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Mentes en aislamiento

Cinco meses de estricta cuarentena dejaron huella en cientos de jóvenes colombianos. Servicios de salud colapsados, la falta de atención estatal, incertidumbre y soledad fueron mitigados por familias, amigos e iniciativas que se negaron a dejarlos caer.

El Gobierno anunció en televisión nacional que estaban articulando una “legión de 2.500 psicólogos” voluntarios para atender a los colombianos en aislamiento. Sin embargo, la promesa nunca se materializó.
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Aislar a millones de ciudadanos para contener el contagio de un virus. Impedir, de un momento a otro, la interacción social. Decretar que es una obligación mantenerse en casa. Trabajar, estudiar, entretenerse, hacer ejercicio, descansar, cocinar, comer, limpiar, dormir, atender videollamadas, informarse, desinformarse, sentir miedo de contagiarse, de contagiar, de morir. Preocuparse por el presente y por el futuro, convivir horas y días con los mismos en el mismo espacio o estar solos. Restringir la movilidad, los deportes de contacto, cancelar la vida cultural, los sábados en la noche con los amigos, los encuentros en la universidad, las visitas. Distanciarse socialmente. No tocarse, no abrazar.

Durante cinco meses y cinco días, millones de colombianos se abstuvieron de salir de sus casas o lo hicieron solo en momentos excepcionales y bajo estrictas restricciones. Este cambio abrupto en la vida cotidiana trajo consecuencias en la salud mental que apenas empezamos a entender.

El estudio Solidaridad de Profamilia, que indagó sobre las consecuencias del confinamiento en la salud mental de los colombianos durante el primer semestre de 2020, encontró que durante los primeros 21 días de cuarentena el 73 % de las 3.549 personas encuestadas se sintieron más deprimidas y ansiosas de lo habitual. Los jóvenes entre los 18 y 29 años registraron los mayores puntajes de afectación “en todas las categorías de salud mental”.

Un segundo sondeo realizado entre mayo y junio a 1.000 jóvenes de Bogotá, entre 18 y 24 años, publicado por la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, reiteró el cuadro: el 68,12 % de los encuestados habían padecido episodios de depresión y el 53,3 %, de ansiedad.

Los aislamientos aumentaron la violencia intrafamiliar y el consumo de sustancias psicoactivas. Y de mayo a julio el desempleo en jóvenes llegó a 29,7 %, aumentando 12,3 puntos en comparación con 2019. En un año, 1,4 millones de ellos perdieron su trabajo.

Con estas señales, el 22 de septiembre de 2020, periodistas de Mutante abrimos un grupo de Whatsapp con más de 200 jóvenes de Bogotá y Barranquilla (donde se vivieron los aislamientos más estrictos), que se postularon como voluntarios para participar de Activamente, un ejercicio de periodismo colaborativo con el que cuatro medios latinoamericanos -GK, Mutante, Chequeado y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP)- queríamos indagar los efectos de la pandemia y los meses de aislamiento en la salud mental de jóvenes en Ecuador, Argentina y Colombia, así como las respuestas de sus gobiernos.

Les pedimos que nos contaran a través de una nota de voz si notaron alguna afectación a su salud mental ligada a la pandemia:

Hola, mi nombre es Aure y quiero contarte mi experiencia:

Tengo un cuadro de depresión por el que estoy en tratamiento y que se agravó con la pandemia. Al principio fue muy angustiante ver a todo el mundo con tapabocas y darme cuenta de que no iba a haber una solución rápida.

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Llegaba a la casa a llorar, luego me tomaba mis pastas. Después creí que me había contagiado de COVID y vino otra crisis de ansiedad. Pasé cinco días sin poder respirar bien. Luego entendí que todo estaba en mi cabeza.

Aure Ramírez vive en Bogotá y es una estudiante de danza de 22 años que tuvo que cambiar el estudio donde bailaba por un estrecho espacio de la sala de su casa, el mismo lugar en el que convivía con su familia, trabajaba, asistía a videoconferencias, descansaba, dormía y volvía a trabajar. “La saturación de virtualidad y los ruidos me generaban mucho estrés”, dijo. “Me costaba concentrarme en clase, mantenerme en calma. Fue muy complicado”.

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La comunidad académica mundial ya venía investigando el impacto de las cuarentenas en la salud mental y había lanzado alertas. Autoridades científicas revisaron tempranamente estudios sobre el impacto de medidas similares, implementadas para contener otras enfermedades como el SARS en 2002, la H1N1 de 2009 y 2010 o los brotes de ébola en 2014, en Taiwán, Canadá, Corea del Sur, Liberia, China, Sierra Leona y Australia.

En un artículo publicado en febrero por el Departamento de Medicina Psicológica del King’s College, de Londres, los científicos les recomendaron a los gobiernos que utilizaran los aislamientos obligatorios como último recurso, debido a sus “sorprendentes efectos psicológicos negativos (que pueden detectarse meses y años después) y que deben atenderse y mitigarse”.

