de la Enfermería, Consuelo Alvarado, que ejerce esta profesión desde hace treinta años, relata desde el aislamiento obligatorio cómo es estar en la primera línea de atención al coronavirus en un hospital de Bogotá, y cómo la falta de equipos de protección e información adecuada la contagió a ella y otras compañeras.

12 de mayo de 2020 - 02:34 p. m.
Equipo de enfermeras que atiende junto a la autora, que por motivos personales y laborales no da específicamente algunos datos, como el hospital donde trabaja o sus labores. / Cortesía
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Para ser enfermera, la vocación del servicio es en esencia, el amor al prójimo, amor a los demás, al acto de ayudar. Una enfermera no es solo una mujer que viste de blanco y presume cintas a lo largo de su cofia (el gorrito blanco que llevan en la cabeza), una enfermera es un ser humano integro, que comprende las necesidades y sentimientos de los demás.

Con esta definición comienza nuestro oficio a diario, y así empezó desde hace 30 años, con ganancias infinitas y crecimientos personal y laboral, con levantarse cada día feliz, convencida que todo va salir bien. Fue así hasta el mes de noviembre, que empezamos a escuchar por noticias sobre la situación de un país lejano con una epidemia que venía dando la vuelta al mundo, y que en el mes de diciembre se comenzó a acentuar, a dejar cientos de muertos. Los días transcurrían normales en atención de urgencias de politraumatismos, dolores abdominales, EPOC, paros cardíacos. En fin, los días cotidianos de una enfermera.

Llegó febrero y vimos como el virus comenzó a penetrar a los países europeos. Por redes comenzamos a ver testimonios de colegas enfermeras y de médicos y médicas que se contagiaban.

A decir verdad, en Colombia veíamos a la pandemia muy lejana, pero la incertidumbre y el miedo comenzaron a asentarse. En febrero empezamos a atender a varios pacientes que veían con dificultades respiratorias y que probablemente murieron de coronavirus. No supimos de otros pacientes que ingresaban inmediatamente a cuidados intensivos. Esto sucedió en cuestión de días.

Hasta ese mes el asunto se manejaba con las medidas básicas y corrientes de bioseguridad. Pero no pasó mucho tiempo antes de que nos diéramos cuenta de que no podíamos seguir atendiendo a los pacientes con los elementos básicos de bioseguridad, sino que necesitábamos organizar el servicio y proteger el personal a toda costa.

Esperamos a que esto sucediera y no pasó. En el mes de marzo, comenzamos a exigir a las ARL y a la administración, y a enviar comunicados desde los sindicatos para que nos suplieran con los insumos necesarios para poder trabajar. En alguna oportunidad nos contestaron que esa petición era con la ARL, que eran ellos quienes debían proveernos. Pasaron los días y había un poco de tranquilidad: teníamos batas, gorros, polainas, tapabocas (convencionales), gafas protectoras y caretas transparentes.

Para el caso de las caretas, eran tres por servicio, esto quiere decir que son de uso colectivo. Las usan funcionarios de los cuatro turnos. Muchos compañeros, en medio del susto, la angustia y la incertidumbre, preferimos comprar implementos con nuestros propios medios como tapabocas N-95 máscaras y vestidos antifluidos.

Estas compras no las deberíamos hacer nosotros puesto que somos funcionarias, pertenecemos a una entidad y además aportamos a una ARL, pero nos tocó para sentirnos más tranquilos en la prestación de los servicios. La verdad es que los pocos insumos que dio la ARL fueron de mala calidad.

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Así seguimos atendiendo como podíamos, lo importante era la atención al paciente y su acompañamiento. Para el mes de marzo pudimos acondicionaron los servicios de Urgencias para evitar la contaminación de todos y garantizar la oportuna atención a los pacientes. Seguían pasando los días y observábamos las estadísticas de España. “¡Cuántos muertos, por Dios! ¿Cómo vamos a hacer aquí? No tenemos la capacidad ni el personal para atender tantas personas”. Eso es lo que debatíamos con mis compañeras cuando trataba de calmarlas, siendo yo jefe de servicio. Muchas de mis auxiliares estaban aterrorizadas. En una ocasión nos dieron una charla por parte de la psicóloga, pero nunca más volvieron a reunirnos. A veces uno da fortaleza a todas las personas: a su grupo de trabajo, a su familia, pero internamente uno está quebrado, con mucho miedo debajo de ese uniforme. Detrás de ese liderazgo se esconde un ser humano frágil y con mucha angustia y miedos.

