Patrick Quincy, el fiscal que investiga la caída del siete veces campeón de la Fórmula 1, Michael Schumacher, dio todos los rodeos para no culparlo de su propio accidente. Al preguntársele si la causa fue imprudencia y exceso de velocidad, respondió: “Es difícil de valorar”, aunque admitió que habiendo suficiente señalización, Schumacher se salió “deliberadamente” de la ruta permitida, sus esquíes chocaron contra una roca, él cayó de frente y su cabeza impactó contra otra piedra, el casco se rompió y el impacto le causó el trauma craneoencefálico que lo tiene en coma inducido en el hospital de Grennoble, Francia, desde el pasado 29 de diciembre. Quincy admitió: “Iba más allá del límite de la pista, descendía a una velocidad sin forzar… era una velocidad de un buen esquiador”.
El caso trae a colación una tendencia moderna que, según los expertos, se puede convertir en enfermedad: la obsesión por la velocidad. Y qué mejor representante de ello que el máximo campeón de la historia del automovilismo, ahora retirado de las pistas, desahogándose, produciendo adrenalina mientras esquiaba en la estación de Méribel. “Amo la velocidad y la competencia”, repetía en las ruedas de prensa después de bajarse de un bólido capaz de correr a más de 300 kilómetros por hora. “Podemos ir al límite y al mismo tiempo disfrutarlo”, decía, cuando explicaba la necesidad de explorar esos riesgos para justificar su vida a pesar de que no olvidaba que 30 pilotos murieron intentando ser más rápidos que Juan Manuel Fangio.
Muy fresca está la muerte del actor Paul Walker, célebre protagonista de las películas Rápido y furioso que se mató con un amigo en un auto deportivo Porsche que circulaba a alta velocidad por las calles de Valencia, California, el 30 de noviembre de 2013. Se estrelló contra un poste de electricidad y un árbol, y luego se incendió. ¿Qué factores llevan a una persona a hacer equilibrio en esa peligrosa frontera?
Brian Donovan, periodista ganador del Pulitzer, campeón de la Asociación Oriental de Automovilismo en Estados Unidos y autor del libro Hard Driving, The Wendell Scott Story: The American Odyssey of Nascar’s First Black Driver, escribió para el portal de CNN que en esta época, donde la mayoría de las personas quiere experimentar todas las sensaciones extremas y rápido, “la muerte de Walker es otro ejemplo del poder que la velocidad puede ejercer sobre la mente y los sentimientos de personas incluso muy inteligentes”. Y advirtió que una vida vertiginosa y competitiva enferma: “Nunca olvidaré ese día en la década de 1970 cuando experimenté por primera vez la sensación intensa —y probablemente adictiva— que se volvería una poderosa fuerza en mi vida. No, no hablo de una droga. Recuerdo el primer día en el que conduje un auto de carreras y el nuevo nivel de conciencia que experimenté mientras viajaba a gran velocidad”.
Quedó enganchado a “la adrenalina de las carreras” como piloto durante 24 años y aprendió que para evitar su traducción en imprudencia en las vías públicas, el mejor tratamiento es desahogarse bajo parámetros de seguridad: “Si tu hijo muestra interés por la velocidad, considera llevarlo a la pista de kartismo de tu localidad para que reciba instrucción profesional”.
Sin embargo, pilotos como Schumacher, su hermano Ralf, el inglés Louis Hamilton —que también es buen esquiador— y el colombiano Juan Pablo Montoya han demostrado al menos una vez que, siendo los reyes de la velocidad, desafiantes de las peligrosas fuerzas G, en las vías públicas es difícil ser un ejemplo permanente de prudencia al volante. El propio Michael Schumacher fue multado por exceso de velocidad el 4 de septiembre de 2008, luego de ser cazado por un radar de la Polizei alemana cerca de Karpen, su ciudad natal. Pagó 75 euros y perdió tres puntos de su licencia por circular a 140 km/h por una zona de máximo 100 en un Audi Cabrio. Dijo: “Lo siento mucho, esto es algo que no va conmigo. Sólo se debe conducir rápido en un circuito”.
Ralf Schumacher también fue multado en Alemania por exceso de velocidad (130 km/h en una carretera donde la velocidad estaba limitada a 80 km/h) en diciembre de 2002. Louis Hamilton fue pillado a bordo de un Mercedes desbocado por las calles de Melbourne en 2010. Dijo: “Fue un comportamiento estúpido”. Ya lo había hecho en Francia a 200 kilómetros por hora, donde le suspendieron la licencia. En mayo de 2003 el entonces piloto colombiano de Fórmula 1 Juan Pablo Montoya fue detectado conduciendo a 204 kilómetros por hora en una zona con límite de 130 km/h. Se dirigía a Niza en su BMW X5. La policía le impuso una multa de US$1.157. La velocidad es una tentación en automóvil o en esquíes.
