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“No quiero que nadie pase por esto”

La joven centroamericana que pedía un aborto terapéutico relata su calvario. El pasado lunes fue dada de alta luego de que se le realizara una cesárea y el bebé, como se prevía, naciera muerto.

12 de junio de 2013 - 05:00 p. m.
Un grupo de niñas y mujeres, en solidaridad con Beatriz, protestaban para que se le permitiera realizarse un aborto, ya que tenía un embarazo de alto riesgo. / EFE
Foto: EFE - Roberto Escobar
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Se ha delineado los ojos. Así, ribeteados de negro, parecen más grandes y más despiertos. Destacan su palidez. Es algo coqueta, lo reconoce, pero cuenta que esa es una forma de distraer el tiempo. Con una pequeña sonrisa huidiza muestra que hace dos días se pintó las uñas de color marfil, aunque el esmalte ya clarea.

Beatriz pasó dos meses hospitalizada en la Clínica de Maternidad de San Salvador (el pasado lunes fue dada de alta). Y antes de eso estuvo 14 largas semanas litigando con el Estado salvadoreño para que le permitiese interrumpir un embarazo que ponía en riesgo su vida. La gestación de un feto, además, con nulas posibilidades.

Hace más de una semana los médicos le practicaron una cesárea que puso fin, en parte, a su sufrimiento. La hija que esperaba nació anencefálica (sin cerebro) y con anomalías gravísimas, como los expertos habían diagnosticado. Sólo sobrevivió cinco horas.

“Estoy triste porque murió. Pero ya dijeron que no iba a vivir… Ya lo sabían, que no venía bien, que no traía cerebro… Yo les dije que mejor me lo sacaran, pero han esperado mucho y ha sido peor”, dice con voz muy suave. Es tímida, muy escueta. Aparenta muchos menos de los 22 años que tiene. Pero esta mujer y su lucha judicial para salvar su vida han revolucionado a El Salvador y han puesto a este país centroamericano en el foco internacional.

“Yo no quiero que nadie pase por esto… Si le ocurre a otra, pues se muere”, apunta directa. Su país no permite la interrupción del embarazo, por ley, bajo ninguna circunstancia; ni siquiera cuando la salud de la mujer corre un gran riesgo. Y ella lo corría. Padece lupus eritematoso y problemas renales graves, patologías que se agravan con el embarazo y que con antecedentes pueden causar complicaciones fatales.

Tal vez si hubiera podido pagárselo habría salido del país, como tantas otras. Pero es una joven de origen humilde. Nació en Jiquilisco (sureste del país) y es la mayor de cinco hermanos. Su madre, que la tuvo con apenas 18 años, se quedó sola al cuidado de sus hijos cuando su marido se fue. Se dedicaba a la tierra, a hacer comida, a lo que salía. El dinero, desde luego, no sobraba. Cuenta Beatriz que no quiso fiesta de los 15 años —tradición en los países americanos— porque “es muy costoso… Mejor una cena en casa con la familia”, explica encogiéndose de hombros. Y así fue. Ni vestido nuevo. Ni música. Ni luces. “Pero estuvo bien”, sonríe. Poco después de aquella velada dejó la escuela y se puso a trabajar. Primero en el campo, luego limpiando edificios en otra ciudad, y luego otra vez en los cultivos de milpa —maíz, frijol, calabaza—.

Un día le empezó la comezón en los pies; pensó que la había picado un bicho, pero luego se le hincharon demasiado. “Hubo un momento que no podía ni usar zapatos”, cuenta Delmy Cortés, su madre. Le diagnosticaron lupus y, como no podía trabajar, se marchó a vivir con su abuela, a otro pueblo. “Sólo tenía varones con ella. Me fui para hacerle las cosas, para ayudarle…”, explica Beatriz. Allí conoció al que luego sería su marido, empezaron a salir, se unieron y tuvo a su hijo. De eso hace 14 meses. Otro embarazo de riesgo, aunque menor. Tras la cesárea estuvo en cuidados intensivos 40 días. Y el bebé otro tanto. “Nació bien chiquito, cansadito… Tenía miedo de que se me muriera”, cuenta.

Siempre ha cuidado de sus hermanos y su hijo es su ilusión. Quería darle una hermana, pero cuando empezó a sentirse mal y fue al hospital lo hizo pensando que tenía un brote de su enfermedad. Allí le dijeron que estaba embarazada. El riesgo, le explicaron, era altísimo.

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Preguntó si podía hacer algo, si había opción de interrumpir el embarazo (“Si me moría… ¡mi hijo se quedaba solo!”), pero le informaron que no se podía, que la ley lo prohíbe. Fue entonces cuando, a través de conocidos de conocidos, entró en contacto con la Agrupación para la Despenalización del Aborto. Sus abogados la han ayudado en todo el proceso legal, que ha llegado, incluso, a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Pero a Beatriz, la política y los jueces no le importan.

Lo primero que iba a hacer al salir del hospital era llevar a su niño al río, de excursión. Ahora quiere ir al mar.

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