Y bueno, el día que no quería que llegara, llegó: nos llamaron porque teníamos que someternos a una prueba para confirmar coronavirus. Algunos de los pacientes que habíamos atendido y algunos fallecidos de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital habían salido positivos para COVID-19. Nos tomaron una muestra , pero a algunas compañeras que se tomaron primero la muestra no las aislaron, y continuamos laborando con ellas. Tuvimos exposición directa con ellas y ¡oh sorpresa! La prueba de una de ellas salió positiva. 

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Ahí fue que nos dijeron que teníamos que entrar en aislamiento preventivo. Por Dios. Quedamos todas aisladas. Por el chat nos dábamos ánimo, algunas mandan notas de voz llorando, otras estaban muy tristes, pero todas teníamos la duda de si saldríamos bien libradas de esto. Algunas tenían resfriados, dolor de huesos y de cabeza, otras con estrés y deprimidas, y todas vivimos con el temor de perjudicar a nuestra familias.

Nos pusimos a pensar entonces, ¿Cuál fue la falla? Desde el Ministerio de Salud se ha fallado en las directrices entregadas. No había ni hay una información sólida y no se entrega a tiempo. Básicamente, nadie sabía bien cómo manejar a esos pacientes, ni los médicos ni las enfermeras, nadie.

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Por ejemplo, había pacientes que llegaban por otras patologías y luego se complicaban, entonces tocaba trasladarlos de lugar. En fin, aún los protocolos continúan adaptándose. Pero es triste: tuvimos tres meses, desde diciembre hasta marzo, para poder afinar esos protocolos, socializarlos con el personal y hacer capacitaciones. Teníamos experiencias, buenas o malas, en otros países. Pero al gobierno nacional le faltó empoderarse del tema. Incluso, en alguna oportunidad el Ministro nos dio a entender que sería muy fácil manejarlo, y las que vinimos a pagar el plato fuimos nosotras, las enfermeras del país, las que estamos en urgencias, UCIs, las paramédicas de ambulancias, que están poniéndole el pecho al paciente y a sus patologías.

Los médicos hacen una labor extraordinaria, pero ellos valoran al paciente, emiten órdenes y tratan de tener el menor contacto posible con ellos. Para las enfermeras es distinto: hay que cambiar a los pacientes de posición, lubricarles la piel, cambiar las unidades delos pacientes, administrarles los medicamentos, canalizarles las venas, limpiarles secreciones, atenderlos en sus necesidades básicas. Las labores de cuidado son de siete a doce horas, todos los días, los 365 días del año.

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Por eso creo que esta profesión va más allá que unos aplausos: estamos agradecidas con quienes valoran nuestra profesión, pero qué tristeza. Tuvo que ocurrir una pandemia mundial para que se dieran cuenta de que la salud en Colombia está completamente desprotegida. Siendo una profesión de riesgo no contamos con un salario que compense tanta  dedicación y responsabilidad.

Hay carruseles ruines de contratación ruines en las EPS, no se nos ofrecen garantías ni con los elementos de protección, ni con puestos de trabajo dignos, y sumemos la agresión por parte de pacientes y familiares. A esto súmele un sinfín de actividades administrativas. No se puede brindar cuidado cuando se tiene la atención de un servicio con 25 o más pacientes y una auxiliar con 11 o 13 o más pacientes. Por eso es que en Colombia la enfermería tiene un déficit de profesionales.

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El mensaje que le dejo a mis colegas es este: como enfermeras/os tenemos la oportunidad curar la mente, el alma, y el corazón y el cuerpo de nuestros pacientes, sus familias y a nosotras/os mismas/os. Ellos podrán olvidar tu nombre, pero nunca olvidarán como les hiciste sentir.

*Consuelo Alvarado es enfermera desde hace 30 años. Pertenece a la Subred Norte de Servicio de Urgencias de Bogotá y hace parte del hospital donde trabaja desde hace 26 años.

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