Para comenzar, debo admitir que soy amante de las redes sociales: me gustan desde todos los ángulos y para todos los usos. Las descubrí hace mucho tiempo e, irónicamente, no quería involucrarme en ellas al principio.
Fue después de 2004 cuando Facebook apareció en nuestras vidas, un sitio web revolucionario. No quiero defenderlo, ni mucho menos atacar a quien no tenga un perfil en cualquier red. Tengo muchos amigos que no tienen cuentas en estos servicios. (Lea «Mi experiencia con Tinder y el sexo casual»)
Entiendo que este sitio no lo es todo y no soy una adicta: sé distinguir la realidad, pero he descubierto las desventajas que posee esta red porque he sabido reconocer sus fortalezas y quiero aprender más de ella.
Cuando Facebook llegó a nuestro país tardé un poco más de lo usual en crear mi perfil: los veía a todos maravillados y tan conectados a esta red que quería sentirme distinta, pero pronto me dejé atrapar y siempre supe que sería importante para mí.
Hoy lo es. Me conecta con la gente que quiero, me permite compartir mis sentimientos, me ayuda a ser selectiva con mis contenidos. Puede tener algunas fallas, puede causar ciertos efectos, puede ser muchas cosas, pero en definitiva lo mío son las redes sociales y espero poder estudiarlas más a fondo.
Entiendo que si he conseguido un trabajo ha sido por mi talento y por mis conocimientos, pero a Facebook le debo el facilitarme ese proceso. Cuando terminé mi carrera como comunicadora viajé a otro país y más tarde me trasladé a otra ciudad porque, como en un acto de magia, conseguí trabajo gracias a un mensaje en un chat privado.
Las redes sociales me han permitido mantenerme en contacto permanente con mi familia, amigos y construir las relaciones que me permitieron llegar al principio de mi nueva vida.
Estando en este país logré contactarme a través de mensajes con el que sería más tarde mi jefe. Mantuvimos una relación laboral en un mundo virtual, que luego se convirtió en una realidad definitiva para mí. Todo se debe a una cadena inexplicable de amigos que terminó con estos estupendos resultados.
Resulta que en la universidad conocí a una amiga, quien seguía una cierta página de esta ciudad, en otro país distinto al nuestro. Ella pudo hacerse amiga de alguien que trabajaba en dicho lugar. Ya en este lugar me contacté con un amigo de mi amiga y él me presentó con el director del medio para el que trabajo ahora. Todo única y exclusivamente a través de mensajes en Facebook.
Sé que hay realidades que son difíciles de aceptar, pero que es importante tener claras al momento de entablar dichas relaciones: la explotación de personas, la prostitución, los negocios ilegales, los fraudes y muchas cosas más de las cuales podemos ser víctimas si no actuamos responsablemente y adquirimos una educación adecuada para el uso de estas plataformas.
Afortunadamente, nada de esto sucedió en mi caso porque actué con inteligencia: por más desesperado que uno se encuentre jamás debe ignorar sus presentimientos ni los espejos que hay alrededor, espejos de personas que vivieron situaciones extremadamente difíciles por no indagar, por no contarles a quienes los rodeaban, por creer a ciegas.
Pero siendo cautelosos e informándonos adecuadamente siento que todo puede funcionar y hoy debo decir que, aunque varios factores influyeron, yo tengo trabajo gracias a Facebook; si esta herramienta no existiera seguramente también lo hubiera conseguido, pero sé que habría tardado más, mucho más.
Vivimos en un mundo que se renueva, se trasforma y para vivir en él es necesario adaptarnos a esos cambios. No digo que crear una página en cualquier red social me defina como persona, sólo que, a donde uno mire, estas nuevas tecnologías llegaron para instalarse en nuestras vidas y que son un mundo inimaginable de experiencias y oportunidades, en la medida en la que logremos entender su funcionamiento y hasta dónde nos pueden llevar.