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Una condición descabellada

Curioso que las Farc propongan un «debate amplio nacional e internacional sobre la libertad de informar», como condición para la liberación de un periodista que tienen secuestrado. Es una paradoja. Más bien, una especie de chiste de mal gusto: discutir sobre la libertad de informar, en el preciso momento en que se secuestra a un periodista que ejercía dicha libertad.

08 de mayo de 2012 – 06:00 p. m.

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Roméo Langlois, el infortunado protagonista directo, cubría un operativo antinarcóticos en compañía del Ejército en Unión Peneya, Caquetá. El fuego del Frente 15 de las Farc inundó el lugar en una emboscada y el periodista terminó herido y secuestrado. Días después, alias Ancízar manifestó que Langlois estaba vivo y en poder de las Farc. Luego vino la declaración que condiciona “la recuperación de su plena movilidad”.

Varias cosas son desestimables. Describir a Langlois como un prisionero de guerra, cuando ya se ha probado que es un periodista, constituye un exabrupto: se sabe que quienes desarrollan este oficio informativo dentro de un conflicto son considerados como ajenos a él y por ende deben ser vistos como civiles (con lo que la condición implica). Al margen de que estuviera usando un chaleco y un casco del Ejército, su condición intrínseca no se pierde: iba allí, acompañando a una de las partes en conflicto, pero para realizar un informe sin otra intención que informar.

De igual forma, eso que las Farc llaman eufemísticamente “retención” no es más que un secuestro por el que están pidiendo algo a cambio. Así la petición sea la realización de un debate, no podemos sino reafirmarnos en nuestra misma posición de hace unos días: la del cubrimiento del conflicto es una discusión legítima que, sin embargo, pierde esa condición si se da en medio del chantaje con la vida y la libertad de un periodista. En las condiciones actuales, no es un debate lo que se plantea, sino un rescate disfrazado de debate.

Roméo Langlois ha sido un narrador imparcial de asuntos que suceden en Colombia (un documental suyo ya circula por Internet), con un trabajo que excede la superficial descripción que la guerrilla hace de aquellos que, con la pretensión de informar, acompañan al Ejército en sus operaciones. Se nota mucho que las Farc quieren simplemente que la información sea presentada desde su exclusivo punto de vista. No. La prensa debe ser libre, ajena a las amenazas de poderes que, a través de censura o represión armada, busquen acallarlos. O conducir su trabajo.

Las condiciones, problemas, retos y dificultades que los periodistas afrontan a la hora de cubrir guerras y conflictos —que, de hecho, en el caso colombiano quedan reflejados en lo que debió hacer Langlois para desarrollar su pieza— son temas que los periodistas estamos dispuestos a discutir —y hemos discutido profusamente, por muchos años y con diversas miradas—. Pero no a la fuerza. Y así como en su momento insistimos en que resultaba un atropello que desde la cabeza del gobierno se acusara de aliados del terrorismo a periodistas que hacían trabajos acompañando a la guerrilla , así también censuramos que hoy se quiera presentar a Langlois como aliado del Ejército porque para su seguridad portara elementos suyos. Lo cual no impide que en uno y otro caso se pueda debatir, pero en plena libertad, si el ejercicio periodístico aconsejaba de los periodistas un manejo diferente. El asunto central, no huelga repetirlo, está en las dificultades para cubrir un conflicto en el que muchas veces, como en este caso, el periodista no es visto como un agente independiente sino como un actor que las partes quieren utilizar en su beneficio.

Por el momento, lo único claro es que la guerrilla debe liberar sin condiciones y de inmediato al periodista francés. No sólo porque es lo justo, sino también para cumplir su promesa de no volver a secuestrar, como un primer paso para crear condiciones que hagan posible terminar este conflicto. ¿No sería mejor debatir cómo acabar el conflicto que cómo cubrirlo?

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