Paradójicamente, la campaña publicitaria que más llamó la atención en Chile a finales de 2013 fue una del Ministerio de Transportes que invitaba, en boca de Schumacher, a respetar los límites de velocidad para automóviles . El ministro Pedro Pablo Errázuriz explicó que el alemán accedió a participar gratis como una forma de contribuir a proteger la vida de los chilenos. “Le enviamos algunos videos de conductores que se hacían llamar ‘Schumacher’ porque excedían los límites de velocidad, poniendo en riesgo su vida y la de otras personas. Conocer estos casos lo incentivó a participar en esta iniciativa”. Les dice en el video Tolerancia cero al exceso de velocidad: “Sé que crees que manejas bien. Que manejar rápido es lo correcto. Crees que tienes buenos reflejos. Que nunca te va a pasar nada. Que tus amigos te llaman ‘Schumacher’. Yo nunca manejaría rápido en las calles normales. Soy conductor de carreras, y claramente separo las carreras de la vida normal. Por favor, no seas estúpido”.
Algunos consejos para curarse de la “enfermedad del tiempo” -que 24 horas no alcanzan para hacer todo lo que queremos- , como la llamó en 1982 el médico estadounidense Larry Dossey-, están en el Elogio de la Lentitud, un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad, de Carl Honoré. Un libro para leer con calma.
Hablan dos colombianos que conocen de cerca a Michael Schumacher
Juan Carlos Pérez es un ingeniero que trabaja con la multinacional Shell desde hace 25 años. Gerencia los contratos globales con grandes grupos automotrices, incluida la escudería Ferrari. Recuerda a Schumacher así: “Michael es una persona y un deportista excepcional. Su capacidad para concentrarse en cada aspecto de su trabajo es única. No he visto ningún otro piloto de F1 que, como él, pueda dedicarle atención completa a lo que hace en cada momento”. Opina que el “accidente fue ocasionado por factores externos a su control. Todos estamos consternados por este hecho. Él es un luchador que nunca se da por vencido y espero que se recupere lo mejor posible. Todos los mensajes que he recibido confirman que fue un golpe muy violento y el caso es extremadamente grave. Acompaño desde la distancia con mis oraciones a él y a su hermosa familia”. En ora entrevista, Pérez me había contado está anécdota ocurrida en Kuala Lumpur, Malasia: Michael y él tienen una cita promocional de Ferrari y Shell. Salen con media hora de retraso de su hotel. El colombiano toma el volante del automóvil y pronto el campeón mundial de la Fórmula 1 le pide que lo deje manejar si quiere que lleguen a tiempo. ‘Schumi’ asume su papel de piloto y llegan sobrados. El alemán le pide a Juan Carlos que no cuente a qué velocidad condujo. Él acepta el pacto, pero le advierte que nunca había viajado a tanta velocidad sintiéndose al tiempo muy seguro.
El otro colombiano que conoce a Schumacher es Eduardo Muñoz Torres, de la multinacional Alpinestars. Dijo desde una competencia de rally en el sur de Francia: “Tuve la oportunidad de conocer a Michael desde mi llegada a Alpinestars a principios de 2008, ya que él usa nuestros productos (accesorios e indumentaria deportiva). Siempre ha sido una persona muy profesional, respetuosa y, lo más importante, un padre dedicado a su familia. Con respecto al accidente, opino que fue cuestión de mala suerte, cosas sin explicación que pasan en la vida, pues él nunca tomaría un riesgo en un sitio público por más experimentado que sea con los deportes extremos”.
“La velocidad es mi escape”
“No soy un temerario o un adicto a la adrenalina, sólo un apasionado de las motos y de lo que son capaces de hacer. Me encanta la sensación después de correr un cuarto de milla o dar una vuelta en circuito: cómo empieza la vida de nuevo y en cámara lenta. La velocidad ecualiza, las presiones laborales quedan atrás una vez que se da un giro de acelerador, baja de volumen a los problemas, las deudas y hasta los despechos… En mi caso, ya que no soy profesional de la motovelocidad, tiene que ver más con disfrutar el viaje. No se trata de llegar rápido a un sitio o llegar de primero; se trata de divertirse. He tratado de hacer ejercicios de meditación y yoga, pero nada ha resultado tan efectivo como correr. Así logro poner mi mente en blanco, dejo de pensar, se va el ruido de mi cabeza. Soy sólo yo y el asfalto. El sonido del motor me tranquiliza, las revoluciones subiendo, las explosiones del exhosto; es casi una sinfonía, mi ‘estado zen’. Hay gente que vive de su moto y gente que vive para su moto. Que espera el jueves en la noche para ir a correr el cuarto de milla. O que espera que llegue el fin de semana para salir con amigos o sólo para sentir cómo estallan los mosquitos contra el visor del casco. Correr en moto no se hace en carretera ni en ciudad; exclusivamente en el autódromo (Tocancipá), con todas las normas de seguridad, incluidos paramédicos y ambulancias. Tienes que amar a una máquina para que pueda llevarte al éxtasis máximo o hasta la muerte si no la tratas con respeto”.
* David Campuzano, fotógrafo de El Espectador