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Investigadores de la Universidad Nacional, que revisaron más de tres decenas de artículos internacionales sobre cuarentenas similares, concluyeron que la sensación de incertidumbre, la “brusca separación del contexto social o familiar y los cambios dramáticos” anticipaban los cuadros de depresión y ansiedad que rápidamente fueron evidentes.

Las señales de que algo estaba cambiando no tardaron en aparecer en Colombia y los testimonios de nuestros voluntarios lo constataron. Kevin Morales, de 25 años, nos contó que sufrió momentos de bloqueo mental y físico, pues se sentía impotente y desanimado. A la mente de Naileth Tovar, de 19 años, regresaron las ideas suicidas y autolesivas, y llegó incluso a golpearse las piernas hasta quedar amoratada. María José, también de 23, duró tres días sin salir de la cama y comenzó a tener “ataques de ansiedad” antes de acostarse.

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En Bogotá, la Línea 106, que desde hace 22 años brinda apoyo emocional, casi duplicó sus llamadas de abril hasta octubre, respecto al mismo periodo de 2019 y permaneció saturada.

Una reacción limitada

El 19 de marzo de este año, ante las advertencias nacionales e internacionales, el Ministerio de Salud convocó al Consejo Nacional de Salud Mental a una reunión extraordinaria con el objetivo de establecer un plan de acción para mantener “el máximo bienestar emocional y psicosocial de los habitantes” a raíz de la pandemia.

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Cuatro días después, el ministro Fernando Ruiz anunció con grandilocuencia por televisión nacional que el país contaba con una “legión de 2.500 psicólogos” que se habían ofrecido voluntariamente para atender a quienes necesitaran ayuda durante la pandemia. Una noticia que fue ratificada un día después por la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, con similar entusiasmo.

La legión, sin embargo, nunca se materializó. Es cierto que el Colegio Colombiano de Psicólogos recibió más de 4.000 solicitudes de profesionales interesados, según cuenta Pedro Pablo Ochoa, director del Equipo de Respuesta Psicológica frente al brote del COVID-19 de esta organización. Pero en la práctica, “no se movilizaron los suficientes recursos para ponerla a marchar”. Así que solo un 10 % de sus voluntarios terminó acompañando algunas líneas de atención oficiales, realizando actividades de pedagogía, comunicación y formación, sin recursos públicos ni infraestructura.

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La falta de apoyo económico a la “legión” de psicólogos fue más una constante que una excepción en la respuesta que tuvo el Gobierno frente al cuidado de la salud mental durante la emergencia. En los tres meses que duró esta investigación no encontramos evidencias -ni respuestas oficiales- de que el Gobierno Nacional ampliara su presupuesto para reforzar la atención en salud mental de los colombianos, aunque en total desembolsó $929.000 millones para enfrentar la pandemia en otros temas del sector salud.

El único acto administrativo específico sobre salud mental que realizó fue la Circular 026 del 22 de abril de 2020, en la que le ordena a alcaldías, gobernaciones y Entidades Promotoras de Salud (EPS) caracterizar los efectos de la pandemia en la salud mental de la población, conformar paneles de expertos locales, implementar unidades móviles de atención, consultas domiciliarias y telemedicina, así como monitorear las brechas de acceso a los servicios, entre otras. En otras palabras, según coinciden tres fuentes expertas, el Gobierno colombiano principalmente comenzó a desatrasarse de obligaciones que tenía pendientes, pues estas acciones ya estaban contenidas en la Ley de Salud Mental de 2013 y la Política de Salud Mental de 2018.

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De resto, las autoridades nacionales se enfocaron en dos acciones: una estrategia de comunicación y la promoción de líneas de atención. Por un lado, elaboraron guías básicas para el cuidado emocional durante el aislamiento y realizaron algunos webinars con expertos, en los que primó un discurso orientado al autocuidado, en el que la salud mental aparece como una responsabilidad personal o familiar y no como un asunto de salud pública. Y en abril, con US$500 mil del gobierno canadiense, lanzó la línea de apoyo nacional 192 opción 4 e impulsó la creación de al menos tres líneas locales.

Por último, aceptó la ayuda de Way Medicals, un emprendimiento de la U. de Envigado y un grupo de empresarios, quienes le ofrecieron -sin costo- al Gobierno su nueva plataforma de telemedicina para que psicólogos voluntarios orientaran a ciudadanos de todo el país. Way Medicals vinculó, a través del Minsalud, a 263 psicólogos y atendió a 1.973 pacientes en cinco meses, pero con el tiempo las citas disponibles comenzaron a escasear. Sobre la gestión de las líneas nacionales, el Ministerio contrató, entre abril y agosto, a 36 teleorientadores y cuatro supervisores que recibieron 11.457 llamadas.

