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La biblioteca de cerebros

El neurocientífico Jacopo Annese busca que mil personas donen sus cerebros para estudiarlos y crear con ellos un gran atlas virtual con acceso gratuito. El Espectador estuvo en su laboratorio en California.

12 de junio de 2013 - 05:00 p. m.
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A simple vista el doctor Jacopo Annese confunde: habla claro, no presume, bromea y sonríe. “No parece un científico común”, dicen quienes lo escuchan hablar por primera vez de su proyecto. El laboratorio en el que trabajan él y su equipo, en la Universidad de California en San Diego (EE.UU.), deja entrever que la suya no es una iniciativa cualquiera: 50 cerebros distribuidos en diferentes recipientes son analizados con el fin de descubrir los secretos que siguen guardados entre las miles de callejuelas que conforman la compleja estructura de este órgano. Lo que está sucediendo allí es un enorme impulso al mundo de la neurociencia. 

El doctor Annese es el director del Observatorio Cerebral de la Universidad de California; es neuroanatomista, especialista en biología y en zoología. Actualmente trabaja en la creación de un mapa microscópico del cerebro humano al que se podrá acceder por la web. Pero tiene otro proyecto aún más ambicioso: consolidar una gran “biblioteca digital” con la información de los cerebros de mil personas. El Espectador estuvo en su laboratorio conociendo en qué consiste la iniciativa.

Hace poco más de una semana murió uno de los donantes del proyecto. Su cerebro ahora será conservado: toda la información será digitalizada y se sumará a la biblioteca. ¿Qué se esconde en su cerebro? ¿Qué relación existe entre este y su personalidad? Precisamente esas son algunas de las preguntas a las que se quiere encontrar respuesta en el laboratorio.

Para lograrlo los investigadores desarrollaron un sofisticado equipo que corta el cerebro en hasta 2.500 láminas que permiten ver ángulos nunca antes logrados: una especie de mapa del cerebro en tercera dimensión. Sin contar con las demás etapas de análisis, tan sólo este paso puede durar hasta cinco días. “Estamos estudiando la arquitectura del cerebro y tratando de entender cómo maneja nuestros comportamientos, nuestros pensamientos, nuestra memoria. Miramos el cerebro en todas sus dimensiones. Es normal verlo a través de resonancias magnéticas, lo que te da un vistazo general. Nosotros vamos más allá, y eso es lo que hace al laboratorio excepcional”, explica Annese.

El procesamiento de cada cerebro puede costar hasta US$40.000 (ver proceso en la infografía). Por el momento el equipo cuenta con 50 cerebros y 200 participantes que están listos para donarlo cuando mueran (la mayoría son adultos mayores). La financiación proviene del Gobierno y de algunos donantes que además de su cerebro conceden también los recursos para estudiarlo.

Su meta, en el transcurso de 10 años, es alcanzar un gran expediente con mil cerebros tanto sanos como enfermos, que se conviertan en un atlas de consulta gratuito, no sólo para los científicos, sino también para estudiantes, artistas y quien quiera averiguar nuevos secretos de este órgano en cualquier lugar del mundo.

“Al preservar el cerebro estamos cuidando un legado. La esperanza es que, teniendo acceso a esta información, los expertos puedan encontrar la cura para enfermedades como el alzhéimer”, dice Colleen Sheh, una de las investigadoras que trabajan en el observatorio. Lo mismo cree Annese: “No hay cura, por ejemplo, para el alzhéimer o el párkinson, pero quienes participan y donan su cerebro esperan que por lo menos este donativo nos ayude a averiguar qué les ocurrió, para mejorar el tratamiento en el futuro”.

Antes de analizar los cerebros, Annese trabaja permanentemente con sus donantes aún vivos. Hay momentos, por ejemplo, en los que se quita la bata del laboratorio y se pone detrás de la cámara. Al frente, sus pacientes cuentan sus recuerdos, hablan de la vida, reflexionan sobre sus posturas frente a temas como el amor.

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Para Annese, sus historias son tan importantes como lo que revelarán después sus cerebros: “Si no puedes vincular el cerebro con un rostro no se capta toda la información; queremos tener los retratos de las personas”. Así, la biblioteca no sólo tendrá la información que arroje el laboratorio sino también datos como los gustos y los recuerdos de los donantes.

En este momento el observatorio cuenta con el cerebro de un Premio Nobel y el del famoso amnésico Henry Gustav Molaison, quien fue clave en estudios sobre la memoria. Annese confiesa que le gustaría que en la biblioteca estuviera el cerebro de un colombiano: nada más y nada menos que el de Gabriel García Márquez.

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Por ahora el primer cerebro latinoamericano, al parecer, será el de la mexicana Diana Gómez (70 años), la única de esta región en la lista de espera. “Me enteré del proyecto por una nota que publicó un periódico local, luego hablé con el doctor Annese y quedé aún más convencida de donar mi cerebro”. De manera permanente Gómez visita el laboratorio para someterse a los exámenes. “Donar mi cerebro es una forma de pasar el mensaje a todos los posibles donantes que puedan mejorar la calidad de vida de la humanidad. Creo que cuando analicen mi cerebro se van a encontrar con una enciclopedia”, le dijo a El Espectador.

La biblioteca, según los planes del observatorio, podría romper las barreras que aún tiene la neurociencia. Sobre todo si se piensa que en 30 o 40 años aumentarán los desarrollos y allí habrá centenas de cerebros preservados para el estudio. Así lo explica el especialista: “Nos gustaría tener miles de cerebros de personas que en vez de enterrarlos o cremarlos prefieran preservarlos y convertirlos en cientos de imágenes que los investigadores podrán analizar. Nuestro lema es que si una imagen vale mil palabras, un cerebro vale mil imágenes”.

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Aun así, Annese prefiere no presumir: “El cerebro es un libro. Nosotros sólo somos los editores”.

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