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De la resistencia a la pedagogía

Iaku Sigindoy es politólogo y decidió trabajar con el gobierno en la otra orilla de la lucha indígena. Ha ocupado cargos en los ministerios de Justicia y del Interior y se prepara, desde la academia, para aportar en el posconflicto.

13 de septiembre de 2016 – 10:34 p. m.
Iaku Sigindoy ha estudiado en Colombia y Alemania. / Óscar Pérez
Iaku Sigindoy ha estudiado en Colombia y Alemania. / Óscar Pérez
Foto: OSCAR PEREZ

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¿De dónde viene su pasión por el sector público?

Creo que es importante que funcionarios indígenas hagan parte del Gobierno y de los estamentos del poder público. Ya es hora de que existan funcionarios indígenas tomando decisiones, no sólo en beneficio de su propia comunidad sino para todo el país.

¿Cuál fue su proceso de formación?

Estudié ciencia política e hice intercambios fuera del país. Eso me permitió hacer un ejercicio intercultural en el que, mientras aprendía, también enseñaba que los indígenas no somos piezas de museo.

¿Cómo lo recibió Bogotá cuando llegó a estudiar?

Trabajé cargando bultos de cuero en el Restrepo. Entré al Rosario a los 24 años, cuando mis compañeros tenían 17 o 18. Antes trabajé en cabildos en Putumayo y milité en organizaciones indígenas. Todo eso me preparó para escoger profesión y despertar mi reflexión sobre la identidad indígena.

¿Qué papel tuvo su familia durante este período?

Más que material, el apoyo que recibí de ellos fue espiritual. Para mis padres era muy difícil ayudarme económicamente, porque somos una familia numerosa. En esa época, como ahora, también fue muy importante el consejo de los taitas y las mamas sabias que ejercen la medicina tradicional en mi comunidad.

¿Cómo empezó a trabajar para el Gobierno?

Nunca fue mi aspiración. No estudié con la intención de ocupar uno de estos cargos. Llegué al Ministerio de Justicia porque conocí a Ruth Estela Correa y ella me hizo sentir invitado a aportarle al país. Fui su asesor en temas de jurisdicción especial indígena y ahora trabajo en el Ministerio del Interior, tendiendo puentes con la dirigencia indígena.

¿Por qué la función pública no era su aspiración?

Ser funcionario y estar en la otra orilla de la lucha del movimiento indígena es un reto. El que esté trabajando en el Gobierno hace parte de un proceso de reconciliación profundo. Cuando se nace en un medio de resistencia, se puede ser apático a muchas cosas. Mi trabajo es una oportunidad de hacer lo que la Constitución invita a hacer: reconocernos como un país pluriétnico y multicultural.

¿Ha sido criticado por trabajar en el Gobierno?

Hay quienes aún no interiorizan que desde aquí también se puede construir. No estoy dentro de la resistencia civil, pero sí le hago resistencia a la discriminación. Creo que hay que conservar la identidad indígena, pero no desde una posición de resistencia sino desde la pedagogía.

¿Por qué empezó la maestría en construcción de paz?

Quiero tender puentes interculturales para superar los retos que vienen. Cada acuerdo trae un desacuerdo y nuestra coyuntura nos llama a hacer un trabajo de reconciliación, perdón o armonización. Quiero propiciar el diálogo entre la concepción oficial de paz y la que hay en las comunidades indígenas.

¿Qué nos dice la sabiduría tradicional sobre la paz?

Las comunidades indígenas, desde su ritualidad, tienen muchas prácticas para sanar y equilibrarse. La vida nos permite hacer reflexiones profundas que nos invitan a vivir en paz. De ahí hay que transitar a lo colectivo. Todas las comunidades piensan diferente, pero la gran mayoría está trabajando por construir un país más incluyente.

¿Cómo se imagina el país que vamos a tener en unos años?

Creo que el país debe resignificar su identidad, no sólo para reconocer su interculturalidad sino para llegar a ser un país que perdona, que se reconcilia y se construye como comunidad. Debemos reconocer nuestras diferencias y superar nuestros prejuicios.

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¿Qué extraña de vivir en Putumayo?

Mi familia y el encuentro con la naturaleza son dos de las cosas que más me hacen falta. Trato de mantenerme en equilibrio yendo a los páramos a caminar y, por supuesto, los amigos van complementando las ausencias.

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