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Con respecto a las EPS, responsables de atender la salud del 95 % de los colombianos, el panorama es opaco. De nuestras conversaciones con los voluntarios pudimos verificar consistentemente el malestar frente a su servicio: a Manuela Gómez, de 20 años, le ofrecieron citas para dentro de seis meses; a Angélica Sánchez, de 29, Compensar le programó una cita con un psiquiatra, porque las agendas con psicólogos estaban agotadas, pero finalmente también se la cancelaron. Todos terminaron consultando a psicólogos particulares.

En la Superintendencia de Salud nos reportaron que tienen por lo menos 200 quejas contra EPS de pacientes de salud mental, pero al preguntarle a la entidad sobre los motivos y la evolución de los casos, los voceros no se mostraron disponibles. Sin embargo, las fallas de las EPS durante la pandemia ya eran evidentes desde julio, cuando la Supersalud anunció posibles sanciones a 15 de ellas y contabilizó 34.639 quejas desde marzo, por su mala atención, la dificultad en la asignación de citas, la tardanza en la entrega de medicamentos, entre otros.

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Cuando quisimos acceder a la información de las siete EPS con más afiliados en Bogotá y Barranquilla nos encontramos con un silencio amurallado. Ninguna respondió a derechos de petición que enviamos el 27 de octubre ni a solicitudes de entrevistas. Salud Total, encargada de atender a 3,4 millones de colombianos, nos contestó que no respondería por cuestiones de “confidencialidad”, pese a que en ningún momento solicitamos información sobre pacientes particulares.

Redes afectivas e iniciativas ciudadanas suplieron el vacío

¡Hola! Ojalá espero que este mensaje te encuentre bien. Han sido tiempos difíciles, creo que para todos. Por eso he creado este grupo. Me encontré en medio de una crisis que no supe sobrellevar sola y tuve que acudir a un profesional, un medicamento, una clínica. Con este grupo busco coconstruir apoyo para hablar y ser libremente y así procurar el bienestar, el autoconocimiento y el empoderamiento de las integrantes.

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Hace dos meses, Keiko Arbelaez, voluntaria de 28 años, le envió este mensaje a un grupo de amigas que había conocido a finales de 2019, cuando estuvo hospitalizada en la clínica La Inmaculada, en Bogotá, por un episodio de paranoia. Así nació el grupo Salud Mental Anónimus, del que ya forman parte 14 personas, todas con diagnósticos psiquiátricos que se reúnen semanalmente por Zoom. Keiko es licenciada en artes de la Universidad Pedagógica, así que las sesiones se acompañan de ejercicios expresivos, de dibujo, danza y escritura.

De estos meses de conversación con los jóvenes voluntarios de Activamente surge una conclusión clara: la mayoría lidió con sus emociones sin acompañamiento profesional. En un sondeo que realizamos a 50 de ellos, el 36 % de los encuestados señalaron que acudieron a su familia y amigos, el 14 % no buscaron a nadie y lo asumió en soledad, y el 11 % contactaron a grupos de apoyo o líneas de atención universitarias que surgieron o se fortalecieron con la pandemia.

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Las universidades cumplieron un papel clave para llenar el vacío que dejó el sistema de salud colombiano. Esto es evidente en las actas del Consejo Nacional de Salud, donde tempranamente el Ministerio les solicitó apoyo, pero aclaró que no tenía dinero para financiar sus iniciativas.

Diferentes instituciones activaron a sus equipos de bienestar y ofrecieron clases de yoga, sesiones de encuentro entre pares y la apertura de líneas telefónicas atendidas por profesores y estudiantes.

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Aunque en Colombia, al menos en el papel, parece haber un consenso alrededor de la necesidad de fortalecer estas redes de apoyo social, familiar y comunitarias para avanzar en la gestión de la salud mental de los colombianos. En la práctica, estas redes siguen operadas sin recursos ni apoyo.

Los problemas de acceso a servicios de salud mental no son tema nuevo. “La falta de acceso es estructural y de largo tiempo, y se ha agudizado durante la pandemia”, reconoce Nubia Bautista, subdirectora de Enfermedades no Transmisibles del Ministerio de Salud. Bautista explica que la brecha tiene varios orígenes. Por un lado, el estigma que genera que “la mitad de las personas no consulten”, por miedo a ser juzgados. Pero también ocurre que los médicos generales y enfermeros no están preparados ni formados”. De hecho, en algunas facultades de medicina, la salud mental es una materia electiva.

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Este no es un asunto menor, pues las advertencias de que en unos meses los problemas de salud mental se recrudecerán, vienen en todas las direcciones. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido clara en advertir que “a menos que nos comprometamos seriamente a aumentar la inversión en salud mental ahora mismo, las consecuencias sanitarias, sociales y económicas (de la pandemia) tendrán un gran alcance. Ya estamos viendo su impacto en el bienestar mental de las personas, y esto es solo el principio”, dijo en octubre su director Tedros Adhanom.

*Periodistas de Activamente, un proyecto regional liderado por GK, Mutante, Chequeado y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP). Lee este reportaje completo y los hallazgos de Argentina y Ecuador en https://www.mutante.org/especiales/activamente.

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